Friday, August 25, 2006
LA SUCESION DE CASTRO, UNA HERIDA ABIERTA
Américo Martín
DEDICO
A Nancy, mi valiente, inteligente y solidaria mujer.
A mis cinco hijos y cinco nietos, la mejor razón para vivir y persistir.
A mi fallecida Maria Eugenia.
A mis compañeros de nuestra particular Larga Marcha.
AGRADEZCO
A Carlos Alberto Montaner.
A Jaime Suchlicki, Director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos, quien me brindó la facilidad de una oficina, el acceso a fuentes bibliográficas estupendas y la simpatía y ayuda del personal del Instituto.
Al personal del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos y de modo especial a la grata amiga María del Carmen Uriza.
A las personalidades que tuvieron la amabilidad de conversar conmigo dejándome conocer sus valiosas experiencias y reflexiones.
INDICE
● Prólogo
● Uno: La debilidad en la fuerza
* Curiosa institucionalización del proceso
revolucionario
* El Castillo de Kafka
* La sacralización del caudillo
* El ocaso de los cuadros de Fidel
* De Barba Blanca a Barba Roja
● Dos: ¿Sucesión o Transición?
* Cuba
* Dudas viejas y dudas nuevas
* ¿Quiénes son los nuevos reformistas?
* Raúl y las Far
* ¿La sed del poder?: victimarios y víctimas
* Progresos de Raúl: la caída de Abrantes y el Período Especial
* Fórmulas Alternas
* Empresas militares: nuevo poder en Cuba
* La carta china
* La carta venezolana
* El dilema de las “cartas”
● Epílogo
* Reflexiones básicas
PRÓLOGO
Todos los comunistas deben saber que el poder está en la boca fusil
Mao Zedong
1938
El liderazgo de Fidel es una combinación de romanticismo antiamericano y autoritario populista, enraizado más en la ambición personal y el nacionalismo cubano que en abstractas ideologías
Hugh Thomas
1984
Este libro ha tenido una trayectoria especial. Con el respaldo del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano americanos dirigido por el profesor Jaime Suchliki, pretendió ser una biografía de Raúl Castro. Aunque un hombre tan poco expresivo y, digámoslo así, desangelado como el Ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba no parece el personaje más apropiado para ser el alma de una biografía, su condición de posible sucesor de Fidel ha despertado un renovado interés en el papel que representará en un momento tan dilemático. Debido a la encrucijada en que se encuentra atascada la revolución cubana y la posibilidad avizorada de que con el acceso al poder por parte del hermano menor sobrevengan cambios muy profundos en la congelada situación de su país, el carácter misterioso de Raúl hace muy prometedora una biografía que expusiera el significado de sus silencios.
Muy pocos entre los estudiosos de la historia de Cuba y específicamente de su revolución, son los que aún creen que la sucesión cubana transcurrirá en forma tranquila y sin mayores problemas. Piensan que mediante la alianza de Raúl con los militares y la masiva asistencia económica de Hugo Chávez, la exangüe revolución cubana pasará satisfactoriamente el trance. Como se apreciará de la lectura de En la boca del fusil, no es esa la posición de su autor.
Pero la complejidad de la transición impuso el primer cambio en la estructura de la obra. En lugar de una biografía sobre el todavía sucesor oficial fue preferible estudiar el fenómeno castrista en su plenitud, de cara a la cercanía del desenlace inevitable. El libro se centró en el origen y el destino de los hermanos Castro, la fuente de sus ideas, su manera de pensar, las ideologías que han venido a conformar su pensamiento. Pero cuando parecía que estábamos listos para la publicación, Leonardo Milla, el director de Alfadil, hizo una nueva sugerencia que me pareció acertada. Propuso que a partir de lo escrito y con las necesarias ampliaciones y desarrollos que inmediatamente emprendí, se editaran no una sino dos obras. La primera se consagraría al gran tema de la sucesión de Fidel Castro, poniendo al descubierto la peligrosa y escondida pugna que en estos momentos se está desarrollando en Cuba, y revelando los escenarios probables y los cambios de política que pudieran sobrevenir. He sentado a Raúl y Fidel en una mesa de bacará, frente a frente. El máximo líder tiene en su mano la carta venezolana y su hermano la carta china. Por encima de cualquier otra circunstancia, las profundas diferencias en torno al futuro de la revolución están separando cada vez más a los dos hegemones de Cuba, sin que se aprecie algún deterioro de la probada lealtad que Raúl le debe a Fidel. En cambio, las dudas de éste sobre la real aptitud del otro para la tarea de defender su legado se han acrecentado envolviendo el peligroso tema ideológico. Se ha hecho más clara la simpatía de Raúl por la vía china y vietnamita, que Fidel rechaza. A partir de tan considerables diferencias resulta fascinante analizar la consistencia de estos consensos y conflictos a lo largo del proceso revolucionario. Que Raúl sea más humano que Fidel y menos aficionado a las aventuras y actos espectaculares, es una realidad perfectamente perceptible en la dinámica de sus contradicciones.
Con En la boca del fusil concluyo una serie destinada a descubrir las raíces del autoritarismo en América. Llevo algo más de seis años de investigación. He estudiado la historia y la realidad contemporánea de casi todos los países de América, que me han servido para fundamentar empíricamente la naturaleza del fenómeno autoritario en la serie de libros arriba indicada. El primero lo escribí en el año 2001, el segundo en el 2005 y el tercero es el que estoy dando a los lectores en este momento. Llevan los siguientes títulos: América y Fidel Castro, La Pesada Planta del Paquidermo y En la Boca del Fusil.
Con buenas razones se me ha preguntado si no es excesivo que de tres libros destinados a reflexionar sobre el autoritarismo en este continente en dos de ellos aparezca Fidel Castro como protagonista principal. Al fin y al cabo Cuba es de los países más pobres de América después de haber figurado entre los más ricos en la víspera del triunfo de la revolución; carece de fuentes energéticas, su impacto mundial está reducido a la mínima expresión y no tiene músculo para emprender un desarrollo autosustentado. Pero con todo sigue siendo la Meca –ya no exclusiva- de las corrientes revolucionarias extremas. La fuerte personalidad de su caudillo paraliza y atrae a gobiernos y movimientos que sin ser radicales se sienten puerilmente deslumbrados por el audaz aventurero cubano. El sistema de la isla llama la atención y repele y en este momento, desde su agonía, gana alguna batalla, como el Cid. Es casi mágica la influencia del caudillo cubano en el ruidoso presidente de Venezuela que, sin contrapartida económica o política, vierte sobre la isla recursos caudalosos. Arrastrado por el curso de la investigación he terminado colocado, cualquiera que fuese la ruta emprendida, frente al régimen dirigido por Fidel, el más grande de los caudillos de América y el jefe absoluto del único sistema totalitario en América. Pero con En la boca del fusil he hecho mi último exorcismo. A partir de mi próxima obra el anciano dictador no figurará o ya no será el primer actor de la contienda.
Jorge Luis Borges ha recordado que a don Francisco de Quevedo le resultaban abominables los prólogos largos. No irrespetaré su ilustre memoria incurriendo en lo que tanto disgustaba a uno de los máximos exponentes del siglo de oro español. El mío será más bien corto porque confío en que el libro pueda sostenerse por sí mismo sin necesidad de redundantes glosas.
- I -
LA DEBILIDAD EN LA FUERZA
Toda la estructura del estado está reproducida en la contrainteligencia cubana del MININT. Para cada unidad administrativa u organización de masas, hay un oficial ININT que enlaza al jefe del organismo, el secretario del partido y el jefe de seguridad. Nadie puede saber quienes son los informantes del MININT en el centro de trabajo o estudio, ni siquiera el jefe administrativo o el secretario del partido, porque ellos también son vigilados
Me encontré nuevamente con Barba Roja en el edificio del Comité Central, fortaleza a la que se llega subiendo por una rampa cuidadosamente vigilada por hombres armados. Era una estructura gris de aspecto monacal, en el estilo patentado por los comunistas del este europeo. Al llegar a la entrada descendimos del carro oficial que nos transportaba y pude ver, al frente, al Apóstol mirando la plaza vacía. Un hombre de seguridad me condujo al ascensor. Al abrirse la puerta del piso superior, desde un pequeño cubículo me saludó agitando la mano Norberto Hernández Curbelo, hasta hacía poco embajador de Cuba en Venezuela y con quien solía reunirme en Caracas. Por fin llegamos al despacho de Piñeiro. Estaba parado bajo el dintel de la puerta. Con un amplio gesto me invitó a pasar. La oficina impresionaba por su magnitud y la ordenada disposición del mobiliario, los libros, papeles y teléfonos. Ya me había reunido antes con este hombre cordial y ocurrente y pronto lo volvería a hacer, esta vez con la participación de Fidel. Me impresionaron sus manos, pequeñas y bien cuidadas y su aspecto general, distinto al desaliñado y desenfadado personaje que conocí en 1959, recién caído Batista. Entonces Cuba era un carnaval libertario; hoy reina un silencio de cementerio. Piñeiro siempre trabajó en seguridad y por eso fue el fundador y alma del Departamento América, en el cual nos encontrábamos. La era romántica de la revolución había pasado. Ahora las figuras más temidas eran los militares de alto rango, los hombres de seguridad y Tropas Especiales y los aventureros del Departamento de Barba Roja. El ambiente general era opresivo. Todos se cuidaban de alguien o de algo. Incluyendo los líderes del partido y el propio Piñeiro.
Ya tarde, al salir de la oficina, me acompañó en un paseo informal hasta la calle. Se venía la noche encima y entonces, bruscamente, me sondeó:
- ¿Estás con los chinos o con los soviéticos?
Suponiendo que la pregunta fuera de encargo, preferí cuidar mi respuesta.
- Ni con uno ni con el otro, respondí. Hoy pelean y piden solidaridades pero mañana pueden entenderse dejando a los felicitadores en el medio de la calle, batiendo palmas inútiles.
No dijo nada pero sospeché que no le había disgustado lo que dije. Al fin y al cabo algo es algo y el asedio contra los maoístas había comenzado en serio.
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Civiles y Militares: encuentros y desencuentros
En la historia de Cuba republicana se alternan los civiles con los militares La coexistencia produjo recíprocas influencias: la tendencia militar a intervenir en los asuntos políticos y la tendencia en los políticos a valerse de los medios militares. El presidente civil Ramón Grau San Martín propició la invasión militar de República Dominicana organizando un ejército de 1.500 caóticos voluntarios, y el civil Carlos Prío Socarrás fue desde fines de la década de los años 1940 uno de los principales organizadores y financistas de la Legión del Caribe organización diseñada para combatir con las armas las dictaduras. En la acera opuesta el militar general Fulgencio Batista llegó a ser uno de los más refinados y astutos políticos de todos los tiempos, no especialmente dotado para desempeñarse en escenarios de guerra.
. Prío, Sánchez Arango, Tony Varona y otros líderes de la llamada Generación de 1930 -todos ellos destacados dirigentes civiles-organizaron grupos revolucionarios para derrocar por las armas la dictadura batistera y en cambio Batista ganó la presidencia en las elecciones de 1940 y le puso el ejecútese a la emblemática Constitución de ese año, que fuera recibida como la más democrática y avanzada de Latinoamérica. Por si fuera poco, cumplido su mandato legal entregó pacíficamente el poder a Grau San Martín cuando éste a su vez lo derrotó en las elecciones de 1944. Pero a pesar de todo eso, Batista había levantado en 1933 a los sargentos desde el cuartel de Columbia para obtener la renuncia del efímero gobierno encabezado por Carlos Manuel Céspedes (h) y volverá a las andadas al dirigir el golpe de estado de 1952 que abriría el camino hacia el callejón bloqueado en que se encuentra Cuba en la actualidad..
Castro es una buena muestra de semejante híbrido militar-civil. Sin que las circunstancias le resultaran muy propicias fue – o intentó serlo- dirigente estudiantil desde su ingreso en la Universidad en 1943; más tarde se recibirá abogado de la República, y poco después es nombrado candidato del partido ortodoxo a la Cámara de Diputados en las elecciones que fueron abortadas por el golpe de Batista. En esas ocasiones la flauta no le sonó. En cambio alcanzó mayor reputación en el oficio de las armas. El futuro señor de la guerra fue también un joven de armas tomar en la lucha que estremeció a Cuba durante los años 1949 entre pandillas terroristas universitarias. Su vocación bélica, no obstante su formación civil se hizo presente en la organización del Movimiento 26 de Julio. Fue esa, en definición de Norberto Fuentes, una maquinaria militar dotada de un excelente equipo de propaganda. La anatomía y funcionamiento del M 26-7 le daban el carácter de grupo armado más que de un partido político: sus formas organizativas y disciplina fueron siempre de naturaleza militar. A partir de entonces, Fidel logró la admiración internacional ya no como líder civil, sino como comandante de una guerra irregular de la que emanarán las poderosas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba-
Por voluntad del caudillo, el sistema cubano se afinca ante todo en esas fuerzas armadas y en un sistema avasallante de inteligencia y contrainteligencia, además de los CDR y Federación de Mujeres, que actúan bajo tutela militar y están integradas a los planes de defensa centralizados en Fidel y Raúl. Los dos máximos jefes de la revolución y el exangüe Comité Central no confían en el pueblo al que tanto invocan. Las menciones al papel hegemónico del proletariado y campesinado plagan sus discursos, sin ser otra cosa en realidad que letra muerta, habida cuenta del énfasis absoluto que el régimen ha puesto en el perfeccionamiento del instrumento militar y en los intimidantes mecanismos de vigilancia que asedian también al “hombre de la calle”, vale decir a esos mismos proletarios y campesinos del discurso oficial.
Curiosa institucionalización del proceso revolucionario
En la década de los años 1980, la revolución cubana desfallecía. Fidel tenía casi la convicción de que el socialismo naufragaría. Expresó en Cienfuegos las preocupaciones que lo angustiaban, durante el acto de celebración de la fecha aniversaria de la revolución; y lo hizo con inusual franqueza. Manifestó su temor de que la Unión Soviética estallara en mil pedazos dando lugar a la desintegración de la Meca del comunismo y a la independencia de varias de las Repúblicas que la venían formando. El tiempo le daría la razón. Inquieto por otra parte por lo que el futuro depararía a la revolución cubana, intentó mostrar alguna flexibilidad en su política interior. De alguna manera el espíritu de cambio que soplaba en el mundo socialista se estaba trasladando por la fuerza de la realidad a la hermética Cuba fidelista. Fue entonces cuando se inició el proceso de rectificación del estilo y quedaron arrumbadas por un tiempo teorías ardorosamente discutidas desde los tiempos del Che Guevara, como las referidas al Hombre Nuevo y a los estímulos morales en la gestión de la economía (*). El espacio para el nuevo experimento sería toda la Isla y el método el desarrollo de un debate interno sin restricciones. Corolario del esperado cambio sería la institucionalización del Estado socialista. Dada la magnitud del viraje propiciado, Fidel convocó a un nuevo Congreso del Partido Comunista.
Como era previsible la institucionalización postulada en el Congreso de los comunistas no pasó en ningún momento de ser un buen deseo. Una cosa es dragonear con sonoras generalidades y otra aplicar en el terreno lo que se ofrece. Y en ese punto precisamente se puso de manifiesto la imposibilidad de reformar un sistema internamente derruido como aquel. Abel Sardiñas, en nombre de Fidel, fue el encargado de anunciar el inicio de la amplia controversia sobre la histórica institucionalización de la revolución cubana. Sardiñas habló con voz sentenciosa y solemne. Pero percatándose de repente que en su intervención podía haber ido más lejos de lo que tuviera en mente Fidel Castro, refrenó la elocuencia de sus palabras y emprendió casi inmediatamente el retroceso. El debate –insistió- sería amplio, conforme a lo prometido, pero ¡cuidado!, nada que ver con los cálculos del enemigo.
Sin concesiones a quienes propugnan reformas liberales al estilo europeo
(*) La polémica sobre los “estímulos” está lejos de ser ociosa. En ella está la clave del desenlace del socialismo real que dominó la vida del planeta en el siglo XX. Los estímulos morales se basaban y buscaban la materialización del Hombre Nuevo de la utopía comunista. Para incentivar el trabajo y la productividad no debería recurrirse a premios materiales como alzas de salarios y bonificaciones especiales, sino a medallas honoríficas y placas para los “héroes del trabajo”. Esta insensatez terminó siendo abolida en todas partes y durante varios años en Cuba. El “retorno” a los guevaristas estímulos morales ha sido más que todo retórico.
¿Y qué decir del pluralismo? Tampoco llegó muy lejos este otro rasgo de las democracias dignas de ese nombre. En este punto, Sardiñas dejó los circunloquios aparte y procedió a rechazarlo de manera terminante:
Jamás. La historia prerrevolucionaria demostró la ineficacia del sistema multipartidista y además José Martí no necesitó varios partidos sino que fundó uno solo (1)
Esta vistosa política, vendida como un nuevo golpe de timón aperturista para enmendar errores y correr, ahora sí, hacia el futuro, fue melancólicamente abandonada y luego despreciada. Sobrevino entonces un nuevo viraje, esta vez de signo contrario y claramente dirigido hacia el pasado. La causa de tal retroceso obedeció a que las aperturas económicas y anunciadamente políticas del régimen desataron súbitas e incontrolables fuerzas y agudizaron los problemas internos del fidelismo. Dos décadas después, Fidel puso el epitafio sobre el cadáver de la reforma democracia alentado por los sucesos de Venezuela. Había aparecido un nuevo caudillo que se deshacía en elogios hacia el jaqueado líder cubano.
Fue una verdadera suerte, ni buscada ni esperada, que Chávez sobreviviera a los sucesos del 11 de abril del 2002 y entablara una relación con Fidel que bien podría reputarse de milagrosa. Animado por el potencial venezolano, Castro decidió mandar al diablo las vacilaciones aperturistas y pareció volver a las andadas de los años 1960. Escapa a toda lógica –salvo que la ansiedad de destruir el imperio norteamericano con el método de la confrontación violenta se haya convertido en convicción en Fidel y Chávez- el desigual tejido comercial que configura hoy la relación entre estos socios. Venezuela se ha echado al hombro a la arruinada Cuba sólo porque quiere colocar de nuevo a Fidel en el sitial de gladiador antiimperialista. Ni siquiera la vieja Unión Soviética incurrió en la descabellada generosidad con su aliado en que ha caído –y probablemente sucumbido- el proceso bolivariano. Si a aquella economía le resultó imposible seguir cargando con el disparate cubano, se percibe ya que Venezuela no podrá sostener semejante fardo por mucho tiempo, muy a pesar de que en 2006 y 2007 se mantengan muy elevados, como parece probable, los precios del petróleo.
Al imaginar el postfidelismo deberíamos reflexionar sobre la manzana envenenada que van a recibir el o los posibles sucesores de Castro. No les será fácil digerirla ni hacerlo sin el peligro de rupturas probablemente inesperadas. Fidel ha creado un mecanismo inexorable que solo él puede entender y operar. Quien ocupe su puesto no lo hará como un heredero normal en un país cualquiera. La complejísima estructura del poder fidelista parece la obra de un desquiciado pero no es así; tiene lógica, si se quiere, muy sabia. Es la lógica de quien se siente –con razón o sin ella- asediado por enemigos en buena parte creados por su desbordada imaginación. Castro ha envejecido en el mando. Durante todo el tiempo su preocupación principal ha sido salvar la revolución, vale decir: impedir que nadie tenga la ocurrencia de arrebatarle el poder. Se comprende que muchos de los escudos que se han venido levantando con el fin de proteger el régimen cubano puedan ser válidos solamente para el piloto que los ha diseñado, y allí radica su fuerza. Pero podría perfectamente ocurrir que, como el carro de fuego de Apolo en manos de su hijo Faetón, destruya al impreparado auriga que quiera ocupar su puesto. La fuerza, convertida en debilidad.
Aparte de las muy importantes razones históricas y de las relacionadas con su indudable carisma, el componente esencial de los fuertes cimientos sobre los que se levanta el poder de Fidel Castro es de una naturaleza más tangible, material, fácilmente mensurable. A lo largo de casi cinco décadas de haber conquistado el poder, el caudillo ha venido construyendo una hermética estructura de mando paralela a la del Estado cubano, tal como se describe éste en el ordenamiento legal. No obstante, ese Estado, el mencionado y detallado por la Constitución y las leyes, es en buena medida una fachada del poder real que desde la sombra se impone a todo ser viviente en Cuba. Porque mientras el Estado verdadero no se divisa con facilidad, salvo en la preeminencia del caudillo, el ornamental se exhibe con maniática minuciosidad. Es la realidad invertida que creía ver Platón: la sustancia no está en las sombras que vemos. Los sentidos nos engañan: ante nosotros se levanta un mundo que sólo de manera muy imperfecta refleja la inalcanzable verdad. Reunidas ambas dimensiones en el caso del modelo cubano, ofrecen a la vista una caótica duplicidad y triplicidad de competencias, una adiposa burocratización e insólitos niveles de corrupción.
Fidel Castro es el Presidente del Consejo de Estado, del Consejo de Ministros y del Consejo Militar que tutela en tiempos de guerra las actividades de MINFAR y MININT. Por si fuera poco, es Comandante en Jefe de las FAR y Primer Secretario del Partido Comunista. Tantas funciones concentradas en una sola persona no se vieron ni siquiera en esas versiones modernas del absolutismo monárquico que son los estados socialistas marxista-leninistas, surgidos y en su mayoría fallecidos durante el siglo XX. Es un poder tan absoluto como el de Luís XIV o el de cualquiera de los reyes de origen divino que fueron cuestionados en el Siglo de las Luces y derribados paso a paso desde fines del siglo XVIII. Lo peculiar del caso cubano actual es que casi ninguna de las competencias de Castro es honorífica: el caudillo no permite a nadie que las ejerzan por él, así se paguen altos costos por ineficiencia, se paralicen áreas enteras de la Administración y se desorganicen actividades fundamentales. En tiempos de guerra, este hegemón se convierte automáticamente en comandante directo de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, los dos repartimientos administrativos más relevantes y temidos. No podemos descansar en la esperanza de que los tiempos de guerra, como en la mayoría de los países, sean excepcionales. El concepto en sí no está precisado en la Constitución, quedando su significado a la libre interpretación del propio caudillo. Y ya sabemos que sus definiciones al respecto son buidas y elásticas. Por ejemplo, no ha cesado de hablar de inminentes invasiones, ni de ver una peligrosa conspiración contrarrevolucionaria en la más inocente de las actividades de la vigilada disidencia. Tiempos de guerra, pues
Las órdenes inapelables que Castro emite en cualquier ocasión o hace fluir a través de la estructura de la Administración Publica y en parte fuera de ella, se cimentan en el Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe (en adelante G.C.A.C.J). Como es lógico, este grupo sólo le rinde cuentas al Comandante en Jefe. Nadie más puede solicitarle informes, por mas nimios que sean, ni mucho menos impartirle instrucciones. Nada de raro tiene que del G.C.A.C.J emanaran muy pronto los principales delfines. Obsecuentes, brillantes, ávidos de poder pero sin plena conciencia del carácter vicario del que se les había concedido, los delfines ocuparon los lugares estelares del Estado, sólo para descubrir la precariedad de su recién alcanzada prominencia.
El problema es que ni siquiera los delfines pueden considerarse fuera de peligro mientras viva Fidel. Eso lo sintieron como una llaga de luz en su piel, dos antiguos delfines hoy caídos en desgracia: Roberto Robaina y Carlos Aldana. Ambos alcanzaron las más altas posiciones en el partido y el Estado. Aldana, alguna vez jefe del Despacho de Raúl y responsable del Departamento Ideológico, recibió delicadísimas encomiendas, como la de negociar el retiro de las tropas cubanas de Angola. Al igual que Robaina y Ochoa, cayó sobre su humanidad el sambenito de la corrupción. Parece en efecto demostrado que Aldana incurrió en serios y reiterados delitos contra los caudales públicos. Era pues un corrupto, pero a sabiendas de todos lo que no fue óbice para que se le llegara a considerar el verdadero sucesor de Fidel. La causal empleada para defenestrarlo fue macabra. En el engranaje de la revolución, si los inmorales no llegan a ser una amenaza o perdonándole tendenciosamente sus delitos no son percibidos como tales, seguirán progresando en el proceso fidelista. Eso sí, deberán perfeccionarse en el arte de la adulación y ser útiles a tiempo completo ¿Y quien determinará que llenen tales requisitos? El propio Fidel, el mismo mandatario caprichoso que entre una cosa y otra y sin previo aviso, puede hundir al más cercano de sus colaboradores (*)
.
El Castillo de Kafka
En la cima del organigrama del GCACJ aparecen el Jefe del Departamento, las secretarías correspondientes, traductores e intérpretes. En un
segundo nivel figura el Coordinador General que tiene bajo su dependencia la
Sección de Control y el grupo de Informática, la Estadística y las Comunicaciones. A su vez, la Estadística cuenta con un variado plantel integrado por muchos de los mejores y más formados profesionales de Cuba. Se les asigna a Demografía, Abastecimientos, Salud, Producción, Consumo,
Exportación e Importación, Finanzas, Transporte, Construcción, Agricultura (en los subsectores vegetal, ganadero y piscícola) Energía, Estudios Políticos y
Archivos. Un rápido examen de esas funciones permite concluir que repiten aproximadamente las ejercidas por la Administración formal quedando por fuera aparentemente solo dos áreas importantes: educación y relaciones exteriores. Aparentemente, he dicho. En realidad las orientaciones que se aplican en todos los repartimientos administrativos son impuestas por Fidel Castro, abastecido por su GCACJ
Obsérvese que en la Administración visible, formal, los niveles más altos
(*) No quiero decir que ésta pueda ser una enfermedad propia de las revoluciones y sólo de ellas. En las dictaduras tradicionales y en general donde no exista un estado de derecho o el que haya sea muy precario, sucede exactamente lo mismo. El proceso bolivariano de Venezuela, que está lejos de ser una revolución, incurre con harta frecuencia en lo mismo. La impunidad de los funcionarios y líderes oficialistas se ha hecho proverbial. Las recientes denuncias del magistrado defenestrado Luis Velásquez Alvaray, por ejemplo, se volvieron contra él denunciante únicamente porque se atrevió a disentir de las más encumbradas autoridades
son el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, el Comité Central del Partido Comunista y el Consejo Militar. Todos sin excepción son presididos y dirigidos por el caudillo. Y no se detiene ahí su omnipresencia en la innumerable
extensión del Estado. Algunos Departamentos o incluso simples programas que
a criterio del Comandante en Jefe sean especialmente significativos pueden caer bajo su dirección personal, que ejerce pasando por encima de Ministerios o
instancias superiores. Ya se ha hablado de las licencias que el hombre se toma
en relación con cualquier nivel administrativo, sólo guiado por lo que en un momento dado llame su atención (*)
Es fácil saber cuándo ocurre eso. Basta seguir la historia de sus grandes decisiones internas o internacionales para darse una idea de cómo ejerce el
poder Fidel Castro. Organizador directo de operaciones militares encubiertas en prácticamente todos los continentes, ya lo hemos visto dirigiendo hasta en los detalles más inocuos los desembarcos de Punto Fijo y Machurucuto en Venezuela, los altibajos de la guerra en Nicaragua, las operaciones del Movimiento Farabundo Martí en El Salvador o la abortada guerrilla argentina encabezada por Ricardo Masseti. No todas las iniciativas de Castro son, como las mencionadas, plenamente clandestinas. En realidad muchas de las actividades que se escenificaron en África y Medio Oriente se dotaron de una cierta legalidad y por lo tanto se desarrollaron a la luz del día. Fueron asumidas
(*) Para entender el laberinto de la administración pública del Estado cubano, me han sido muy útiles las notas y referencias recogidas por Eduardo Prida, cuya buena disposición en la dura faena de esclarecer el mecanismo totalitario, es digna de encomio (2)
públicamente por Cuba en respuesta a llamados de gobiernos tambaleantes, pero de todas maneras aun en esos casos el hecho es que numerosas de las operaciones relacionadas fueron cuidadosamente invisibles. En todas ellas está la presencia directa del caudillo, aunque muchas veces perjudicando más que favoreciendo sus propósitos, tales las guerras conducidas por Ochoa y demás oficiales del ejército expedicionario cubano en Nicaragua, Argelia, el Congo, Angola, Guinea Bisseau, Etiopia-Somalia. Para registro público se asegura que Fidel fue más comandante de todas ellas que lo hayan sido los generales en el terreno. Por supuesto, es falso, pero Castro lo cree al punto de ufanarse de su habilidad para desarrollar guerras teledirigidas, en medio de los fáciles aplausos de sus fieles. No tiene el menor inconveniente en recoger y borrar hechos y hasta elogios que él mismo hubiera prodigado. En este sentido, Fidel pudo matar dos veces a Ochoa. La primera, de espaldas al paredón de fusilamiento; la segunda, al destruir su obra de la cual, al igual que todos los cubanos, decía sentirse orgulloso. El máximo líder resolvió mentir con fría impasibilidad:
“Las decisiones fundamentales fueron tomadas desde Cuba (…) Nosotros teníamos compañeros que tenían que cumplir allí las ordenes. Las instrucciones y los planes del Estado Mayor (…) La dirección de las operaciones militares estaba aquí en Cuba (…) Ochoa en ese momento era muy ineficiente (…) Nosotros le dimos la misión administrativa general pero no la dirección de las tropas” (3)
Fidel mentía a sabiendas y eso no se le escapó a un gran número de militantes acostumbrados a celebrar las victorias de los ejércitos cubanos y a enaltecer al más gallardo de sus oficiales: Arnaldo Ochoa. Era tan apreciada la reputación del general Ochoa, que los militares del ejército soviético aceptaron su jefatura en el casi único escenario africano en que la URSS participó con tropas. Las fuerzas soviéticas, cubanas y etíopes se enfrentaban a la aguerrida Somalia en defensa del régimen de Mengistu Haile Mariam. Nadie objetó que la jefatura de las fuerzas coaligadas recayera en Ochoa y no era para menos. La batalla principal en Somalia, la de Kara Marda, junto con la de Cuito Cuanavale en Angola (*) levantaron el prestigio de Ochoa a la altura de los grandes generales de este tiempo. Eso, como es natural, mortificaba a Fidel y de allí su mezquino alegato a favor de las operaciones “teledirigidas” por él, desde La
Habana. He ahí de nuevo la fuerza como expresión de la debilidad.
Es importante subrayar la directa relación anudada por Fidel con Tony de la Guardia y Manuel Piñeiro, por la conexión que ambos tenían con actividades
en gran escala emprendidas secretamente por el gobierno cubano, tales como la lucha -guerrillera o no, armada o política- en las Américas del Norte, el Centro (incluida la región del Caribe) y el Sur. Decir Antonio de La Guardia y Manuel
Piñeiro es también decir, por una parte, Tropas Especiales y Moneda Convertible (MC) que eran secciones del MININT, y por la otra, Departamento
América, herramienta de la lucha armada latinoamericana en las décadas de los 60 y 70, así como de las complejas manipulaciones fidelistas que envolvieron a
(*) Con una salvedad digna de tomarse en cuenta. La batalla de Kara Marda fue exitosa no sólo porque se capturaron las montañas que escondían a los aguerridos soldados somalíes, sino porque las fuerzas conjuntas comandadas por el general Ochoa sufrieron pocas bajas. Fue una victoria limpia y clara. En cambio en Cuito Cuanavale las fuerzas fidelistas perdieron una cantidad inaceptable de hombres. Las cifras de muertos cubanos, por escandalosamente altas, se ocultaron al pueblo de la Isla y hasta donde fue posible hacerlo, al mundo. Fue –en palabras de Benigno- una victoria pírrica
los presidentes Allende y Velasco Alvarado. Para guardar la flexibilidad exigida
por la naturaleza de su misión, el Departamento América -mientras existió con ese nombre- era autónomo en relación con el partido, el gobierno y el Ministerio
del Interior (*)
La autonomía de órganos públicos obedece en Cuba, más que a una necesidad derivada de la flexibilidad funcional, a la prerrogativa, en cabeza del caudillo, de extender su directo control sobre áreas que considera decisivas del hacer público. En última instancia lo decisivo será el temor de que importantes sectores del poder cobren vida y se desarrollen con dinámica propia. Pero como
eso, por lógicas razones, resulta difícil, la Administración Pública sigue dominada por la ambigüedad supramencionada después de cinco largas décadas
El Consejo de Estado
El Consejo de Estado ha adquirido una influencia determinante tanto en el gobierno como en el partido mismo, aunque se trate de un poder reflejo, vicario. Cuenta con 23 miembros. Son los más altos representantes del poder político. Antes he advertido que la estructura constitucional del Estado Cubano es poco más que una mascarada pero conviene precisar que también ella está signada
(*) Al terminar de detallar la arquitectura del poder fidelista, volveré sobre las actividades de Tony de La Guardia y Manuel Piñeiro, precisamente por ser las operaciones encubiertas una parte muy significativa de las largas dimensiones del brazo de Fidel y al propio tiempo una fuente de la constante expansión de su inmenso predominio.
por la ambigüedad. Los órganos supremos del poder carecen de luz propia. No son nada si los comparamos con Fidel, pero en relación con los ciudadanos su dominio y la impunidad de sus actos son aplastantes, no obstante que su
estabilidad dependa del capricho del César revolucionario. Bastaría pasar la lista de esos nombres para comprender el juego de los ascensos y las caídas en desgracia que han marcado por décadas el proceso revolucionario cubano. Hay detalles extremadamente llamativos en esa nómina, encabezada por supuesto por Fidel y Raúl. El general Ramiro Valdés fue incorporado a ella después de haber sido separado de todos sus cargos por causas no claramente determinables. Reivindicado, seguramente por decisión del máximo líder, aparece en la cumbre. Es un salto que sólo se explica por secretas razones
políticas, porque Valdés fue un hombre de Fidel, incluso a efectos de neutralizar
un poco a Raúl. El historial de Valdés en la lucha armada y al frente del MININT le granjeó una reputación de valiente, apto y leal al comandante en jefe, pero al mismo tiempo se le consideraba sanguinario, corrupto y como ya se ha dicho, enemigo de Raúl. Es de aceptación común que la rivalidad entre Raúl Castro y Ramiro Valdés se remonta cuando menos a los primeros días del triunfo de la revolución. Envidia, celos y profundas diferencias en el temperamento y en la forma de conducir la guerra alimentaron el conflicto, en cuyo desarrollo juega un papel importante la calculada protección que Fidel le dispensaba a Ramiro, a quien Raúl quería fuera del movimiento o peor: en la cárcel o quizá de espaldas al paredón.
El Consejo de Estado no sólo es la cumbre del poder visible sino que tiende a extender el ámbito de su competencia. De hecho, sustituyó a la Asamblea Nacional del Poder Popular (en adelante ANPP) en lo concerniente a la función legislativa, que en cualquier parte se reserva el Parlamento. En teoría, desde luego, no es así, pero ya sabemos que en Cuba hay -digámoslo de esta manera- una realidad virtual y otra material. Los órganos de la administración se duplican incesantemente como en un cuarto de espejos.
Forzosamente debemos dudar de la existencia verdadera de lo que se
presenta a nuestra vista. Nada es como parece y eso vale también para las competencias legislativas. Por su naturaleza, las decisiones del Consejo de Estado no deberían sobrepasar los límites de lo consultivo, pero desde el momento que se imponen a otros niveles del estado y especialmente a la ANPP, adquieren carácter vinculante, lo que no podría ocurrir sin arrebatar y
apropiarse de competencias atribuidas por la Constitución a otros órganos. Lo irónico es que -insistimos: siempre en el papel- la ANNP tiene facultades constitucionales. Esto es más de lo que podría aspirar cualquier otro parlamento en países donde rija el estado de derecho. ¿Por qué semejante licencia? La respuesta es simple como el pan: porque el gobierno dispone de un fácil y nada engorroso instrumento para modificar cuando lo considere conveniente su propia constitución. Se trata pues de musculatura postiza.
Ricardo Alarcón: difícil equilibrio
Todo eso explica la falta de fuerza real de un hombre como Ricardo Alarcón, muy a pesar de la alta visibilidad que durante largo tiempo le han proporcionado sus muchos cargos en el gobierno y su condición de presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP). En rigor, esas posiciones no han pasado de darle un poder virtual; y es comprensible si tenemos presente la índole de la ANPP. La natural capacidad política de Alarcón no puede desplegarse sobre la cubierta del barco de papel que, con un nombre tan pomposo, le ha tocado en suerte comandar. De la índole falaz de semejante cuerpo legislativo se percatara el menos avisado de los observadores, no bien se detenga a pensar en la forma como se eligen sus febles representantes. La tercera parte de ellos es designada a dedo por el Partido Comunista. El resto resulta de escogencias por barrios sin la más mínima posibilidad de debates plurales, porque el único partido tolerado es el oficialista y en consecuencia los nominados lo serán por las organizaciones comunistas del sector. El voto, por supuesto, es a brazo alzado quedando borrada la cobertura del secreto. Nadie podrá elegir libremente candidatos o postularlos, nadie podrá escapar de la temible vigilancia de los oficiales de inteligencia y contrainteligencia. Incluso en países donde la libertad política está celosamente resguardada y pocos temen proclamar los nombres de quienes hayan favorecido en los comicios, se ha consagrado el secreto del voto como la mejor manera de proteger la incorruptibilidad de la institución del sufragio.
Se explica entonces por qué en Cuba se excluye esa previsión. Siendo el de la Isla un sistema totalitario, debe asegurarse que no haya voces disonantes en la ANPP y por eso todo el dispositivo electoral es abierto a la vigilancia del Estado. En este pomposo órgano previsto en la Constitución no podrán colarse disidentes marrulleros, desde que no pueden ni siquiera ser postulados. No lo serán sino quienes gocen de la irrestricta confianza del caucus revolucionario. Poder tan escaso de poder como el mencionado, no está en capacidad de sorprender a nadie con alguna ley o resolución inesperadas. Carente por completo de autonomía real, en esta peculiar legislatura no hay ni podrá haber sorpresas de ningún tipo. Sus deliberaciones, cuando las haya, serán intrascendentes.
Sobra decir que los legisladores no están protegidos por la inmunidad parlamentaria y están conscientes de ser sujetos, por supuesto, de privilegios pero en última instancia sus derechos humanos y libertades fundamentales carecen de abrigos constitucionales o legales. A sabiendas de que el encumbrado de hoy puede precipitarse al suelo en cualquier momento, las discrepancias no afloran sino dentro de los parámetros permitidos por Fidel. Perder el respaldo en la cumbre puede ser desagradable en las sociedades democráticas pero siempre hay la opción de ejercer políticas de oposición en el marco de un estado de derecho, que coloca todas las autoridades bajo la supremacía de la ley y tiene entre sus principios la alternabilidad. En cambio en un territorio donde no haya garantías ni para los más altos funcionarios, en el que todo esté invadido por un clima de terror, y donde por si fuera poco el sistema –por mandato constitucional- es irrevocable, el pan de hoy puede convertirse inesperadamente en muerte súbita o tortura o reclusión infinita en cárceles inhóspitas. Mal puede esperarse que en condiciones tales la ANPP haga otra cosa que aprobar cuanto antes y sin modificaciones lo previamente resuelto en las esferas privativas del caudillo. Se sigue de esto la innecesidad de consumir demasiado tiempo en debates parlamentarios, tal como ocurre en las sociedades democráticas. Allí donde prevalece el estado de derecho, el Parlamento es la institución clave, trátese de regimenes presidencialistas, parlamentarios o presidencialistas bajo control parlamentario. Porque conforme al principio de legalidad la ley se impone a todos y es el Parlamento el competente para dictarla (*)
Es natural que en Cuba los legisladores se reúnan apenas en dos ocasiones cada año y únicamente por cuatro días cada una. Y a veces menos. En el brevísimo tiempo del dispuesto para cumplir sus obligaciones constitucionales, la ANPP no puede hacer cosa distinta –ni se atrevería a
hacerla- a la de sancionar perentoriamente los proyectos de ley presentados por el Consejo de Estado. No hay representante capaz de hacer alguna objeción, así sea menor. Todos levantan la mano como aplicados revolucionarios, empezando por su presidente Ricardo Alarcón Quesada.
Pero por otra parte, Alarcón es tenido como uno de los dirigentes que, con
(*)Es verdad, en muchas sedicentes democracias, los poderes fácticos se imponen al principio de la supremacía legal por haber un evidente predominio de elites privilegiadas, pero aún en los casos más extremos en este sentido, quedan siempre abiertas numerosas rendijas para que una oposición fuerte aliente la renovación del mando tanto en el Poder Ejecutivo como en el Legislativo y los estados y poderes locales.
Lage y Pérez Roque, pudiera jugar un papel importante en el postfidelismo. Prefiero no dudarlo. Lo conozco personalmente y sé que sabe moverse en aguas cenagosas. Sobrevivió a los manejos de Aníbal Escalante a la sombra del canciller Raúl Roa. Es hábil, inteligente y no exhibe especiales máculas de corrupción, lo que ya es decir. Alarcón tiene nombre pero no fuerza. No sería imposible que la proyección virtual que le confiere su condición de presidente del enclenque poder legislativo deviniera real en la confusión que desatará la muerte de Fidel. Así por lo menos ocurrió en el caso de Joaquín Balaguer, tenaz
Presidente de Republica Dominicana a las finales del trujillismo, que con sangre fría e inaudita habilidad le proporcionó enorme potencia a un cargo de fachada, y
después se convirtió en el hombre fuerte de la democracia dominicana. Es improbable que lo mismo suceda con Alarcón, pero el postfidelismo es una dimensión desconocida en la que nada puede descartarse. Al entrar de lleno en el tema de la transición me ocupare de nuevo de la interesante situación de los líderes civiles y las opciones que puedan tener frente a los militares.
El Consejo de Ministros y el MININT
El Consejo de Ministros es un órgano auxiliar del máximo líder. A diferencia de la ANPP cumple funciones importantes, como las de llevar la gestión ordinaria, que tanto aburre a Fidel. Muy raramente el caudillo preside sus
reuniones, salvo cuando a su capricho haya algo interesante. Obedientes, los ministros deciden conforme a los deseos del caudillo y si los desconocen tratarán de adivinarlos. En cualquier caso si algo de lo aprobado no satisface al hombre, sencillamente el asunto se desestima sin necesidad de una nueva reunión convocada para proceder por contrario imperio a su anulación. Las resoluciones se ajustan a las pautas dictadas por el GCACJ. No le falta razón al máximo líder en no asistir casi nunca al C.M. ¿Para qué hacerlo si todo lo que este órgano decide está preelaborado por su Grupo de Apoyo, bajo su hermética y diaria vigilancia? Sea por la crónica inasistencia de Fidel o porque éste la aliente, reina en el C.M. una pugna plagada de envidia, mezquindad y zancadillas. ¿Preocupa eso al caudillo? En absoluto. Más bien debería pensarse lo contrario. Castro podría estar insuflándola con el fin de alentar una conflictividad que, preservándole el estatus de árbitro de la causa, lo libre del temor a la formación de coaliciones soterradas, susceptibles de minar su inmenso poderío. En el fondo es una malévola manera de fortificar –más, si cabe- su desproporcionada fuerza interior.
En la medida en que la estructura se proyecta hacia la base de la sociedad las complejidades y el entrevero de competencias se multiplican. En medio de algo parecido al caos organizacional, el punto estable es Fidel. En tiempos de Abrantes y de La Guardia, los militares asignados al MININT y a Tropas Especiales se sentían moralmente ubicados en un lugar muy especial en relación con los de las FAR, al punto de que con frecuencia se saltaban las formalidades del saludo militar, que en cualquier institución armada se debe a los oficiales de grado superior.
El MININT tiene tres viceministros: Seguridad Personal, Seguridad del Estado y Orden Interior. El primero se ocupaba de la protección de Fidel, tarea convertida por Abrantes en una verdadera obsesión. Eran tantos detalles que muchos de ellos escapaban a la mirada de águila de Castro (*), al punto de resignarse a poner su integridad física, su preciada seguridad personal, en manos de otro. Se colocaba así en una clara situación de impotencia. Eso debió
atormentarlo cada vez más. Y era comprensible. Desde el desvanecimiento de la era romántica de la revolución perdía relativamente el control de su propia vida.
Si dadas esas alarmante premisas, al MININT se le hubiera ocurrido hacerle un atentado mientras velaba por su seguridad personal, quizá no hubiese tenido escapatoria. Y en verdad, José Abrantes había montado una diabólica, maniática e impenetrable malla de protección alrededor del caudillo. De nuevo, era esa la fortaleza del líder máximo y también su debilidad. Nadie nunca lo había colocado tan fuera del alcance del enemigo, pero igualmente nadie que sepa lo había tenido tan al alcance de la mano
La sacralización del caudillo
Tal como se dice arriba, Fidel preside de hecho y derecho las FAR y MININT en tiempos de guerra. De esa manera lo establece la Ley de Defensa
(*) Mirada de Águila. La metáfora es de la escritora norteamericana Georgie Anne Geyer quien pese a escribir un interesante y bien documentado libro donde no ahorra criticas a la política y vida personal de Fidel Castro, deja translucir una cierta fascinación por el personaje, muy típica de no pocos intelectuales de países industrializados frente a los llamados fenómenos telúricos del tercer mundo (4)
Nacional promulgada en 1992, fecha contemporánea con el derrumbe de la Unión Soviética. Es difícil no ver la relación entre ambas cosas. La caída del
imperio soviético dejaba a Cuba sin sombrilla protectora y en consecuencia obligada a fortalecer su rigor interno, en abono de lo cual, entre otras fuertes decisiones, estuvo la de concentrar todavía más el poder, pero también a desconcentrarlo en perjuicio de Raúl, como se verá.
En la imposibilidad física de ser gobernadas directamente por Fidel, se inspiran en él y lo tienen por líder único las llamadas desde tiempos de Stalin correas de transmisión, aunque dependan directamente de otros niveles y feudos de la organización. Cuando ya no esté el caudillo, cada uno de estos feudos podría recuperar su territorio porque ya no habrá quien conserve la unidad moral de la organización (*)
Si algo se llevará Fidel a la tumba es su aura de jefe insustituible. Para conservar la unidad de la revolución sobre el légamo de contradicciones y pugnas en todos los niveles del movimiento, esa presencia mística y mítica, como la de un inalcanzable emperador chino, fue inevitable y necesaria. Se trataba del único pegamento que sostenía en última instancia la revolución. Es ésa, quizá, la principal y exclusiva arma de dominio en manos de Fidel. Es por lo tanto su fuerza. Pero también su debilidad porque, desaparecido del panorama,
(*) Correas de transmisión. Nombre ciertamente apropiado porque el partido y el estado soviético, en su afán por objetivar las conductas militantes, postularon y en buena medida logró, construir un partido concebido como el motor de una maquinaria, en cuyo centro está el partido, que dirige a sectores sociales con la ciega operatividad de una correa de transmisión. De allí la tradicional subordinación acrítica a las decisiones del partido comunista y otros similares por parte de sus movimientos juveniles, femeninos, sindicales, campesinos y otros.
nadie estará en condiciones de ocupar semejante sitial sin emprender cambios considerables que, por lo mismo, podrían abrir el camino a fuerzas incontrolables. La sacralización del caudillo cubano no es del todo original. Con ese ingrediente se edificó el pedestal de Mao Zedong y de Kim il Sung cuya función integradora era la misma que reposa en hombros de Castro. Era igualmente un aura celestial el que rodeaba a las antiguas dinastías chinas. El territorio era inmenso, no había administración directa que llegara a todos los rincones y mantuviera el funcionamiento y la independencia. Sólo quedaba el prestigio sagrado del emperador, razón por la cual debía ser constantemente
reverenciado para acentuar sus útiles y necesarios rasgos celestiales. En Cuba esa es precisamente una de las funciones del partido y de sus correas de
transmisión. Nada de lo que diga el caudillo debe perderse. Al final de sus largas oraciones se celebran reuniones en locales de la organización, talleres, establecimientos educacionales, etc. para estudiar las orientaciones del líder y encontrar profundos significados en aquel vasto océano de palabras, en su mayor parte improvisadas.
“En los centros de trabajo, el partido y la Unión de Jóvenes Comunistas realizan actividades políticas de diversos tipos en las que se exige la participación de los ciudadanos. Esas actividades incluyen la lectura y análisis de los discursos del Comandante en Jefe” (5)
Una de las correas de transmisión más importantes en Cuba es la Federación de Mujeres Cubanas, dirigida desde siempre por Vilma Espin. Vilma era una muy activa dirigente desde sus tiempos clandestinos junto a Frank País, hasta bien entrada la revolución. Algunos de los compañeros del grupo de Frank la recuerdan con admiración y respeto. Era austera, capaz y buena organizadora. Con la edad, claro, debe haber perdido vitalidad pero ganado experiencia.
Rodeada de gente suya que en parte ha envejecido con ella ha reproducido en lo interno del movimiento el cisma burocracia privilegiada-militancia obediente que ya es marca de fábrica del Estado y será probablemente uno de sus detonantes, cuando la poderosa sombra de Fidel no pueda protegerlo. Registremos sin embargo que Vilma es otro bastión de Raúl sin olvidar que tiene una gran presencia en las empresas agrupadas en Gaesa, a estas alturas un pútrido absceso que suscita rumores y resquemores crecientes (*)
La CTC y la Unión de Jóvenes Comunistas, amelladas en su perfil crítico, yacen impotentes pero son muy efectivas en labores de vigilancia y control, además de ser instrumentos para la movilización, fundamentalmente forzada, durante los actos de masas. El Ejército Juvenil del Trabajo fue creado para desempeñar actividades de respaldo agrícola pero cuenta con una dirección militarizada. Es probable que también aquí encuentre respaldos el Ministro de
las FAR. Los Destacamentos de Respuesta Rápida y el Sistema Único de
(*) Se cree que con los años el matrimonio ha llegado a ser ficticio en lo afectivo, cosa muy corriente por cierto en nuestros días. Pero si aludo a este hecho trivial, puramente doméstico y por lo tanto totalmente fuera del interés de los propósitos de esta obra y de su autor, es para ratificar que cualquiera que sea el estado de la relación matrimonial, aparentemente se mantiene firme la comunidad de intereses y la siempre estrecha colaboración política entre los dos. Una encomiable relación civilizada.
Vigilancia y Protección se combinan para golpear cualquier disconformidad pública o realizar los llamados actos de repudio que aterrorizan a la población. Las Milicias de Tropas Territoriales fueron recreadas en la década de los 1980 cuando Fidel, Raúl y el gobierno revolucionario recibieron la infausta noticia de que ya no podrían contar con la asistencia militar soviética en un eventual conflicto con EEUU y que tampoco podría sostenerse la masiva ayuda económica de la que Cuba venia disfrutando durante unos 30 años. Ante noticias tan alarmantes, el viraje ordenado por Fidel fue de vértigo. La forma como quedaron afectadas su política internacional y las FAR, será analizada más tarde, junto con la sucesión del caudillo y el tema militar en su conjunto. Los
rasgos que prevalezcan en el postfidelismo deberán mucho a la naturaleza de
estos cambios. No se puede comprender lo que ocurra al desaparecer Fidel sin ponderarlos con la mayor seriedad y serenidad posibles.
El Big Brother de la Corte de los Milagros
Con todo, el alcance del caudillo es mayor que eso. Domina el estado, la oposición al estado y el curioso universo de las actividades subterráneas. Gabriel García Márquez, en frase muy celebrada por el caucus cubano y por el propio caudillo, dijo que en Cuba Fidel era el jefe del gobierno y simultáneamente el jefe de la oposición. Quería dejar constancia de que el máximo líder conducía con mano firme la revolución pero al mismo tiempo era su más implacable crítico. Y no cabe dudarlo. En realidad cuando las fallas de las políticas trazadas por el máximo líder se muestran abrumadoras, arremete contra ellas con el fin de librarse de culpas. Sus críticas generalmente van a los llamados a ejecutar las visionarias políticas formuladas por él; inevitablemente dirá que el error no estuvo en la formulación sino en los ejecutores. Pero a veces ataca los propios contenidos de las políticas fracasadas haciendo ver que nada tuvo que ver en su elaboración. De nuevo la culpa será de otros, esta vez de los técnicos y diseñadores del gobierno, como si hubiera alguno capaz de hacer algo sin requerir previamente la aprobación de Castro.
Fidel sabe que nadie va a contradecir sus afirmaciones, aun las más exageradas. Estudiando un cruce de ganados del cual el líder se sentía muy ufano, Rene Dumont, agrónomo de celebridad mundial, reaccionó escandalizado. Los técnicos cubanos, balbucientes, habían objetado tímidamente aquel absurdo sólo para soportar las fulminantes y airadas replicas del caprichoso sabelotodo. Contra las advertencias de los profesionales, el cruce siguió adelante, por mis cojones. En la visita de Dumont, los apabullados técnicos, escucharon –seguramente con salvaje alegría, que se cuidaron de enterrar en sus corazones- la escandalizada opinión del ilustre visitante, pues habían sido convocados para la ocasión. El agrónomo francés le preguntó a Fidel: ¿pero quién autorizó este criminal cruce de animales? Impávido, respondió el personaje: ya no tengo en quien confiar Es un hábito viejo. Es una forma natural de mentir. Mi segunda naturaleza, como lo confesó el joven Castro a uno de sus maestros en el Colegio Belén que se interesó en saber por qué el aprovechado joven le mentía tanto, pese a ser su admirador.
Es fácil ser “jefe” de la oposición en un medio en el que nadie –salvo el propio Fidel- se atreverá a contradecir al poder. Pero no se dude que lo es. Es jefe del gobierno, de la oposición, de la economía paralela y por supuesto también de la subterránea en la que se trasiegan los oscuros negocios del lavado, narcotráfico y fuga autorizada de divisas. Ha querido controlarlo todo y algo peor: ha querido vigilar cada actividad formal o subrepticia, abierta o soterrada, legal o ilegal. Es lo más cercano que pudiera imaginarse al Big Brother. Un dispositivo de vigilancia que penetra hasta en los dormitorios con el fin de hacer gráficas o videos y grabaciones que podrían ser utilizadas contra las víctimas, lleva las informaciones más comprometedoras a la atenta mirada de Fidel.
El caudillo se ha convertido en un maniático de la vigilancia y por eso el de Cuba es un pueblo vigilado como pocos en la historia. Tal como ha venido
funcionando, el sistema fidelista ha sido una de las obras humanas que más se han acercado al modelo totalitario perfecto, diseñado por George Orwell en su sombría novela, 1984. Está en primer lugar la dirección general de información, órgano de inteligencia dependiente del Minint. Y por supuesto, en las FAR opera inteligencia militar. Pero luego aparece la dirección de contrainteligencia, justificada sin duda para enfrentar el espionaje que, por la belicosidad fidelista, es una presencia tan real como lo es el espionaje cubano en la isla y en otros países. Como todos han de ser vigilados, no pueden quedar fuera los vigilantes mismos, y de allí la dirección de recontrainteligencia.
“Toda la estructura del estado está reproducida en la contrainteligencia cubana del MININT. Para cada unidad administrativa u organización de masas, hay un oficial MININT que enlaza al jefe del organismo, el secretario del partido y el jefe de seguridad. Nadie puede saber quienes son los informantes del MININT en el centro de trabajo o estudio, ni siquiera el jefe administrativo o el secretario del partido, porque ellos también son vigilados” (5)
La estructura de funciones duplicadas que en buena parte no dependen de sus jefes naturales sino directamente de Fidel, alcanza un nivel desproporcionado en el área de inteligencia. Los vigilantes vigilados que acabamos de mencionar están impetrados en estructuras autónomas que desbordan toda idea de racionalidad administrativa. Fidel lo ha querido así. Esa es su fortaleza. El porcentaje de funcionarios dedicados a labores de inteligencia excede en muchos puntos al de los países occidentales ¿Pero a quién responderán cuando el caudillo se vaya? Se pueden arriesgar las conjeturas más audaces pero nadie podría saberlo con certeza porque como se expone al final el sistema está diseñado para que, al vigilarse unos a otros y duplicarse las funciones, nunca nadie pueda ocupar cómodamente el vacío postfidelista, carente como está de la información que sólo Fidel maneja en su provecho. Esa es su debilidad.
Es sabido que tanto en su política de seguridad interna como, sobre todo,
la internacional, Fidel se apoyó durante algo más de treinta años en Tropas Especiales y el Departamento América. Aquél dependía formalmente del MININT; éste, del Comité Central. En realidad ambos estaban conectados a Fidel. Por simple lógica organizacional debió clarificarse el ámbito de cada uno e incluso su jerarquía. ¿Dependían los jimaguas (*) La Guardia de Barba Roja, o por el contrario, éste de aquellos? La respuesta es negativa en ambos casos. La responsabilidad la asignaba Fidel según las situaciones abordadas. Por ejemplo, es verdad como dice Benigno que gran parte del Departamento América se trasladó a Chile para apoyar y controlar al presidente Allende, pero también estuvieron allí los La Guardia, cumpliendo tareas sumamente delicadas, como las relacionadas con la protección de Allende incluso en el Palacio de La Moneda. En momentos críticos, por disposición de Fidel todas las fuerzas cubanas allí concentradas debían ponerse a la orden de Patricio La Guardia.
Aunque Tony dependía del Ministro del Interior José Abrantes, a la sazón
uno de los funcionarios más poderosos del sistema y hombre de confianza del caudillo, conservaba una muy estrecha relación personal y directa con Fidel, a través de la cual se trasegaban órdenes especialmente delicadas. Por las denuncias y acusaciones que, fundadas en un impresionante cúmulo de indicios y evidencias, vinculan a los hermanos Castro con el negocio del narcotráfico, y a pesar de que De la Guardia fuera fusilado probablemente con el objeto de librar de sospechas al líder máximo, no hay manera de sostener que Tony, como
(*) jimagua. De uso popular en Cuba para referirse a hermanos o hermanas gemelas
tampoco su hermano Patricio ni Arnaldo Ochoa, realizaran sus actividades ilegales de naturaleza criminal a espaldas de Fidel. Y no sólo porque dada la gran magnitud de las operaciones difícilmente hubieran podido escapar de la avasallante contrainteligencia revolucionaria y de la obsesiones del caudillo, sino por el tipo de relación que los gemelos cultivaron con Fidel. Aficionado como ellos a los deportes, Castro compartía buenos ratos con Patricio y Tony en la práctica del velerismo, la pesca mayor o la submarina mientras imaginaban y planificaban las más escandalosas extravagancias. Hombres de acción, los La Guardia eran dados a organizar actos de fiera audacia en cualquier parte del planeta. Por su exorbitancia esos actos no hubieran podido evadir, si se lo hubiesen propuesto, el fino olfato del desconfiado caudillo. No tenían tampoco por qué hacerlo, precisamente por haber demostrado Fidel tanta o más inclinación aventurera que la de los gemelos. Las operaciones encubiertas, preparadas personalmente y tuteladas por Castro, cubren un desmesurado diapasón. Su autoría, al principio negada, ha sido admitida tiempo después por el liderazgo de la Isla. Tony especialmente era el tipo de “cuadro” que siempre le ha gustado a Castro, y por eso las grandes muestras de afecto y cercanía que le dispensaba.
La contrainteligencia, es decir la vigilancia extrema de Fidel, opera por supuesto en el sistema de las empresas militares que se estudian en la parte final. Entre las empresas afiliadas al holding GAESA figura el Departamento VI, cuya función es vigilar cuidadosamente todo el personal de las empresas que giran en la orbita del Ministro de las FAR. Es una esfera de contrainteligencia. Vigila incluso a los agentes de vigilancia. Es verdad: las facultades de Fidel han mermado seriamente. Divaga, olvida, gaguea. No quiere salir de Cuba atenazado por el miedo a los atentados y el miedo al ridículo. La gradual decadencia del dictador absoluto da lugar a todas las incógnitas. La teoría del Raúl que ya tomó el poder reduciendo a Fidel a ser una sombra de sí mismo no es por supuesto más que una licencia sin fundamento real, pero nace de la percepción de que el jefe del terrible engranaje cubano ya no está en condiciones de gerenciarlo en la forma que lo venía haciendo.
El ocaso de los “cuadros” de Fidel
Una estructura tan complicada como la resumida hasta aquí no puede ser operada por gente corriente. Es menester contar con una lealtad irracional, un espíritu de entrega total y una amoralidad necesaria no sólo para cumplir sino para denunciar. No todos encajan en el molde y por eso la columna vertebral del estado y el partido comunista reside en los cuadros de la revolución. El militante concebido por el caudillo, cuando menos desde el comienzo de la década de los 1950 y especialmente durante los preparativos del asalto al Moncada, tenía una inocultable índole aristocrática. Las personas normales no llenan las condiciones exigidas por el cartabón castrista, lo que de antemano condena el fidelismo a ser empresa de grupos cerrados. Porque en efecto, el militante debe gozar de excelente salud física, preferiblemente practicar deportes, soportar las inclemencias de la naturaleza, recorrer enormes distancias, escalar montañas y, en fin, ser incondicionalmente leal y estar dispuesto a realizar cualquier actividad
temeraria y no teoricista (*) –la expresión es suya- cual los viejos intelectuales
comunistas dedicados a la lectura del marxismo, según Fidel, en el aislamiento de sus bibliotecas. El esquema se hizo más estricto cuando a los líderes de la
revolución, Fidel y el Che, se les metió en la cabeza que el núcleo revolucionario debía ubicarse en la loma, cargado de yerros, además. Desde entonces, quien no pusiera el pellejo en juego en correrías guerrilleras simplemente no era un revolucionario. Ciertos intelectuales de izquierda que por dejarse seducir por los hombres de acción pueden llegar más lejos que ellos, convirtieron aquellas manías en toda una teoría revolucionaria, la teoría del foco. El pequeño grupo de elegidos podía desencadenar la revolución como la pequeña rueda hace girar la grande. En su desprecio al hombre de la ciudad, que por serlo no puede darse el purificador baño russoniano en selvas y montañas, Debray escribió:
“El hombre de la ciudad, así sea camarada, si se pasa la vida en la ciudad es un burgués sin saberlo” (6)
La teoría del buen salvaje siempre tendrá su público en Europa que es donde tuvo su origen. La novedad es que ese salvaje ya no era manso como el de las visiones románticas del Viejo Mundo desde principios del siglo XIX. Tiene empuñadas las armas revolucionarias, premisa de ciertas guerras irregulares. Pocos podrían entrar en un zapato chino como ése. La elite postulada por
(*) Atención. Formular ideas perniciosas con envoltura de seda es típico de Fidel. Atacando a los teoricistas lo que en realidad se proponía era relegar a los críticos. Un teoricista suele investigar, esculcar experiencias de otros y opinar. Exactamente lo que en su engranaje rigurosamente vertical ha sido proscrito en la revolución.
Fidel constituyó siempre una minoría. Las masivas movilizaciones de enfervorizados seguidores, particularmente en la primera hora de la victoria, estaban signadas por la obediencia pero no por la participación. La famosa comunicación de Fidel con el pueblo cubano no fue nunca una vía bidireccional sino unilateral. Las nutridas concentraciones en la Plaza de la Revolución para aprobar a brazo alzado las dos Declaraciones de La Habana, no tuvieron traza de democracia. Fidel no interactúa, actúa; no se comunica, informa. Un hombre dirigiendo una elite superpuesta al pueblo. Esa exactamente era la esencia del antidemocrático modelo de Lenin, aun cuando para el jefe bolchevique, más racional que Fidel, el criterio para formar parte de la minoría dirigente no era fundamentalmente el aspecto físico o la sumisión vasalla al caudillo, sino el político- ideológico
Por otra parte, este modelo no es sino una proyección del mismo Fidel, tan dado a los deportes desde su temprana edad escolar. Castro quería que todos los revolucionarios escalaran montañas, atravesaran a nado ríos desbordados, caminaran largas distancias, practicaran deportes, se doblegaran sin chistar a su jefatura y dominaran el arte de la lucha armada. Quien no llenara tales requisitos no encajaba en los parámetros castristas de los tiempos heroicos de la revolución. De allí que desde muy temprano la revolución tomara un carácter fuertemente personalizado, voluntarista. De semejante cocción salió la teoría del foco guerrillero. Fidel embarcó en su fantasía todo un movimiento hemisférico, mientras insultaba a aquellos que no se sintieran atraídos por el
simplismo de su receta (*)
En la fórmula cubana, por el hecho obvio de encajar tan perfectamente en ella, confluyen plenamente Fidel Castro y los jimaguas Patricio y Antonio de la
Guardia. Tony, considerado generalmente como el mejor oficial de Inteligencia cubano, se permitía acceder libremente al Despacho del Comandante en Jefe,
aparte de utilizar expresiones y derrochar gestos desenfadados con él. Era ésta una licencia vedada a los demás dirigentes, no importa cuánto peso tuvieran en la estructura del poder. En los primeros tiempos los dirigentes cubanos se permitían tratar a su líder con la graciosa efusividad caribeña. Con el tiempo esa conducta fue condenada y proscrita. Las restricciones en la forma de dirigirse o de acercase a Fidel fueron surgiendo progresivamente en la medida en que se quiso conferirle al caudillo la majestad de un príncipe intocable. Tales medidas incluían e incluyen aún a Raúl Castro, aunque tal vez en este caso mediaran también razones de seguridad. Porque efectivamente, por razones de seguridad
Fidel y Raúl no pueden frecuentar juntos los escenarios públicos, y deben reducir escrupulosamente los privados a lo estrictamente necesario. El régimen,
previsivo, no quiere que algún atentado haga desaparecer el gentilicio castrista del panorama revolucionario. Registremos de paso que es tan distinto el temperamento de estos dos hermanos –asunto tratado extensamente en la parte primera de esta obra- que seguramente esa disposición no les impone un especial sacrificio.
(*)Vale la pena preguntarse qué hubiera hecho Castro con el físicamente impedido Mariátegui, a quien tanto admiran los líderes de su estirpe, tal vez porque no está en el mundo de los vivos.
El régimen fidelista ya no está en capacidad de repetir el esfuerzo que
llevó a cientos de miles de soldados a extender virtualmente la revolución a todo el planeta. Fidel envejece y su obra agoniza. Cuba no cuenta ahora con el poderío militar del campo socialista y no serían las precarias fuerzas militares del régimen chavista las que pudieran cubrir ese hondo vacío. El ímpetu residual de aquella revolución que se lanzó a la conquista del universo ha desaparecido y en la imposibilidad de emplearse en gloriosas jornadas guerreras se vuelca sobre la sociedad cubana misma y no propiamente para cumplir tareas directas de seguridad, ampliamente abastecidas por MININT. El caudillo se ha resignado a canalizarlas en parte hacia tareas civiles empresariales mientras la obsolescencia tecnológica de sus Fuerzas Armadas avanza incesante, en la medida en que ya no cuenta ni con divisas suficientes para la adquisición de armamento moderno ni con acceso a la más avanzada tecnología militar. Obviamente, la desnaturalización parcial de las funciones de la institución armada crea peligrosos abscesos. La energía sobrante del fidelismo ya no halla en qué ocuparse. Los cuadros predilectos de Fidel, entrenados en el internacionalismo, carecen hoy de oficio. No hay hazañas en el horizonte. Atraídos por las oportunidades de provecho personal abiertas por las empresas militares, tratan de incardinarse en ellas para obtener lo que bien pueden considerar un premio a las luchas de toda la vida. El entorno del caudillo se llena de resentidos. Inútiles con sus galones que no deslumbran a nadie, se sienten relegados. Sus vínculos militares los convierten en resentidos peligrosos.
¿Qué estuvo haciendo el general Ramiro Valdez, el antiguo rival de Raúl Castro, antes de ser reivindicado por Fidel? Empresario en el jugoso negocio de artículos electrónicos, propietario de residencias lujosas y de una flota de automóviles de todas las marcas, pudo temer que, sin la protección que le brindaba Fidel, Raúl ya en el mando le pasara recibo. Ahora desde su flamante posición en el Consejo de Estado tendrá a su disposición mejores maneras de defenderse. Valdez fue un militar de acción. Debe conservar relaciones en las FAR. Es difícil creer que, siendo un aventurero de pedigrí, se resigne a esperar cómo se desenvolverá el postfidelismo sin hacer uso de los recursos que obren en su poder. Pero en general los antiguos cuadros de Fidel ya no son ni la sombra de lo que fueron en la etapa rebelde y romántica de la revolución. Con pocas excepciones han ido decayendo uno tras otro en la medida en que lo hace la revolución misma.
De Barba Blanca a Barba Roja
Por la intimidad que guardaba con Fidel, cuando Tony de la Guardia tomó la decisión de buscar moneda convertible a través de actividades de narcotráfico e hizo uso de medios inocultables como barcos, aviones y embajadores, se despertó en los observadores la curiosidad de conocer cuál pudiera haber sido el papel jugado por el caudillo en aquellos manejos. Podía sentirse su presencia en el fondo del escenario. Porque luce francamente muy cuesta arriba que Castro no hubiera estado al tanto, y por lo demás según su costumbre, no dirigiera –o pretendiera hacerlo, para el caso lo mismo- cada una de las operaciones concertadas. Esa primera o una de las primeras armazones del tráfico de cocaína tuvo como escenario Panamá, gobernada entonces por
Manuel Antonio Noriega, lo que ya permite intuir el sentido oculto de las estrechas relaciones entabladas entre los dos caudillos. Noriega participó en esa y en las sucesivas operaciones acordadas, pero aparentemente no gozaba de la confianza de los jefes del cartel de Medellín, que por tal motivo prefirieron asentarse –también con la participación cubana- en la Nicaragua sandinista. Todavía no había surgido el Cartel de La Habana, del que tantas veces se ha
hablado, pero sin duda aquel primer paso no desmereció de todo lo que se hizo posteriormente. Llevaba la marca de Tony de la Guardia…y de Fidel. En un ensayo presentado por el mayor Juan Carlos Figueredo en la Escuela Superior de la Fuerza Aérea venezolana, se describen los pormenores de esta operación. Participaron el narcotraficante Reinaldo Ruiz (a) Barba Blanca y las autoridades cubanas que lo proveyeron de todas las facilidades del caso para que, a cambio de un pago en dólares, utilizaran Cuba como puente hacia EEUU. Factores decisivos fueron los altos oficiales de inteligencia cubanos encabezados por Tony de la Guardia, entre los cuales figuraba Miguel Ruiz Poo, presidente de Interconsult, una compañía mercantil fantasma residenciada en Panamá y dependiente de la corporación cubana CIMEX. Por lo visto, Interconsult parecía ser una tapadera de negocios ilegales (*)
(*) Se ha denunciado uno especialmente refinado e inmoral: el trafico ilegal de refugiados cubanos, cuyos familiares en EEUU pagaban buenas cantidades en dólares a cambio de hacer salir de Cuba a sus parientes, rumbo a Norteamérica y con visa de Panamá, vale decir: de Noriega, quien, huelga decirlo, cobraba puntualmente su parte en el negocio
De la Guardia ordenó la suspensión de las actividades cuando se enteró de la detención de Barba Blanca, su esposa y su hijo, que también trabajaban en el negocio del narcotráfico. Fue interceptado por agentes de la DEA en el
Aeropuerto Omar Torrijos de Panamá. El problema es que ya no había tiempo
de volver atrás. No hubo manera de borrar huellas. Eran demasiado nítidas.
Adicionalmente, Tony debió comprender que le sería muy difícil impedir que
brotaran testimonios comprometedores, como en efecto ocurrió. Tony y los hermanos Castro fueron virtualmente desnudados en el juicio radicado en Florida. Tampoco fue posible evitar que en el proceso iniciado en Cuba con la denominación de Causa 1, se pronunciaran palabras inconvenientes. Llorando, quebrado anímicamente, Miguel Ruiz optó por revelar el entramado durante el proceso que llevó a la muerte a Ochoa, Tony La Guardia, Padrón y otros. Remató su delicada exposición con afirmaciones sumamente graves:
“Yo sabía, maldita sea, que los americanos se estaban acercando y Tony me dijo: Fidel ya sabe y te voy a decir algo, Fidel ya lo tiene resuelto” (7)
Y en verdad: lo tenía resuelto al hacer caer las cabezas de muchos para salvar la suya. Si a partir de la creación de la sección MC (siglas que los
guasones del partido no leían con el nombre oficial de Moneda Convertible sino
con el de Marihuana y Cocaina), el narcotráfico llegó a ser una industria con
participación de la mafia de La Habana. El Departamento América, sin ser para nada ajeno –como se verá- a esas actividades, se especializó en otro género de guerra encubierta: la del fomento de movimientos revolucionarios en el Hemisferio.
Entre Barba Blanca y Barba Roja hubo sólidos vasos comunicantes (*)
debido a que una de las aplicaciones del dinero extraído de fuentes criminales fue siempre el financiamiento de movimientos revolucionarios irregulares. MC no
surgió de la nada. Su antecesor fue la empresa CIMEX, aparentemente la primera bajo forma de sociedad anónima adscrita al MININT. La diferencia entre las actividades de Piñeiro y Tony consistía en que mientras las manejadas por éste tenían como objeto principal proveer de dinero a las exhaustas finanzas de la arruinada Tesorería, las encomendadas a Piñeiro se enfocaban en promover la subversión hemisférica y ninguna fuente de financiamiento mejor que la proveniente de los carteles de la red de estupefacientes. Tony, hombre valiente como pocos, también cumplía con versatilidad actividades revolucionarias muy
arriesgadas. De hecho, el Departamento América se convirtió en un superpoder que imponía embajadores y otros funcionarios diplomáticos a fin de extender su organización transamericana. Estos espías-diplomáticos muy pronto recibieron
la instrucción de entenderse con Pablo Escobar, Carlos Ledher y capos de otros países, hasta que Cuba instaló su propio Cartel. Algunos casos que alcanzaron
celebridad evidenciaron el matrimonio de las drogas y la exportación de revoluciones. Sospechoso de narcotráfico, Fernando Ravelo, el embajador cubano en Colombia (y luego en Nicaragua), era miembro del Departamento
América
(*) Dicho sea en sentido metafórico porque las relaciones de Barba Blanca con los funcionarios cubanos pese a ser intensas duraron poco y casi seguramente el famoso narcotraficante no conoció personalmente a Piñeiro, aunque sin duda mantuvo relación con varios de sus colaboradores directos. En la actualidad purga una larga sentencia en EEUU. A su vez, el narcotráfico no ha sido tan pasajero: entró para quedarse en la isla
El Partido Comunista Cubano, con varios nombres por obra de las condiciones de su lucha, era el más antiguo entre todos los existentes hasta que la revolución acabó con la lucha política. Integrante de las dos primeras fórmulas unitarias animadas por Fidel, terminó absorbido después del fracaso de la intentona antifidelista dirigida por Aníbal Escalante, uno de sus dirigentes más destacados. Después del triunfo de la revolución en 1959 surgieron, primero, las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) cuyos integrantes fueron el Movimiento 26 de julio, el Directorio Revolucionario 13 de marzo y el Partido Socialista Popular (comunista). Finalmente todo lo anterior quedó abolido y comenzó el régimen de partido único. Se fundó, históricamente por segunda vez, el Partido Comunista de Cuba, único permitido por la Constitución. Fue un paso hacia la unidad pero también hacia la concentración del poder, la quiebra del pluralismo y de hecho la consagración de un presidente vitalicio. Pero en ese momento se dividieron administrativamente las funciones de seguridad que desde 1960 venía dirigiendo Barba Roja, incluso antes de la creación de la Dirección General de Investigación (DGI), madre del Departamento América. Entre las atribuciones asignadas a Piñeiro sobresalía la exportación de la revolución fidelista y de sus métodos, razón por la cual probablemente al Comité Central del Partido Comunista le pareció que este organismo debía ser una dependencia suya. Y así en efecto se dispuso, recibiendo la nueva unidad administrativa el nombre de Departamento América. La DGI había estado en la estructura del MININT, órgano ejecutivo del cual era viceministro Barba Roja. Era aquél un vínculo puramente formal porque las actividades de Piñeiro eran tuteladas básicamente por Fidel. Semejante situación se mantuvo, más acentuada, en la relación real entre el Departamento América y el Comité Central del Partido, entre otras razones porque mientras el MININT es un repartimiento administrativo de diario funcionamiento y organización jerarquizados, el Comité Central –como se ha dicho- no tiene sustancia propia. Es un nivel que sólo funciona cuando es convocado por el Buró Político. Predominan en sus sesiones las resoluciones previamente aprobadas en el Buró Político o en el entorno de Fidel. Sin desconocer su enorme gravitación política, el Buró Político es también y en alguna medida un órgano inoperante, que baila al son de las pulsiones del caudillo. La actividad cotidiana de la dirección política es ejecutada por el Secretariado, sin pretender por ello asumir más poder que el de llevar las tareas administrativas más corrientes.
En síntesis, el Comité Central, el Buró Político y el Secretariado, no obstante su alta significación y su elevado estatus, sólo dirigen por sí mismos las tareas residuales. Es Fidel quien asume el control personal de todo lo que sea significativo en Cuba, salvo en frentes sectoriales y específicos donde se levantan otras jefaturas auténticas. Lo cierto es que las actividades de Piñeiro fueron encubiertas hasta para el Comité Central, al cual supuestamente estaban supeditadas, pero no para Fidel, quien por el contrario solía idear buena parte de ellas y reservarse el derecho de aprobarlas todas. Por supuesto, eso no niega que por temor, codicia o para encubrir errores, el Departamento le ocultara cosas al caudillo o se las presentara de modo favorable a la propia gestión de Piñeiro y los suyos. Trasladar culpas propias a otros, aprovechar su posición para formar un circuito de agentes femeninos para su servicio personal o íntimo o apropiarse de dinero fueron prácticas nada infrecuentes que se le han reprochado por trascorrales a Barba Roja durante sus más de tres décadas al frente de la seguridad de Cuba. Muchos han calificado a Piñeiro con la nota de corrupto, sin regatearle su muy certificada capacidad.
NOTAS
(1) Abel Sardiñas, Una democratización necesaria para el socialismo cubano. Editado en La Habana, 26 de julio 1990, autorizado por el Comité Central del Partido Comunista Cubano
(2) Prida, conversaciones con el autor
(3) Masseti, op cit
(4) Georgie Anne Geyer, El Patriarca de las Guerrillas, La historia oculta de Fidel Castro. Kosmos Editorial S.A. Panamá-México, 1991
(5) Sociedad Civil, control social y estructura del poder en Cuba, documento Internet 15, 01,05
(6) Citado por Carlos Raúl Hernández y Jean Maninat, Cuba-Nicaragua. Expectativas y Frustraciones, editorial ADAME, 1984
(7) Masetti, op Cit
(8) Op cit
-II-
¿SUCESION O TRANSICION?
Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse al juego de gallos y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no sólo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro
Norberto Fuentes
Héctor Pérez Marcano, antiguo comandante guerrillero en el Estado Miranda de Venezuela e integrante del grupo de audaces que partiendo de la provincia cubana de Oriente realizó el desembarco de 1967 en la playa de Machurucuto (Estado Miranda), nos ofrece un testimonio inapreciable. Cree que Raúl ha sido un buen ministro y un competente militar pero fue paulatinamente separado de las situaciones de contacto:
“Al líder cubano que no traté –se apresura a decir- fue a Raúl. No pasamos de un saludo en alguna recepción. Introvertido y mal estudiante, sí, sin duda lo fue. Pero no siempre. Sabía cultivar relaciones amistosas y tenía mejor sentido de humor que su hermano. Se mostraba poco en público mientras estuve en Cuba. Fidel nos hizo varias visitas cuando nos entrenábamos para lo de Machurucuto, generalmente acompañado de otros dirigentes, nunca venía Raúl. Tengo la impresión de que en ese entonces –en cuanto a ese tipo de operaciones- lo tenían departamentalizado”
Es una opinión muy importante que reflejaría la escasa participación de Raúl, pese a ser el Ministro de las Fuerzas Armadas, en las expediciones militares de Cuba en América Latina, África y Medio Oriente. Lo tenían departamentalizado ha dicho Pérez Marcano usando un vocablo de la jerga revolucionaria de entonces a tenor del cual se relega suavemente a alguien de una tarea específica sin malograr su peso en el poder, su jerarquía militar y política, sus privilegios y la resonancia de su nombre. ¿Pero quiénes podían atreverse a relegar a Raúl en fecha tan crucial como 1987? En esos años, lo ponía ocasionalmente a un lado el para entonces llamado Departamento América de Manuel Piñeiro. Ya se ha consignado que Barba Roja no dependía únicamente de los titulares de Minfar y Minint. Parte de su autoridad provenía de la cumbre incompartida. Para algunas situaciones y por disposición de Fidel, derivaba su autoridad del caudillo mismo. A Fidel presentaba cuentas probablemente sin dejar copias
¿Por qué se excluía a Raúl?
“Porque era prosoviético”, asegura Pérez Marcano.
Cierto, ya se ha dicho que había igualmente una infundada desconfianza en su idoneidad para operaciones arriesgadas y sin embargo, perfectamente claro estaba que no era esa la causa de la departamentalización que se habían acostumbrado a imponerle en ciertas actividades, siempre con el respaldo expreso o tácito de Fidel. Si se analiza con serenidad el problema se descubre que el argumento de la supuesta falta de aptitud de Raúl para participar en actos de la naturaleza indicada, además de ser calumnioso y falso, encubría lo esencial. Héctor Pérez Marcano arroja luz sobre tan insólito proceder. Nos proporciona un argumento valioso, fruto de su experiencia personal: la posición pro soviética de Raúl –dice- era entonces la causa determinante del relegamiento. Como advierte Pérez Marcano, Fidel procedía impulsado por cálculos realistas. Le convenía alinearse con Moscú no tanto por identidades políticas o ideológicas como era el caso de Raúl, sino porque de otro modo podía ser devorado por el león norteamericano, al que todos los días le jalaba el bigote. Al logro de semejante objetivo se dispondrá a incurrir en condenables decisiones, cuando se percató de la inanidad de la estrategia guerrillera, después del fracaso del Che Guevara en Ñancahasu. En 1968, dos años después del desembarco de Machurucuto, respaldará con fuerza y sin vacilaciones la miserable ocupación de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia. Quería la protección de la otra superpotencia y para lograrla estaba preparado a hacer lo que fuera necesario. El caso es que dos años antes, en el 1966 de los desembarcos encubiertos, su margen de maniobra era un poco mayor. Todavía podía asar dos conejos al mismo tiempo: se las ingeniaba para alinearse con la URSS y al propio tiempo y hasta donde pudiera, mantener manos libres en Latinoamérica a fin de impulsar la lucha guerrillera.
Por cierto, en aquella atmósfera de activismo enfebrecido y decisiones de vida o muerte, Pérez Marcano, Moleiro, Ortiz y Silva, los cuatro venezolanos de la operación Machurucuto, tampoco dependieron del Ministro de las FAR. La mecánica fue siempre la misma: Debían soportar que fuera Fidel quien les impartiera órdenes y chequeara. Era a Fidel a quien mantenían informado.
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Cuba
La República de Cuba es de data relativamente reciente. Ultima de las colonias hispanas en conquistar su independencia, se dio su primera Constitución en 1901 y eligió en 1902, conforme a ella, su primer presidente. Casi todos los países iberoamericanos se independizaron jurídicamente antes de los años 1820 y militarmente antes de los años 30. Quisiera subrayar que en mi modesta opinión, pese al enorme y brillante desempeño de los mambises, nunca se sabrá con claridad si el ejército libertador de Martí, Gómez y Maceo estaba destinado a vencer a los 200 mil soldados españoles que luchaban en la isla o a perder por tercera vez la guerra de independencia. Eso deja en pie la cuestión cardinal de cuál fuera el verdadero valor histórico de la presencia militar y política de EEUU en Cuba.
Por la forma como tal circunstancia había marcado la política y los partidos de Cuba en los primeros sesenta años de vida independiente, nos detuvimos en la impronta dejada por ellos en la historia posterior, después de ser aniquilados por la degollina fidelista. En la parte referida al postfidelismo se ha incluido el análisis de algunas cuestiones relacionadas con el ejército de la revolución cubana porque, siendo el dispositivo armado el espinazo del sistema fidelista, será en principio su dinámica la principal determinante de lo que ocurra en Cuba cuando sobrevenga el inevitable relevo. Haré ahora algunas consideraciones sobre la militarización conectada con el inquietante tópico de la sucesión presidencial. Todo eso servirá según creo para avizorar lo que podría ocurrir en Cuba y por extensión en el hemisferio cuando se produzca la esperada desaparición física del inconmovible caudillo. No obstante, los constituyentes revolucionarios de Cuba creyeron vanamente resolverlo en 1992 cuando incorporaron en el artículo 94 de la Constitución de la República de Cuba un texto simple, claro y tajante:
“En caso de ausencia, enfermedad o muerte del Presidente del Consejo de Estado, el Vicepresidente primero le sustituye en sus funciones”
Huelga recordar que el vicepresidente primero es Raúl Castro, el segundo es Carlos Lage y por lo tanto este dispositivo obra en la práctica como el de una monarquía hereditaria. A tenor de la norma el poder quedaría en el seno de la familia Castro. De esa manera el inquieto núcleo dirigente de la revolución cubana se propuso serenar a los inquietos y proscribir para siempre cualquier posible lucha por el poder. Pero de 1992 a 2006 ha corrido mucha agua bajo los puentes, agua –digamos- cenagosa y de allí que el asunto de la sucesión se ha vuelto a complicar.
Dudas viejas y dudas nuevas
En el actual liderazgo político del partido y el gobierno castristas no se vislumbra una figura sobresaliente, no digamos para rellenar el profundo cisma que dejaría la ausencia de Fidel, sino para lograr pacíficamente la reagrupación de los miedos y los intereses. Fidel no dejó nunca que se levantaran del suelo las figuras susceptibles de discutirle la dirección. ¿Es Raúl el hombre perfecto para la sucesión, tal como afirman Norberto Fuentes y otros? ¿Es la excepción en el desierto direccional creado por el celo implacable de Fidel? Es cierto que Raúl ha conservado y, con el tiempo, ampliado su espacio pero al precio de una eterna sumisión de la cual deriva su imagen desangelada, triste y misteriosa. Es en primer término un asunto de temperamento tal como se percibe con mucha claridad, pero también lo es de exposición pública. La experiencia revolucionaria en general y la de Cuba en particular dan amplia cuenta de la inexorable aniquilación de aquellos que, queriéndolo o no, atrajeron la curiosidad del público. Al contrastar las afinidades y desencuentros entre los dos hermanos comentamos con algún detenimiento la percepción que se tiene acerca del primer elegido por Fidel en relación con la compleja tarea que le espera. No es poca cosa: resguardar las realizaciones de casi cinco décadas en condiciones internas e internacionales desfavorables. Las dudas del máximo líder en esta particular cuestión asustan sus noches. Esas dudas pueden ser explícitas o no serlo. El 23 de junio de 2001, cuando pronunciaba un enérgico discurso ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba exigiendo la liberación de cinco cubanos detenidos y juzgados en el Estado de Florida bajo el cargo de espionaje, Fidel estuvo a punto de desplomarse, víctima de un alarmante vahído El desvanecimiento de Castro –oficialmente presentado como una ligera fatiga- produjo una conmoción nacional y mundial. Una ola de rumores sacudió la Isla al tiempo que se intensificaba la soterrada lucha por el poder. Para salirle al paso y conciente de la proximidad del desenlace y de las turbulencias despertadas por el delicado tópico de la sucesión, zanjó un asunto no resuelto del todo en su ánimo y proclamó a Raúl. Lo hizo al sentir que la muerte le estaba ganando la partida. En ese instante prefirió guardarse las reservas que le suscitaba su hermano, las que se intensificaron -con una connotación más grave- en el 2005. Para no dejar la brasa encendida, cortó por la sano en aquella ocasión, probablemente pensando que pese a todo era la menos mala de las opciones. Antes que dejar una incógnita tras su partida, se pronunció como lo hizo.
“Realmente después de mi –exclamó- Raúl es el que tiene más experiencia y conocimiento. Quizá no se le conozca bien. Yo lo conozco bien no sólo por razones familiares sino por la guerra, por su diario, por sus detalles, su meticulosidad, su honradez”
En aquel momento su intención era clara: quería adelantarse a posibles resistencias contra quien ocuparía el solio presidencial. ¿Acaso la eventualidad no había sido resuelta normativamente por el articulo 94 de la Constitución? Si así llegó a creerse, el desengaño no tardaría en manifestarse porque muy pronto reaparecieron las dudas. Pero en la angustiosa tarde de febrero del 2001 sonó cruelmente contradictorio el fantástico argumento que para despejarlas esgrimió Fidel ¿Posiblemente no se le conozca? ¿De modo que Raúl no se había hecho conocer ampliamente en más de cuatro décadas al frente de las FAR? ¿No había significado nada la gran visibilidad suministrada por su condición de vicepresidente del Consejo de Estado, segundo secretario del partido y miembro por mérito propio del panteón heroico de la revolución? Contra lo imaginado por su autor la frase, en realidad, fue muy reveladora de su estado de ánimo, perturbado por temores acerca de la real aptitud de Raúl para la compleja tarea de imponer liderazgo sobre sus desconfiados y sibilinos rivales. En realidad Fidel desconfiaba. ¿Está realmente capacitado aquel a quienes sus amigos llaman el cuate, para proteger su herencia y salvar su nombre de la ignominia? Sentía una duda caliente sobre el futuro que le esperaba a su revolución. Le habían robado el sueño la insólita catástrofe del aparentemente inexpugnable sistema del este europeo y el fracaso de casi todos los engranajes sucesorales en los países socialistas ¿Podría su hermano contener la erupción volcánica de las pasiones? ¿La onda furiosa que se llevó por delante a Ceausescu o Eric Hoeneker no se llevaría también a Raúl? Estas dudas fueron bruscamente interrumpidas por la sensación de que su hálito podría apagarse en cualquier momento. Pensando que lo urgente era tranquilizar a todos y predicar un postfidelismo tranquilo y armónico, dijo lo que debía decir.
Atrevido en sus decisiones, el ahora visiblemente vulnerable líder siguió adelante, no sin aclarar que se sentía mejor que nunca.
“Si de repente sufriera un infarto, un derrame, una muerte súbita, digamos, o choco o aquella gente usa un rayo láser o ultravioleta o no sé de qué cosa y me ponen a dormir para toda la eternidad, ¿entonces quién es la persona con más autoridad y más experiencia?: Raúl”
Asombra tal suma de incoherencias contenidas en tan pocas palabras. Asombra precisamente porque Fidel Castro no suele equivocarse mucho en sus frecuentes apariciones públicas. Una de sus fortalezas es la capacidad de mantenerse sereno y lúcido en la respuesta cuando es cogido en falta grave. Más aún, esa presencia de ánimo le ha permitido tomar medidas rápidas y tajantes antes de que sus enemigos se aprovechen. Implacable y extremadamente confiado en su propia destreza, pudo soltarse el lazo por los crecientes testimonios que lo involucraban en el narcotráfico y colocarlo en el cuello de elevadas figuras de su régimen. Pagarían ellas para que Fidel no fuera contaminado.
No pudo haber resultado agradable la entrada y salida de tan desafortunado discurso. De modo explícito sostenía el caudillo que no había nadie en Cuba con más conocimiento ni experiencia que él, lo cual es una muestra imperdonable de chocante autosuficiencia. No obstante, si su figura era lo suficientemente reconocida como para que se le perdonaran este excesivo auto bombos, lo siguiente no podía caer nada bien en el quebrado panorama interno de la revolución. Como Fidel, ninguno, proclamaba de sí mismo. Y después de Fidel, nadie podía disputarle a Raúl la primacía en el conocimiento y en la experiencia. Por lo visto era una familia superdotada, como lo fueran Kim Il Sung y Kim Jon Il en Corea del norte o Papa doc y Babe doc en Haití. Los críticos y rivales de Raúl debieron molestarse secretamente con Fidel. Y los que injustamente se mofaban de las cualidades guerreras del Ministro de las FAR, o de sus limitadas lecturas o de su precaria formación en todo lo que no fuera la guerra, debieron sentirse ofendidos. Obviamente, no son pocos los que examinando la variedad y complejidad de los asuntos que caerán sobre el sucesor, temen que no pueda con ellos. No se trata entonces de que no lo conozcan, sino de que lo conocen muy bien y por eso no sienten natural y confiable su eventual mandato. Acostumbrados al estilo de Fidel no imaginan otro. Cinco décadas dominando sus vidas dejan su impronta.
La sombra de la muerte reapareció con otra aparatosa caída en el 2004. Su rodilla quedó fracturada y su ánimo seguramente también. Un año después de este último accidente, en un interesante discurso pronunciado por Fidel Castro en la universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005, sus recrecidas dudas se manifestaron, pero ahora por omisión y en un sentido más profundo y peligroso. Si en 2001, como se ha dicho, Fidel se expresaba con firmeza rayana en la arrogancia, en su discurso de 2005, por el contrario, se mostró vacilante y torpe. Queriendo de nuevo ocultar el trasfondo de la lucha por la sucesión, la puso más bien de manifiesto; en forma vibrante, además. Si las reservas que flotaban en el discurso del 2001 eran de factura más bien práctica, las vertidas en la universidad cuatro años después envolvían complicados asuntos ideológicos que afectaban marcadamente el destino de la revolución. Allí, parado frente a los universitarios congregados en el histórico recinto, dejó entrever un panorama desolador del futuro del socialismo una vez que a él le tocara desaparecer del escenario. Fidel, tan dado a trastocar la verdad, fue esta vez diáfano. Y sin embargo, no mencionó para nada a Raúl como la clara y natural solución para el caso de que a él le tocara desaparecer. Y al no hacerlo, reveló paladinamente que la fórmula le gustaba cada vez menos. Las aprensiones manifestadas en el 2001 guardaban un punto de celo y arrogancia. Si por ellas fuera, sería mejor tomar este juicio como una ligereza del líder máximo porque en realidad Raúl ha sido el más eficaz de los ministros y el más longevo de los titulares de la defensa en cualquier país del mundo desde que surgieron los ejércitos permanentes como institución armada. A lo largo de sus muchos años en el ejercicio del cargo, el dispositivo militar cubano llegó a ser uno de los dos más poderosos entre los países pequeños del planeta. El otro –huelga decirlo- es el afilado ejército israelí (1)
En algunos personajes del poder la aprensión contra el sucesor oficioso no tiene que ver con su competencia, que aparentemente está fuera de dudas, sino más bien con el hecho de si será capaz de preservar la continuidad del sistema. En otros parece haberse exacerbado la simple aspiración de tomar el poder en lugar de Raúl. Se ha dejado correr que el hermano menor no tiene vocación para el mando, no luchará encarnizadamente por él y buscará la manera de disfrutar sus últimos años en un plácido retiro junto a su familia, a la que, a diferencia de Fidel, se siente muy unido. Este aspecto cardinal, la voluntad o el deseo profundo de mandar, tan evidente en Fidel no es muy ostensible en Raúl. Y una cosa es cierta: en política quien no quiere algo, difícilmente lo obtendrá así las circunstancias lo favorezcan (*)
Tomando nota de la renuencia de Fidel, Raúl declaró a mediados de junio
(*) A fines de la década de los 1980 la posición de la URSS sufrió un cambio radical y así se lo comunicó expresamente al régimen fidelista. Ya no podía defender a Cuba de un ataque norteamericano ni mantener la ruinosa ayuda económica, sin poner el riesgo su propia suerte. Como lo saben hasta las piedras: era demasiado tarde.
de 2006 que el único sucesor digno de su hermano es el Partido Comunista.
Aceptaba así que ya no se le nombrara como el indiscutido relevo, pero colocaba en su lugar al partido como un todo. Una declaración hábil y prudente, no cabe duda. Con este calculado pronunciamiento lograba mostrarse humilde, denotaba una propensión a la acción colectiva antes que a la individual –sugiriendo de este modo que nadie corre peligro porque él no tiene madera de caudillo- y no perdía mucho en la jugada puesto que su predominio personal en
el ejército y el partido es muy consistente y lo será más aún cuando Fidel no esté presente.
Una franja del liderazgo militar y civil ha decidido deslizarse hacia una cómoda distancia de estos comprometedores juegos de sombra, a la espera de la orientación de los vientos. La precaria popularidad de Raúl no deja de levantar suspicacias y temores, muy a pesar del valor de su histórico nombre, de su fuerza real en las FAR, en el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, el Buró Político y el Comité Central; de su probada capacidad organizativa y su habilidad para construir entornos leales. Y sin embargo, no pueden evitar que subsistan los temores. En momentos de crisis –lo saben con certeza- un fuerte discurso de Fidel será siempre un eficaz sedante…. ¿Pero Raúl? En este punto cabe preguntarse si en el fondo de su alma Fidel ya ha descartado a Raúl. Es difícil creerlo. Bajo las presiones a las que está sometido es improbable que haya llegado a una determinación tajante. Fidel, lo acabamos de ver al repasar su discurso del 17 de noviembre 2005, no parece confiar demasiado en la posibilidad de que Raúl evite la destrucción de su legado revolucionario pero mira a un lado y otro y no encuentra un outsider que le satisfaga.
Resulta conveniente insistir en las dos razones que alimentan sin cesar sus aprensiones: la primera, la propensión de su hermano a las aperturas de mercado tanto en lo internacional como en lo interno; la segunda, la escasa popularidad de Raúl, su pregonada carencia de carisma. Pensando en los momentos en que un discurso y una acción enérgica le permitieron afrontar con relativo éxito situaciones sumamente riesgosas, no puede imaginarse a Raúl haciendo lo mismo. La impopularidad del ministro de las FAR deriva de su reputación de duro y estricto, a la que el propio Fidel contribuyó por motivos nada santos. Pero en la actualidad las inquietudes del caudillo tienen una base mucho más seria. Ya no es un asunto de aptitudes personales sino de orientaciones ideológicas que a juicio del líder máximo quizá acaben hundiendo el socialismo cubano. Debido a su antiguo prosovietismo, en otro tiempo Raúl todavía podía ser suavemente departamentalizado... Ahora, como se verá, es
más difícil (*)
La principal potencia comunista discrepaba pero en el escrutinio del más y del menos, comprendió que por las diferencias que lo separaban de Castro en relación con la estrategia de lucha armada en esta región, no podía sacrificar su avanzada geopolítica en el Nuevo Mundo. Por eso, a mediados de los años 1960 ambas partes decidieron convivir con sus diferencias y seguir siendo los
(*) Desde la adolescencia, los problemas que estallaban entre estos hermanos debieron ser siempre zanjados fuertemente por Fidel ante un Raúl silencioso. Silencio no necesariamente equivalente a aceptación
mejores amigos del mundo. Al fin y al cabo hasta las mejores parejas tienen problemas y generalmente no rompen por ese tipo de motivos, aunque abunden
las excepciones. Pero el prosovietismo de Raúl iba más lejos que todo eso: trascendía la esfera de lo pragmático y siguió en esa tónica por un tiempo, hasta que la potencia roja se desmoronó. No por casualidad en el Despacho del Ministro de la Defensa una hilera de retratos de oficiales soviéticos cubre o cubría las paredes. Se trata de todos los que ayudaron a Raúl o trabajaron e intimaron con él.
En otro momento importante, el del surgimiento de la perestroika, los dos
hermanos volvieron a tener problemas. La nueva estrategia de Moscú planteaba un viraje demasiado considerable para ser seguido por las naciones satélites sin descomponerse internamente, como en efecto ocurrió. Fidel, entonces más vigoroso y siempre vigilante, intentó erradicar lo que consideró un virus asesino.
Lo logró en buena parte, cuando menos en los aspectos visibles, pagando el precio de costosas depuraciones. En el marco de su inclinación ideológica orientada a Moscú, el Ministro de las FAR adhirió con esperanza a la nueva luz emanada de la URSS, aunque las circunstancias posteriores lo hicieran retroceder. Aparentemente con más fuerza propia, vuelve a aferrarse en la actualidad a una política no muy alejada de esa, pero ya no está solo y por añadidura Fidel se acerca a su fin. Tal vez una mayoría de los dirigentes ha ido llegando a conclusiones similares pero no será en vida del caudillo cuando se atrevan a expresarlas. Tampoco lo hace Raúl, sólo que dada su prominencia en la sociedad cubana ciertos matices imperceptibles en otros de rango inferior, son en su caso más visibles.
En pleno auge de la lucha guerrillera fomentada por Fidel en Latinoamérica durante los años 60, el hoy poderoso ministro de las FAR podía ser apartado discretamente de las decisiones militares que -siguiendo a los comunistas de la URSS- no compartía. Ahora nadie podría hacerlo, más al desvanecerse “físicamente” las aventuras militares fidelistas que parecían molestarlo. Tampoco existe el campo soviético y por ende ha desaparecido igualmente la relación de amor crítico con Moscú. Fidel se acerca al final de sus días y Raúl –no muy distante tampoco- ha acumulado recursos de poder. ¿Será posible apartarlo del camino? Hasta el presente nadie había dudado del recio respaldo que le ofrecía Fidel. Por eso, el aparente cuan extraño viraje del 17 de diciembre 2005 debe haber estremecido a muchas de las buenas conciencias del socialismo cubano y mundial.
¿Quiénes son los nuevos reformistas?
Si la esencia de las subyacentes discrepancias ideológicas tenía relación con la política soviética de coexistencia pacífica con EEUU, las que se agitan ahora en la extraña del fidelismo aluden a la apertura y liberalización económica y a la adopción de una posición internacional menos conflictiva. Dogmáticos son los que pretenden congelar el fidelismo aun sin Fidel. Reformistas los que tienden a una superación del viejo y agotado régimen.
Que el problema se haya trasladado desde la simple subjetividad alusiva a las condiciones personales de Raúl, hasta esta soterrada lucha entre reformistas y dogmáticos nos da una pequeña luz, una hoja de ruta digamos, para entender no sólo el por qué del discurso del 17 de noviembre, sino el para qué, el desenlace, lo que podemos esperar de una crisis en la cumbre del totalitarismo. No estamos en la penumbra. La historia ha dictado su veredicto. En el melancólico regreso de China y Vietnam al capitalismo se prefigura el futuro de Cuba. Pero por el momento no es seguro aunque sea probable que, conforme a las tradiciones latinoamericanas y de la propia Cuba, se trate también de un retorno a la democracia.
La lucha es escondida. No se asume como tal ni mucho menos acepta
nadie que se le acuñe el epíteto infamante de neoliberal. Pero no por eso puede desconocerse la realidad. La verdad puede apreciarse en los hechos, como querían los antiguos positivistas. Más tarde llegará la hora de las admisiones, cosa que en vida de Fidel resulta traumático y hasta peligroso. Hablando en términos objetivos, probablemente se puede visualizar que la tendencia reformista esté siendo encabezada por el ortodoxo marxista Raúl Castro y la dogmática por el ambiguo heterodoxo Fidel Castro. La muerte del marxismo es un hecho. Sus definiciones sólo sirven como lemas, ornamento o distintivos sin sustancia. Raúl podrá ser –y sentir que lo es- más comunista que Fidel. ¿Qué puede significar eso en la actualidad cubana? Apenas un barniz del pasado. En los aspectos puramente formales el militante comunista clásico era puntual, severo, disciplinado. Raúl indudablemente conserva esas cualidades, que le dan reputación de ortodoxo en el partido. Mas en la realidad viva pudiera estar sufriendo la impresionante metamorfosis brillantemente sobrellevada por Den Xiaoping y los líderes chinos del postmaoísmo. Comunista de fachada, capitalista de esencia. Definición por cierto que en aquellos no envuelve un compromiso de apertura democrática. En el epílogo de esta obra se analiza si por el contrario en el caso de los líderes cubanos la democracia podrá ser segregada de la liberación del mercado y la apertura de la economía.
Sincera o marrulleramente Raúl encabezó en el 2004 una campaña contra la corrupción y el liberalismo. En Cuba se admitía que la expansión del turismo, si bien principal instrumento para llevar agua al desierto de la tesorería, estaba minando la disciplina del partido, desatando la ansiedad del dinero y de la aplicación de métodos inmorales para satisfacerla. El problema tocaba muy de cerca al Ministro de las FAR porque el área del turismo ha estado bajo su responsabilidad no sólo a través de la empresa Gaviota y otras del complejo Gaesa, sino del propio ministerio del turismo, cuyo titular es un segundo yerno del hermano menor. Pero mientras más razones podía haber para que sus presuntos rivales lo atacaran, más duro y firme se mostró contra la pandemia. Anunció incluso expulsiones. No faltó quien viera en esta campaña una maniobra del ministro de las FAR para asegurarse la sucesión.
“Raúl fue categórico cuando dijo que la revolución se ve amenazada no sólo por EEUU sino también por la corrupción y las actitudes liberales que dan espacio para que crezca” (2)
En sentido similar se pronunció el miembro del Buró Político José Ramón Ventura Machado, viejo socio del hermano menor desde la época heroica del miniestado guerrillero de oriente, en el que ejerció el “ministerio” de sanidad:
“Según una trascripción parcial de otra reunión de miembros del Partido Comunista en la provincia de Matanzas, Ventura Machado advirtió que Cuba no sólo estaba copiando la técnica de gestión capitalista, sino que también sus métodos y estilo… Machado, que se cree es la mano derecha de Raúl Castro, criticó a aquellos que se convirtieron ellos mismos en capitalistas. En la reunión de Matanzas se dijo que el liberalismo, la falta de control y la tolerancia están afectando al país entero” (sub. el autor) (3)
Al explanar sus miedos, como lo hizo en el indicado discurso de noviembre del año pasado, Fidel enfatizó el peligro de una nueva perestroika cubana que se llevaría al diablo el esfuerzo de cinco décadas. Pocos días después, su fiel mensajero Felipe Pérez Roque volvió a lo mismo. Dibujaron un oscuro horizonte. ¡El capitalismo podía regresar a Cuba! Si estas insólitas reflexiones públicas hubieran sido las únicas, podrían haberse tomado como celo excesivo de un anciano preocupado de evitar la más pequeña mancha en su legado revolucionario. Pero el discurso de Pérez Roque un mes después no dejó la más mínima duda. Estaba claro para todos que el caudillo había conminado a su canciller a ratificar las preocupaciones que lo embargan. Puede decirse casi con certeza que el objetivo de la alarma de Fidel es Raúl. Su influencia en la economía a través de las FAR se había intensificado, lo que representa un problema serio. Porque parece demostrado que el hermano menor ha sido el músculo de varias medidas de liberalización, entre otras las adoptadas en 1993 tras la catástrofe soviética. El régimen revolucionario buscaba oxígeno y creyó encontrarlo por el camino de la liberación parcial de la economía. Esas medidas fueron de enorme importancia. Insinuaron claramente un viraje de perfil chino. Dos grandes decisiones lo confirman: la creación de los mercados libres campesinos y la libre circulación del dólar. Aunque el efecto de ellas fue positivo porque el agobio de la gente cedió un poco, la pupila inquieta de Fidel detectó el peligro de que el morbo del liberalismo comenzara –al igual que en China- a invadirlo todo. Entonces el caudillo estalló y de un plumazo aniquiló primero los mercados libres y después, animado por los masivos suministros sin contrapartida proporcionados por el gobierno de Chávez, hizo el anuncio triunfal de la abolición de la libre circulación del dólar.
El juego de avances y retrocesos, de dogmáticos versus reformistas ha continuado pero según la periodista colombiana Patricia Lee:
“Tras bambalinas, Raúl ya tiene en sus manos las riendas y controla los principales resortes de la economía y el poder. Su hermano Fidel posa para las fotos, pero el menor ya esta gobernando” (4)
Exagera. Los controles militares de la economía sólo en parte pueden endosarse al activo de Raúl. Fidel sigue al mando. Suponer que un hombre como éste acepte quedar reducido a ser un figurón útil para posar frente a la prensa mientras su hermano gobierna, es desconocer por completo la idiosincrasia del caudillo. Es igualmente ignorar una realidad que escapa al control de Raúl y de cualquier humano normal: la caótica organización de la administración y los sectores económicos paralelos. Es un desorden calculado. Esta colocado ahí precisamente para que un solo personaje lo controle, el mismo que creó el ilegible palimpsesto cubano.
Raúl y las FAR
“Una encuesta llevada a cabo en 1998 y 1999 entre más de 1000 emigrantes cubanos llegados recientemente (A EEUU. Nota mía) reflejó que Raúl Castro era el menos respetado de los doce líderes cubanos de alto nivel que se mencionaban. Sólo el 2% de los encuestados lo citó como una figura nacional respetada, e incluso quedó un punto porcentual por debajo del general
Colomé, su subordinado de confianza que actualmente encabeza el Ministerio del Interior. Esta opinión del Castro más joven está, por lo general, confirmada anecdóticamente por personas que han viajado a la isla, así como por desertores y refugiados” (5) (*)
A pesar de los resultados de las encuestas y de todas las dudas acumuladas, el sentido común sugiere que Raúl Castro será en las primeras de cambio el sucesor lógico de Fidel, si se quiere evitar el estallido de una incontrolable transición. Obviamente, el punto de apoyo y plataforma del ambiguo sucesor no serían los votos, sino las botas. Serian las FAR, cuyo
(*) Andrés Oppenheimer cita al ex embajador mexicano en Cuba, Ricardo Pascoe, quien en su libro, En el Filo, comenta una encuesta, preparada para pulsar el prestigio de los líderes. Al tener conocimiento de las cifras, Fidel Castro descubrió que la mayoría no quería ser gobernada por Raúl Castro. Comenzó entonces, según Pascoe, a depositar más confianza y responsabilidades en Lage, cosa que irritó a Raúl al extremo de burlarse en público del caudillo. A partir de testimonio tan acreditado (en el ejercicio de sus funciones diplomáticas Pascoe intimó con Fidel y demás gobernantes) Oppenheimer se preguntó si el nuevo enfrentamiento sería el de Fidel y Raúl (6)
generalato en principio lo acepta como jefe natural. No es éste un respaldo puramente físico, sino también moral. Las FAR ha sido hasta ahora la institución
más respetada, entre otras cosas porque el ciudadano corriente hasta hace
poco tiempo la había percibido ajena a la represión directa. Esta opinión espontánea no se alejaba mucho de la realidad. Los hechos más notorios relacionados con las FAR fueron sus victorias en escenarios extranjeros, impresionantes varias de ellas, y por supuesto magnificadas por la propaganda oficial. También es verdad que las FAR y las para entonces llamadas Tropas de Milicias Territoriales llevaron el peso de la guerra contra la insurgencia anticastrista que operó en seis provincias de Cuba durante más de un lustro (1960-66) Para reprimir a los osados guerrilleros anticastristas –oficialmente llamados bandidos- el régimen fidelista ordenó a las tropas no detenerse en contemplaciones. La represión fue sanguinaria, con actos que recordaban la ferocidad de la guerra a muerte decretada por Bolívar durante la lucha emancipadora. Los cadáveres de los guerrilleros se exhibían en poblaciones rurales sólo con fines de amedrentamiento. Y no fue asunto de excesos de subalternos. El gobierno promulgó la ley 988 en la que se disponía el fusilamiento in situ de los insurgentes capturados, además de confiscarles sus haberes Nada parecido ocurrió con los movimientos guerrilleros de influencia castrista surgidos contemporáneamente en Latinoamérica (7)
Sin embargo aquellas confrontaciones transcurrieron entre enemigos armados. Los perseguidores también corrían el riesgo de perder la vida, y por lo demás, esa guerra había desaparecido de la memoria de Cuba desde la década de los 70, abrumada por el silencio oficial. En cambio muchos cubanos, por orgullo de gentilicio, seguían con la emoción con que aplaudían las victorias deportivas, la fuertemente pregonada lucha de sus compatriotas en África y el Medio Oriente. En semejantes aventuras, los líderes militares cobraron un prestigio significativo. Sus nombres casi llegaron a ser populares (*). General Arnaldo Ochoa, general Abelardo Colomé Ibarra, general Patricio La Guardia, general Joaquín Quinta Solá, general Leopoldo Cintra Frías, general Arturo López Miera, general Enrique Acevedo González, general Ramón Pardo Guerra, general Víctor Shue Colon. Otros alcanzaron sus galones en actividades diversas, como los generales Orlando Amengual Vidal, Silvano Colón Sánchez, Antonio Enrique Lusson Batlle y Demetrio Montseny Villa, de la edad de Raúl y compañero suyo y de Vilma Espín desde la resistencia contra Batista.
Está fuera de debate que los ciudadanos de la calle, víctimas muchos de ellos del fidelismo, consideran que el corazón de las ejecuciones es el MININT y no las FAR. Los agentes del MININT atropellan seres humanos desarmados. Es por directivas de ese Ministerio que salen a cumplir sus misiones los CDR, los Destacamentos de Respuesta Rápida, los odiados matones de los actos de repudio. A diferencia de otras revoluciones de signo parecido, en Cuba los líderes militares prevalecieron sobre los líderes civiles y tenían más prestigio que ellos. Es cierto que el ejército rojo de la revolución bolchevique alcanzó gran
popularidad en el fuertemente nacionalista pueblo ruso, desde los primeros
(*) “casi”. Fidel es extremadamente celoso y no acepta sombras que opaquen su liderazgo
episodios de la guerra civil contra invasores extranjeros hasta el infierno de Stalingrado en las postrimerías de la 2da Guerra Mundial. Pero en ningún momento el ejército soviético estuvo por sobre el partido y le disputó el poder. El único intento en ese sentido fue el ocurrido durante la perstroika. Gorbachov fue detenido por los militares y Yeltsin se puso al frente del pueblo moscovita con el fin de rescatarlo. La intentona golpista fracasó y se elevaron como la levadura los créditos de los nuevos líderes reformistas de condición civil.
En Cuba el ejército es sin discusión hegemónico frente a un Partido de fuerte fachada burocrática pero más bien escaso de poder efectivo, salvo en alguna medida las estructuras regionales y sectores especializados. Es uno de los signos de la profunda militarización de la sociedad cubana. Quien carezca de sustento en la estructura militar no tendrá ninguna posibilidad frente a Raúl. Los dirigentes civiles más notorios y estimulados por Fidel podrían ser fácilmente barridos si nos guiáramos únicamente por su poder sustantivo, pero como puntos de equilibrio o refuerzo de liderazgos reales pueden jugar un papel destacado en el postfidelismo por poco que dure la jaqueada dictadura sin su seguro timonel. Al fin y al cabo, varios de ellos han adquirido una estimable experiencia en la Administración Publica y la diplomacia. Por supuesto, para que alguno (Lage, Alarcón, Pérez Roque) pudiera atreverse a disputarle a Raúl el vacío dejado por Fidel sería sobre la base de la garantía de sólido apoyo que reciba de cualquier poderosa fracción militar. Mascarón de proa, pues.
Tomemos el caso del vicepresidente Carlos Lage. En los últimos tiempos ha recibido cada vez más responsabilidades por encargo de Fidel. ¿Significa que sea el favorito, según piensan algunos? No tiene fuerza militar ni carisma. Seria tal vez un nombre útil en un gobierno de compromiso. Porque si este personaje es la carta en la manga del caudillo –cosa difícil de creer- no tendrá posibilidades frente a Raúl, salvo que en el postfidelismo se proyectara el fenómeno de las apariencias y realidades del poder. El sucesor real –probablemente Raúl- le conferiría a un civil un cargo presidencial tan nominal como lo fueran los de Manuel Urrutia y Oswaldo Dorticós. De paso, sería esa una forma de burlar la Ley Helms-Burton, que expresamente niega cualquier flexibilización de la política estadounidense si el poder se ejerciera por alguno de los dos hermanos Castro.
Raúl ha cultivado buenas relaciones con muchos oficiales, y ciertamente con casi todos los arriba mencionados. Parece haberse ganado el respeto de una buena parte de ellos, si nos atenemos a las ocasionales declaraciones que estos han dado sobre el Ministro de las FAR. Transcribamos de seguidas fragmentos seleccionados de palabras vertidas acerca de Raúl, su importancia para las FAR y ciertos rasgos de su personalidad, por parte de cuatro generales altamente calificados y muy representativos del sentimiento de las esferas decisivas del ejército cubano. Nos dan una medida de la influencia real del menor de los Castro, que seria indiscutible si no supiéramos que el conocido secreto militar incluye algunas veces el secreto de las verdaderas intenciones de los oficiales con poder.
General de división Ramón Pardo Guerra:
“Raúl me impactó desde el primer momento. Es muy humano. Tiene un carácter fuerte pero justo. Es muy ético, de profundos principios. Puedes franquearte con él sin ningún temor” (8)
General de división Joaquín Quinta Solá:
“Siempre le oí decir a Raúl que esta revolución era para los obreros y campesinos. Es muy critico con el egoísmo y tiene una relación fraternal con los combatientes” (9)
General de división, Abelardo Colomé:
“Raúl ha desempeñado un papel muy importante en el desarrollo de las Fuerzas Armadas y en la educación y formación de sus oficiales, dando el palo cuando hay que darlo y tirando la mano cuando hay que tirarla. Raúl inspira confianza. Es un revolucionario con el que se puede discutir todo tipo de problemas. Es un hombre de paciencia, de mucho detalle, respeta profundamente a la familia y, sobre todo, busca siempre la manera de ayudar a Fidel” (10)
General de División Raúl Menéndez Tomassevich (fallecido):
“… nació entre Raúl y yo una estrecha amistad. Considero a Raúl como parte de mi familia… Los hermanos te los impone la vida. Los amigos los escoge uno. A él lo quiero más que a un hermano” (11)
He tomado una muestra de generales muy significativos, con mucho poder. En vida lo tuvo Menéndez Tomassevich un verdadero emblema en el medio militar cubano. En las palabras de estos señores se repiten las mismas ideas: Raúl es accesible, se puede discutir cualquier tema con él, y además guarda una relación fraternal con los elementos de tropa y siente genuino afecto por su familia. Cierta o no, esta percepción se ha ido imponiendo. La cercanía de Raúl con la elite militar de Cuba debería convertirlo en garantía de permanencia en el mando y el privilegio, habida cuenta de que la salida de Fidel seguramente desatará una lucha por el poder de la cual todo puede esperarse. A Raúl lo tienen cerca, se han acostumbrado a plantearle problemas y a escuchar sus respuestas. Si apareciera otro en el solio presidencial una inquietante sombra cubriría el ambiente. ¿Habrá un nuevo reparto de liderazgos y subliderazgos tanto civiles como militares? Con Raúl –pensarán- ya el barajo se dio y los beneficia a ellos, los militares encumbrados.
Otra cosa, por supuesto, es lo que ocurre con los niveles de mando inferiores, a los que el hermano menor no llega ni puede físicamente llegar.
¿La sed de poder?: victimario y victima
Pero esos rasgos -que lo diferencian de Fidel- no necesariamente trabajan en forma especialmente útil para él. El caudillo no es accesible, tiene relaciones utilitarias con sus hombres y es frío y desapegado en asuntos familiares. Precisamente por ser más humano, Raúl no puede extender mucho la cobertura de su influencia. No tiene tiempo de ser accesible para todos, no puede discutir los asuntos ni ser fraternal con la mayoría de sus hombres. El prestigio de Fidel es distinto. Tiene una sustancia mítica, de naturaleza casi divina y por eso no necesita el contacto material. Más bien es lo contrario: los dioses se destiñen si no conservan un reverencial alejamiento.
La ambivalencia de Raúl en relación con el poder absoluto se manifiesta en esos sentimientos encontrados que lo llevan a desear y no desear un mando solitario como el que recaería sobre su espalda. Quiere y no quiere. No es un detalle intrascendente. Una vacilación en el momento culminante puede provocar consecuencias desgarradoras. No es un caso único en la historia de las autocracias cubanas. Por ejemplo, en lo relacionado con el deseo de poder puede descubrirse un curioso paralelismo entre Raúl Castro y Fulgencio Batista. Aparentemente Batista fue un obseso del poder pero en ocasiones decisivas dio demostraciones de lo contrario. Por eso cuando debió entregarse a la defensa de su presidencia frente a la ofensiva de las guerrillas fidelistas prefirió huir dejando en el abandono a sus desconcertados seguidores. Sus antecedentes nos hablan de un hombre que alcanzó las máximas posiciones por la vía de astutas maniobras y sin mucho sacrificio personal. Algunos aseguran que no quería dar el golpe del 10 de marzo de 1952. Era senador, no se inclinaba plenamente a abandonar su vida cómoda y confortable y gozaba de algún prestigio popular y de cierta respetabilidad. La intrépida idea del golpe de estado contra Prío no partió de él sino de dos de sus seguidores más firmes: Lutgardo Martín Pérez y Salas Cañizares. Acusados ante los tribunales por Fidel Castro corrían el riesgo de ser sentenciados a 30 años. Sintiéndose alevosamente atropellados, cogieron prácticamente a Batista por el saco y lo obligaron a dar el golpe contra el presidente Prío. Para justificar ex post su conducta, Batista se valió de un argumento impropio de su habilidad. Prío –dijo- quería perpetuarse en el poder.
Algunas veces, por supuesto no siempre, lo “humano” es incompatible con el poder, cuando menos con el poder absoluto. Este suele ser despiadado.
Es un argumento construido sobre la idea de que el poder es en sí un recurso de salvación histórica de los pueblos siempre que se ejerza por gente sin debilidades ni afectos condicionantes. Pareciera que el modelo más exacto de gobernante totalitario debería ser –sólo para referirnos a los lideres emblemáticos de la 2da Guerra Mundial- implacable como Stalin y no humano y normal como Roosevelt, despiadado como Hitler y no con sentido amable del humor como Churchill. De ahí se sigue que en sistemas basados en la democracia, el pluralismo y la tolerancia, sus gobernantes en principio pudieran ser más humanos y menos apegados al poder eterno, que los dictadores totalitarios. La conclusión que puede extraerse es obvia: si a tenor de algunas de las declaraciones arriba citadas se confirmara que Raúl es más humano, menos carismático, más familiar y más accesible que Fidel, probablemente no se sentirá a gusto obligándose a violentar su idiosincrasia lúdica y sus añoranzas juveniles forzado por las implacables reglas de la lucha por la dirección
¿Quiere tener Raúl un poder incompartido y totalitario como el de Fidel?
Lo más seguro es que crea en la conveniencia de preservar y hasta profundizar el engranaje totalitario. Sus dudas podrían comenzar con su propia candidatura a tan exigente cargo. ¿No habrá otro que, desaparecido el caudillo, asuma una responsabilidad que el hermano menor siente muy complicada? Lo trágico probablemente es que si hubiera tal candidato, Raúl lo confrontaría hasta derrotarlo, y si no, habrá sentido en noches de insomnio la necesidad de inventarlo con el fin de librarse de la ominosa carga de un poder tan vasto y anormal. Es un drama existencial del que pocos se han percatado.
En los testimonios arriba mencionados se percibe en Raúl un afecto, una inclinación familiar, ausentes por completo en Fidel. Se pueden todavía esculcar otras declaraciones de procedencias muy diferentes pero coincidentes en el reconocimiento de esos rasgos. Alina Fernández, por ejemplo, asegura que su tío Raúl era más afectuoso y preocupado por ella que su distante padre y eso era igualmente válido para Fidelito, el hijo mayor de Fidel, ingeniero nuclear aparentemente protegido por Raúl (12)
Norberto Fuentes, por un tiempo del círculo íntimo de Raúl, nos da esta interesante semblanza:
“Por otro lado –cuando no lleva atuendo militar con sus charreteras de cuatro estrellas de general del ejercito- sabe vestir sin ostentación pero con suma elegancia (…) Este es, pues, el hombre de presencia ligera y dado a las bromas y a disfrutar de las largas veladas que propicia la gracia de ser un buen
bebedor, muy de acuerdo a su estilo bolchevique (…) Y es melancólico, por lo menos hay espacio en su alma para estas extrañas navegaciones del ser (…) La añoranza, la nostalgia de aquellos pocos días (de su juventud en Paris) todavía lo apresaban. Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse al juego de gallos y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no sólo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro” (13)
En la encuesta a emigrados recientes de Cuba, elaborada por el profesor Juan Clark, aparecen testimonios que luego de exponer el horror en que se ha hundido la revolución cubana y el absurdo privilegio de los dirigentes, matizan un poco cuando mencionan a Raúl. Sin duda vive en la opulencia, tiene viviendas, cotos de caza, finca, por lo menos un buen y ya célebre yate y no obstante es más moderado, familiar y relativamente frugal que la mayoría de los comandantes y líderes del régimen.
“Raúl es más moderado que Fidel en eso de los privilegios. Raúl, por ejemplo, es un hombre con todos los defectos esos que usted sabe en el orden político pero en el orden personal ama a sus hijos, ama a sus hermanos, a sus hermanas. El es una persona que sus hermanas siempre tienen la puerta abierta para él. Fidel no es hombre de amar a sus hermanos ni a nadie. Son dos personas totalmente diferentes” (14)
Piensan algunos que por carecer de las ventajas asociadas con el carisma, si Raúl se propusiera alcanzar la cumbre no vacilaría en llevar el acoso y la represión todavía más lejos que Fidel. El caudillo dispone de varias cartas para fundar su sistema absoluto, Raúl de una sola, la que tiene en la mano: las armas.
“Es un hecho –continúa Fuentes- que Raúl podrá moverse represivamente con mucha más facilidad que Fidel porque es mucho más ideologizado, quiero decir, mucho más adscrito al comunismo. Y puede decir junto a Stalin que no está en el poder para pasar a la historia sino para ser el perro cancerbero de las conquistas del socialismo” (sub Fuentes) (15)
Es ésta una legítima especulación. La aceptaríamos sin problemas si olvidáramos lo más importante: las condiciones concretas bajo las cuales se iniciará el postfidelismo. Frente al hecho biológico inevitable, los militares y la dirección del partido, unidos por sus miedos y más allá de sus diferencias, podrían tal vez compactarse alrededor de Raúl. En ese caso es factible que éste se vea impelido a consolidar su indecisa posición aplicando mano dura para contener cualquier eventual reacción popular o militar y purgar los pasillos interiores del Estado, las fuerzas armadas, el partido comunista y los correas de transmisión. ¿Hasta dónde lo llevaría la espiral? ¿Cuántos muertos serían aceptables? ¿Puede Raúl estabilizarse con base en una gestión sanguinaria, en el marco del postfidelismo? Me parece francamente difícil.
Otra sería la situación si en momento tan crítico se hicieran sentir factores tales como el negro horizonte económico, la presión internacional, el activismo del exilio cubano, la débil pero tenaz resistencia civil interna y la desarticulación de la irracional administración construida por Fidel para hacerse de un control incompartido del poder. Las aspiraciones de mando hirviendo en la descentralizada organización militar, las conspiraciones palaciegas y el cansancio o abulia de Raúl; todo eso podría estallar. Es de suponer que si el gobierno del sucesor no practica algún género de apertura política para darle un lugar a tantas fuerzas encontradas tendrá serios problemas de estabilidad que podrían conducir a una lucha por el poder cada vez más intensa y con eventual intervención popular. La sucesión dejaría de serlo para convertirse en transición. Por otra parte, en un momento tan delicado como ese deberíamos preguntarnos cuál será la conducta de las naciones democráticas y cuál la reacción de la potencia norteamericana. La experiencia indica que la orientación represiva de los gobiernos depende de situaciones de hecho que la favorezcan, impidan o moderen, más que de la voluntad de los gobernantes, que por supuesto no puede en ningún momento soslayarse. Mientras más contradictorio se presente el postfidelismo más débil será el gobierno de la sucesión. Si ese termina siendo el cuadro político, podrían producirse desenlaces muy violentos o virajes muy pronunciados. En la imposibilidad de mantener en un puño la compleja realidad cubana, el gobierno sucesor se vería forzado a intentar acuerdos con EEUU, los inversionistas privados (incluso cubanos del exilio) y fuerzas políticas plurales. Entregaría poder a cambio de supervivencia. Tampoco debe descartarse que termine perdiendo los dos. Al fin y al cabo, y aunque comiencen a surgir dudas sobre su conformación actual y anuncios relacionados con su flexibilización, la ley Helms-Burton descarta de entrada a Raúl. Vale insistir en que no es inusual que no pocas veces la realidad termine imponiéndose a la voluntad legislativa.
Progresos de Raúl: la caída de Abrantes y el período especial
Caída de Abrantes
Después de la ejecución del general Arnaldo Ochoa y de la subsiguiente caída de Abrantes, cesó por completo la pugna de competencias entre MININT y MINFAR que alimentaba el descontento en el Ministerio de Abrantes, tenido en aquel entonces por muchos como el verdadero poder de Cuba. Exageraban por supuesto, pero realmente a la sombra de ese Despacho prosperó la inconformidad que llevó a la muerte a Ochoa y sus amigos. Al concentrar en su mano estos ministerios, Raúl Castro llegó a la cumbre de su influencia sobre los factores de poder. El ministro del interior pasó a ser y lo sigue siendo el general raulista Abelardo Colomé Ibarra. Podría decirse que tal acomodo de influencias es la razón por la cual pocos dudan de que desaparecido Fidel sea su hermano quien lo suceda en el cargo, pueda o no retenerlo. ¿Por qué Fidel, siempre tan renuente a permitir liderazgos distintos al suyo, no impidió el avance de su hermano sobre un Despacho (el MININT) que obraba como sutil contrapeso para mantenerlo a raya?
Respuesta posible: el temor del caudillo, incrementado con la vejez, de sufrir un atentado, una rebelión militar, un magnicidio, tras los cuales bajara precipitadamente el telón de la jaqueada revolución cubana. ¿Llegaron Ochoa, La Guardia y Abrantes a jugar con la idea de la conspiración? No lo parece, aún cuando fuera ésta una posibilidad vislumbrada en el horizonte. Jorge Masetti, que conoció muy bien a todos los actores de este drama y tuvo acceso a sus intimidades, escribió:
“En aquel momento se percibía la crisis que se avecinaba y las consecuencias que se están viviendo hoy. Sin embargo, no creo que Ochoa tuviera tiempo de elaborar una reflexión profunda” (16)
Pero Fidel olía el peligro y se adelantaba a cauterizarlo antes de que se concretara. Para cumplir ese propósito recurría y recurre a los actos más demoledores. Sus antenas estaban en todas partes. Dice Masseti:
“Me tocó asistir a una comida en casa del ministro del transporte, Diocles Torralbas, donde se encontraban reunidos Ochoa, Tony y Patricio, y oí hablar de Fidel como de un viejo loco. Sin ninguna duda, la casa estaba llena de
micrófonos” (17)
Si realmente Pepe Abrantes incubaba pensamientos siniestros contra el
caudillo, la misma malla que libraba a éste de cualquier intentona interna o internacional, podía asfixiarlo. Por eso se apoyó en Raúl. Al fin y al cabo, si el precio de erradicar tan considerable peligro era dejar crecer más de lo calculado la fuerza de su hermano, mal que le pese se vio forzado a pagarlo. De todas maneras la lealtad de Raúl era una de las pocas cosas de las que hasta cierto punto se sentía seguro. El problema es que el nuevo terreno alcanzado por el segundo secretario del partido se convirtió en botín. Raúl –sintiéndose a gusto o como creen otros, muy a su pesar- sencillamente estaba incrementando su poder propio y no había manera de devolver las cosas a la situación anterior porque los nuevos funcionarios del raulismo rápidamente se aferraron a los cargos. Los avances del hermano menor no se limitaron a la Administración Publica. El contragolpe desatado contra Ochoa y sus posibles seguidores, llevó a importantes raulistas a puestos fundamentales en el Comité Central y el Buró Político del Partido Comunista. Como los leales de Raúl son por lo general, según se ha dicho, militares destacados, el avance del hermano menor ha corrido parejo con el incremento de la militarización del partido, la sociedad civil y la economía. Fidel ha tenido que empezar a compartir el poder con Raúl.
El periodo especial
Ha sido éste uno de los momentos más trágicos de Cuba y reveladores de la índole del fidelismo. Se ha puesto de manifiesto lo que en todo el mundo se sospechaba: que la revolución cubana no se sostenía sino por el interés geopolítico de otros y al precio de una férrea dictadura que administrara el hambre creciente del pueblo. Alegar que los problemas de la isla se deban al bloqueo norteamericano, es un sorprendente reconocimiento de que sin la tolerancia de EEUU el altisonante fidelismo no puede funcionar. Por otra parte, no hay tal bloqueo. No hay barcos artillados impidiendo el acceso de mercancías a Cuba ni vuelos desplegados para derribar objetivos relacionados con su intercambio comercial. Todo lo que hay es un embargo de bienes norteamericanos, con excepción de productos farmacéuticos y medicinales. Cuba siempre puede comprarle a otros e incluso puede hacerlo en mejores condiciones. Tiene el mercado mundial a su disposición. De modo que si la tragedia obedece a que la potencia imperial se niega –sin discutir si es útil o no esa política- a comerciar con Cuba, entonces la alarmante ineptitud del modelo socialista se pondrá a la vista del fundamentalismo que aun aplaude a Fidel.
En realidad, todo eso hay que tomarlo con algodones. EEUU no puede obtener victorias concluyentes con fórmulas más bien primitivas como la del embargo, precisamente porque el mundo no lo acompaña en su implementación. Cuba no está en crisis porque EEUU no quiera venderle productos, sino porque carece de moneda fuerte para adquirirlos en cualquier otro país del mundo muchas veces en mejores condiciones. La carencia de moneda fuerte es consecuencia de la inviabilidad del modelo castrista y por ende del gravísimo deterioro de su economía, comenzando con su industria bandera: la azucarera. La verdad se hizo muy visible por la caída del imperio soviético, del cual el régimen fidelista dependía totalmente, en medida muy superior a la dependencia que, con respecto a EEUU, han mantenido los estados más pobres del hemisferio. Sin el bloque socialista, Cuba se desplomó. Un agonizante sistema en busca de padrinos es lo que hemos presenciado en los últimos tiempos. Fidel, brillante en el fracaso, intentó forjar alianzas y aperturas con los gobiernos latinoamericanos dirigidos por personalidades fuertes: Omar Torrijos, Carlos Andrés Pérez, Salinas de Gortari, Alberto Fujimori, pero no era mucho lo que podía sacar de eso. La oferta postulada por Chávez y algunos otros de abrir un camino revolucionario por la vía electoral le ha proporcionado mucho más. Pero siempre son dádivas. Las cavidades interiores de la revolución cubana están podridas hasta la médula. El período especial ha sido un vía crucis que ha golpeado el orgullo del arrogante jefe máximo, pero en cambio ha resultado muy útil para Raúl Castro.
No por azar ha dicho el hermano menor:
“Algún día tendremos que hacerle un monumento al período especial” (18)
En lo relacionado con la situación personal de Raúl y la de las FAR en el esquema del poder, nunca palabras fueron más justificadas que esas. Porque el período especial ha sido también una nueva etapa radical y sostenida de la militarización de Cuba y del fortalecimiento de la posición del Ministro de las FAR. El proceso militarista venía en forma gradual desde la primera hora de la revolución, pero dio largos saltos adelante con motivo de hechos políticos o bélicos que lo permitieron. Mencionaré al azar cinco de ellos:
1) La denominada LCB (Lucha contra Bandidos) Sexenio duro que obligó a fortalecer las unidades militares o a someter muchas organizaciones civiles al control de las FAR.
2) Las guerras extranjeras, especialmente en África y el Medio Oriente. Unos cuatrocientos mil cubanos fueron enviados como reclutas militares a foguearse en combates encarnizados.
3) El tercer Congreso del Partido Comunista en el que se registró un aumento de los militares en el Comité Central y el Buró Político así como en las posiciones ejecutivas del gobierno. Incluso el Departamento ideológico del Comité Central, alguna vez dirigido por el civil Carlos Aldana, en la actualidad está en manos del coronel Rolando Alfonso.
4) La aniquilación de Abrantes, Ochoa y La Guardia, lo que dio lugar a la supeditación de MININT a MINFAR
5) El último y uno de los más importantes hitos de la militarización es el que venimos analizando, el período especial.
Después del mazazo en el lomo recibido por la revolución debido al cese de los subsidios soviéticos y la destrucción del mercado socialista, Cuba entró en total desconcierto. Su extrema dependencia de la URSS, que lo había protegido en muchas ocasiones, terminó siendo fatal. A despecho del nacionalismo a borbollones de los exaltados discursos de Fidel, Cuba estuvo en el linde de convertirse en un protectorado soviético. Mientras la URSS le compraba materias primas con poco valor agregado (cítricos, azúcar, níquel) le vendía o cedía el 80 % del capital fijo en la industria y demás actividades económicas. El 64% de las exportaciones cubanas de azúcar era absorbido por la potencia soviética. Semejante acuerdo acarreó la ruina de las dos partes. Cuba se convirtió en un erial improductivo y la URSS comenzó a jadear en serio, al punto de considerarse semejante carga una de las causas del hundimiento del inepto sistema socialista. Fallecido el socio soviético, Cuba se precipitó al vacío.
En medio del caos sólo una institución había previsto lo que ocurriría, y se desenvolvía con cierta eficacia. El general de brigada Orlando Almagual Vidal, hombre vinculado a Raúl, subrayó que las FAR fue prácticamente la única en comenzar a tiempo los preparativos para encarar lo que vendría:
“Desde años antes de la desaparición del campo socialista, en las FAR se comenzaron a tomar medidas para enfrentarnos a un periodo especial en tiempos de paz” (19)
El trabajo de los militares en la lucha por el autoabastecimiento fue de una tenacidad impresionante. En lo concerniente a víveres, las FAR pudo asegurar las comidas fuertes de sus integrantes, a lo largo de cada mes. La variedad de los platos dejaba mucho que desear pero los soldados en su mayoría no llegaron a pasar hambre. Su alimentación básica se cubrió en 70% con producción propia mientras que los ciudadanos corrientes en el mejor de los casos solo alcanzaron el 50%. En el suministro de uniformes militares, botas, etc. se surtió en 100% aunque con importante deterioro de la calidad. Se subrayó la necesidad del autoabastecimiento militar en vegetales, arroz y varios tipos de carne. Para sostener el abastecimiento de medicinas hubo que apoyarse mucho en la medicina natural.
Las FAR contribuyó en alguna medida a atender la emergencia de la población civil pero sin duda lo primero fue alimentar y vestir a la tropa por el apotegma fidelista de que la defensa armada es el primero de los deberes de la revolución. El efecto fue fulminante: los militares sintieron cada vez más que eran una clase privilegiada. La gente de la calle lo percibió también. La sociedad profundizó sus ya bochornosas desigualdades y los hombres de uniforme tomaron el control de nuevos espacios de poder, mucho más allá del ámbito normal de su competencia. Ese fenómeno, si se quiere inevitable dada la ya analizada anatomía de la Administración Publica (sin hablar del pernicioso incremento de la corrupción) ha comenzado a deteriorar velozmente el prestigio de las FAR. La corrupción ha estado asociada con otro viraje dictado por la decadencia de la economía y administración cubanas. Se trata de la constitución del sistema de empresas militares para hacerse cargo de la dirección económica del país.
Con base en cambios tan pronunciados tomemos, de cara al porvenir, nota de lo siguiente: Raúl pareciera querer y no querer el poder absoluto; gana posiciones en los niveles superiores y pierde terreno en los básicos y medios; expande su influencia sobre el partido y la economía pero desata un proceso de corrupción que la mina profundamente.
“¿Compran a las FAR con estos oscuros negocios? Eso sólo concierne a una elite militar (…) El reparto no llega al conjunto de las FAR sino a un sector bien particular que es el más cercano al poder (…) Luego a niveles inferiores y de suboficiales se vive la misma penuria que cualquier ciudadano” (20)
Fórmulas alternas
Cuando en el pasado vacilaba sobre las aptitudes de Raúl siempre al final arraigaba en el ánimo de Fidel la convicción de que en todo caso su hermano sería el mal menor. Es posible que hubiera en el partido y el estado gente mejor preparada y más apta para la dirección administrativa y política, pero ninguna de ellas tiene fuerza propia. En el ocaso de su vida, Fidel está midiendo ahora de cuerpo presente el fracaso de su obra. Después de cinco décadas no hay en la isla una institución que permita, como en otros países, el normal relevo de los mandatarios. Por escapar de las posibles fracciones internas, Fidel destruyó los liderazgos emergentes y naturales, concentrando en su mano el poder y convirtiendo a Raúl en su sucesor. La fuerza de éste fue durante mucho tiempo puramente vicaria. Habían desaparecido del ambiente Camilo, el Che, Ochoa, Abrantes, Patricio La Guardia. Durante cierto lapso prefirió apoyarse en los civiles, que en una sociedad militarizada no le podrían disputar espacios distintos a los que él les otorgara, aunque para quebrar viejas solidaridades terminó sacando los últimos comunistas tradicionales del Buró Político y de las posiciones fundamentales del estado. Alentó a civiles inteligentes y destacados en sus áreas para después sacrificarlos. El ideólogo Carlos Aldana, el canciller Robertico Robaina con su gran deseo de reconciliar la ateroesclerótica revolución con la desenfadada juventud cubana. Fueron decapitados con demoledores cargos de corrupción para evitar la sospecha de que se les echaba por discrepancias ideológicas o legítimas aspiraciones políticas. Parece fuera de discusión que ciertamente estuvieron envueltos en problemas de ese tipo, pero son pocos en la nueva clase los que puedan librarse de semejante pecado, incluidos en los lugares mas destacados el propio Fidel y Raúl. La tolerancia de los actos de corrupción equivale a una firma en blanco. Quien pierda el afecto del máximo líder será victima de lo que firmó y quien lo mantenga continuara gozando de total impunidad. La extensión del negocio de la droga, que involucra a los dos máximos dirigentes de la revolución, es la mejor prueba de que los tribunales son siervos del poder y en consecuencia no pueden determinar la desgracia de nadie sin el visto bueno de Fidel. Por otra parte las conexiones de Fidel y Raúl con el negocio del narcotráfico son inocultables. Gruesos expedientes y obras, confesiones impresionantes, testimonios gráficos y documentos oficiales se acumulan contra ellos. La impunidad de Raúl es notoria. Un ejemplo entre millares: Juan Benemelis denuncia que su yate, El Pájaro Azul, es utilizado para el trafico de drogas desde la base de Caleta, en las vecindades de Cienfuegos (21)
Es dudoso que Fidel esté pensando en una formula colectiva de gobierno, estructurada sobre la combinación de civiles y militares, tal vez bajo la dirección de Raúl, de Carlos Lage, de Ricardo Alarcón o incluso de Joaquín Pérez Roque. Por experiencia sabe que cuando no hay un jefe reconocido los conflictos no se hacen esperar. Y no ignora los ensayos en ese particular que se produjeron en la Yugoslavia de Tito, la China de Mao y la Unión Soviética de Jruschov. Tito quiso organizar meticulosamente la era postitoísta. Construyó una delicada forma de gobierno colectivo con participación de todas las naciones de la Federación y el resultado lo tenemos a la vista: Yugoslavia desapareció fraccionada en medio de la más feroz guerra civil. La troika soviética y la Banda de los 4 en China no tuvieron mejor suerte no sólo en el sentido de garantizar la continuidad de la revolución sino, más grave aun, el espíritu y sustancia del marxismo y el comunismo. Porque en China, es verdad, el viejo Partido Comunista sigue al mando y aun pueden encontrarse retratos de Mao, pero el capitalismo se ha impuesto de manera concluyente. La Revolución Cultural lo había avizorado. Con extrema brutalidad pretendió impedirlo y por un momento creyó haberle extirpado sus raíces.
Desconsolado, sin creer en ninguno de los posibles sucesores, Fidel comenzó a buscar la ayuda de fuerzas ignotas: una idea mágica, el milagro de una nueva doctrina, una confederación cubano-venezolana, una conflagración mundial a partir de Irán. Ordenó al dócil Lage que tartajeara aquella infeliz declaración sobre “los dos presidentes de Cuba”, todo con el fin de tantear la posibilidad de integración federada de Cuba y Venezuela. Fórmula extremadamente cuesta arriba pero si pudiera cristalizar requeriría que en Caracas se instalara una dictadura vitalicia como la de La Habana y con su misma orientación. Chávez sería el hombre y en efecto está anunciando su reelección indefinida para lo cual cuenta con las febles Asamblea Nacional y CNE. Pero si perdiera se llevaría la flamante federación al fondo del océano porque no hay manera de asociar en fórmulas gubernamentales -en la hipótesis inaceptable de que un gobierno democrático se interesara- una democracia, plural y alternativa, con un régimen totalitario de partido único.
El pasado 17 de noviembre el caudillo cubano llamó en su ayuda a los pensadores revolucionarios del mundo. El presidente Chávez, arrastrado por Fidel, repitió como un eco análoga letanía sólo para correr la arruga. Ha proclamado la búsqueda del socialismo del siglo XXI. No es sino un rótulo. Falta lo esencial: ¿Cuál es la sustancia de tal socialismo? Después del silencioso hundimiento del pregonado modelo económico basado en cooperativas y otras asociaciones sin fines de lucro, nadie dice ni puede decir nada. Como Ejército de Salvación de aliados en coma, Chávez no podrá salvar a Fidel, ni sostenerse en el tiempo. La ayuda venezolana se ha hecho masiva y cubre variados aspectos. La garantía de suministro de combustible es apenas uno de ellos. Tan importante como eso es el subsidio directo o encubierto, con moneda dura. Es ampliamente conocido que al proporcionarle a Cuba más de 90 000 b/d de petróleo, Venezuela en realidad está dotando a Castro de un poderoso vehículo para la obtención de divisas. Pero al igual que lo fuera la sostenida ayuda soviética durante más de 30 años, ésta terminará incidiendo negativamente en la economía cubana. Las deformaciones dejadas por esas tres décadas no pueden resolverse en el marco del poder y de la estrategia fidelista. La ayuda bolivariana, cierto, “corre la arruga”, pero no simplemente para posponer un problema irresoluto. Semejante corrida, como lo ha demostrado asazmente la historia, profundiza el mal, convirtiendo en maligno el tumor benigno soterrado.
Hombre temerario, Fidel podría haber pensado en nombrar causahabiente suyo a alguno de los generales de las FAR. Tal vez haya uno más fiel a sus añosas ideas, más ortodoxo y capaz por eso de desempeñarse mejor que Raúl, así se viera obligado a recurrir a los medios extremos de represión. ¿Quién pudiera ser? La mayoría está con Raúl y no pretende disputarle posiciones, aunque una llamada de Fidel podría cambiar esas reservas por un activismo suicida. Pasemos revista:
Los generales Joaquín Quinta Solá, Leopoldo “Polo” Cintra Frías y Ramón Espinoza Martín comandan ejércitos regionales autosuficientes. Quizá podrían unirse alrededor de Cintra Frías, quien dirige el ejército de occidente donde se encuentra un enorme dispositivo militar aparte de ser la sede del gobierno nacional y del Ministerio de las FAR. Quinta Solá estuvo bajo el mando de Cintra Frías en Angola y éste vivió la carnicería de la batalla de Cuito Cuanavale, de modo que estaría preparado para afrontar situaciones de riesgo. Tiene la distinción de Héroe de la Republica de Cuba, que también ostentan Quinta Sola, Abelardo Colomé y en su momento Arnaldo Ochoa y Patricio La
Guardia. Ramón Espinosa Martín tiene la reputación de ser un hombre de criterios propios, que sostiene altivamente. Los tres dependen y no dependen de Raúl. Han cultivado estrechas relaciones con las direcciones partidistas provinciales, lo que tiene una gran importancia porque así como los ejércitos regionales son lo fundamental de las FAR, las direcciones provinciales tienen más fuerza sustantiva que las lejanas instancias nacionales. Fidel, desorganizador colectivo, nombra los comandantes de los ejércitos y mantiene con ellos una fluida comunicación. Es posible que, acostumbrados a tratar con el líder máximo, tiendan a soslayar al Ministro de las FAR y lleguen a sentirse más aptos, con más poder que Raúl para encargarse del poder.
Pero no está claro si en realidad son más capaces. De las cualidades militares del más destacado de ellos, “Polo” Cintra Frías, parece haber abrigado serias dudas el Che Guevara, durante las batallas africanas. Cuando menos algunas veces el Che se quejó amargamente de la falta de acometividad de Cintra Frías. Tampoco debemos creer enteramente en la objetividad del Che, tan caprichoso en sus juicios. Probablemente lo medía con un solo rasero, el mismo que lo llevo a hacer chistes gruesos contra Raúl, por su escasa actividad bélica en el Frente Oriental Frank País. Raúl, como se sabe, se ocupaba más de construir una base revolucionaria que de salir a pelear. El problema es que tal vez haya tenido en esto más razón que el Che y Fidel.
Queda todavía otro Héroe de la Republica de Cuba, veterano del frente
sur de Angola a la sazón comandado por Cintra Frías, y por lo tanto combatiente de Cuito Cuanavale. Fue enviado luego a Etiopia donde exhibió cualidades fuera de lo común, además parece ser un hombre valiente. Se trata del general Arturo López Miera cuya estrella en Cuba está en pleno ascenso. Fidel lo ha venido promoviendo tanto militar como políticamente, muestra evidente de la confianza que le dispensa. López Miera tiene buena formación académica aparte de práctica. Estudió dos años en la Academia Militar del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de la URSS, K.E. Voroshilov. Aparentemente tiene una ventaja sobre los generales antes mencionados y es su vieja formación política. No es un humilde guajiro del campo que ascendió en ese poderoso mecanismo de promoción social que son las FAR. Su familia era militante del PSP antes del triunfo de la revolución cubana, de modo que respiraba el comunismo en la atmósfera cotidiana. Su participación en las guerrillas castristas fue tardía, lo que pudiera deberse a que tardíamente el PSP se embarcó en la lucha armada junto a Fidel. En 1958, último año de la dictadura, se incorpora al Frente Oriental dirigido por Raúl Castro. De vieja data son las relaciones entre estos dos personajes de la revolución, aderezadas por su común inclinación al comunismo.
Tampoco pueden dejarse de lado dos generales de división que han gozado del respaldo que se le reconoce al prestigio: Julio Casas Regueiro y Ulises Rosales del Toro. El problema es que ambos han sido separados de sus puestos operativos en el seno de la institución militar. Han sido destinados a cumplir tareas como gerentes de empresas del Estado. Ha sido un paso inevitable pero de consecuencias políticas de difícil pronóstico.
Si Fidel estuviera pensando en algún otro militar para que, con más voluntad y ortodoxia (*) que Raúl lo suceda en el mando, sospecho que manejaría tres ases: Leopoldo Cintra Frías, Antonio López Miera y Joaquín Quinta Solá. Si esa hipótesis fuera valedera cabría otra pregunta: ¿un simple legado verbal o escrito de Fidel bastaría para que su deseo se impusiera? Porque volviendo al principio, la cuestión no es si Fidel quiere a Raúl en el puesto de sucesor, eso puede o no ser cierto. La cuestión es más bien ésta: ¿en caso de no desearlo podría impedirlo?
Esta interrogante debe suscitar perplejidad. Fidel, dicho sin hipérboles, es el amo de Cuba. Nadie puede oponerse a sus designios. Nadie quiere hacerlo en forma visible a riesgo de ser fulminado inmediatamente. No hay reputación que le ofrezca resistencia. Cuando comparte pequeños espacios de poder, como se ha visto forzado a hacer con Raúl en tiempos o actividades críticas como los del período especial, la frustrada zafra de las 10 millones de toneladas de azúcar
(*) ¿Quién garantiza que en el momento culminante sean más ortodoxos que Raúl?
o el manejo especializado del narcotráfico, no quiere decir que haya perdido la fuerza de destruir a cualquier eventual adversario y eso incluye a Raúl. El caso es que si no lo hace ahora le será más difícil intentarlo al iniciarse la agonía. Viene a la memoria la relación del Lenin que había sufrido su primer ataque hemipléjico y el grosero Stalin, para todos los efectos el jefe práctico del partido comunista. En esos días Lenin rompió relaciones personales con Stalin quien acumulaba un poder desconocido hasta ese momento en la tradición comunista, aunque después se instalara como modelo fielmente seguido por los marxista-leninistas en todo el mundo. Además, envanecido, Stalin se había atrevido a faltarle el respeto a la esposa del máximo líder de la revolución bolchevique. Lenin hizo un esfuerzo para evitar que la sucesión cayera en las manos de un personaje tan siniestro. Stalin se agazapó, sin duda nervioso, hasta que el ícono que gobernaba dictatorialmente el naciente país soviético, murió víctima de un segundo ataque. El llamado legado de Lenin, desaconsejando la jefatura sucesoral de Stalin fue ocultado, reinterpretado o atribuido a un hombre que había perdido la lucidez por causa de una terrible enfermedad. Sencillamente no pudo acabar con Stalin en sus minutos postreros, pero quizá lo hubiera logrado si hubiese procedido antes de ser doblegado por sus males. Si Fidel no quiere o no puede contener ahora a Raúl, podría ocurrirle lo mismo, a pesar de que cuando menos en lo relacionado con la voluntad apasionada de apropiarse del poder, Stalin le lleve mucha distancia. El caso es que no sería una decisión fácil mientras no haya un suplente con respaldo suficiente para enfrentar a su hermano, ni tampoco es seguro que le niegue el cetro conforme a lo aconsejado por el manido aforismo castellano que reza: más vale malo conocido que peor por conocer. “Malo” para Fidel es cualquiera que no sea él mismo.
Empresas militares: nuevo poder en Cuba
La militarización no se ejerce ahora únicamente por la incidencia de uniformados en los cargos políticos y del estado y por la influencia de las FAR en las orientaciones gubernamentales. Para crear bienes y mantener el empleo, Fidel les abrió a los militares el área de las empresas productivas. Un importante número de altos oficiales se desvinculó de los asuntos propiamente militares para convertirse en empresarios en condiciones de monopolio, lo que ha hecho estallar un maloliente negociado. El fenómeno es ambivalente. Por una parte le ha dado a las FAR el control de la economía pero por el otro ha introducido en sus propias filas y en las del partido un sordo resentimiento contra los generales-
empresarios cuya riqueza se percibe por el exhibicionismo de que hacen gala. Crece el poder de los militares pero se debilitan internamente la moral, la disciplina y la confianza en los mandos superiores. En este sentido Raúl ha ganado y ha perdido.
El periodo especial colocó al régimen en una disyuntiva: convertir las FAR en el eje de la economía, pues ninguna otra institución en la deteriorada Cuba podría cumplir ese papel; o mantenerlas al margen para que no se debilitara el papel de defensor de la soberanía y soporte de la revolución. El naufragio del país llegó a ser tan pronunciado que el dictum de Fidel fue inevitable: debe crearse –ordenó- un poderoso sistema de empresas militares, así se redujeran drásticamente las dimensiones y los gastos habituales de las fuerzas armadas. Siempre se había pagado con sacrificios económicos la seguridad proporcionada por un poderoso y avanzado ejército, pero la situación ahora era tan crítica que se impuso la tendencia contraria: sacrificar parcialmente poderío bélico para impedir el hundimiento terminal de la economía.
El general Ulises Rosales del Toro fue puesto al frente de la industria azucarera, sin haber podido evitar su acelerada obsolescencia. Y el general Julio Casas Regueiro, miembro del buró político y hombre de confianza de Raúl, pasó a ejercer la presidencia del todopoderoso complejo económico conocido con el nombre de Grupo de Administración Especial (GAESA). Se trata de empresas organizadas con forma jurídica de sociedad anónima. Han extendido sus tentáculos al extranjero, donde guardan relaciones con muchos empresarios privados sin pasar por la administración de las finanzas públicas de Cuba. Siendo dependiente de las FAR, se supone que GAESA debía ser controlada por el alto mando. Pero aunque formalmente así esté dispuesto, de hecho el complejo ha ganado tanta autonomía como en otro tiempo la tuvieron el Departamento América y Tropas Especiales. Raúl esta al frente, pero no el alto mando y por eso el sistema obedece a los dos hermanos y a nadie más. Obsérvese una vez más la típica deformación impresa por el máximo líder a todas las organizaciones de Cuba, la duplicidad de funciones, la desconexión con órganos que deberían tutelarlas, las realidades paralelas como espejos que se miran.
La independencia de GAESA y otras empresas militares se extiende también al flujo económico. Los recursos logrados por las empresas asociadas a GAESA no necesariamente ingresan a la Tesorería y en cambio pueden fluir al extranjero para ser colocados en cuentas que sólo maneja Fidel. En una de esas deformadas racionalizaciones que son ya marca de fábrica de la revolución cubana, la justificación implícita de este poderoso estado dentro del estado tiene que ver con la supervivencia. Y del mismo modo la apertura de las Cuentas del Comandante. Fidel –se dice- es la revolución. ¿En quién confiar para entregarle la custodia de esa gigantesca fortuna? Castro puede usarla discrecionalmente. Puede con ella apoyar por ejemplo a empresas de biotecnología o guardarla indefinidamente con el pretexto de utilizarla cuando fuere necesario en la defensa del régimen, o para organizar la resistencia armada en el caso de una felonía militar triunfante. Siendo el jefe de la revolución es el único que por antonomasia no podría disponer de esos fondos con el fin de emprender una deserción bien munida. Por semejante vericueto se ha considerado razonable que los fondos se coloquen bajo su personal vigilancia sin ser objeto de controles externos o internos. En un país sin instituciones y plagada de caprichosas organizaciones paralelas, no queda mas remedio que ponerlo todo en manos de Fidel (*)
(*) La contradicción que condena al régimen es esa. Las empresas militares son necesarias para proveer bienes durante la aguda emergencia, al tiempo que minan irremediablemente la revolución.
Así como en su momento Tropas Especiales fue fundada para conseguir
divisas a como diera lugar, las empresas militares están allí para lo mismo y también para producir bienes y servicios que cubran el horrendo hueco negro dejado por la URSS. Tony La Guardia y Barbarroja, con la autorización de Fidel, interpretaron el “a como diera lugar” como una autorización para desplegar actividades de narcotráfico, asaltos a bancos y secuestros remuneradores. Las empresas militares aplicaron la misma lógica. El resultado fue que efectivamente se produjeron bienes para el precario mercado cubano, al tiempo que se amasaron cuentas millonarias en la elite del poder. Y la deformación, en este caso moral, no se detuvo ahí. La madeja de intereses envueltos en GAESA y otras empresas se convirtió en el aparato circulatorio de la corrupta nueva clase, lo que a su vez aparentemente ha comenzado a desmoralizar las Fuerzas Armadas, a desacreditarlas ante el país y a debilitarlas militarmente. Los problemas de disciplina provocados por los groseros privilegios y los enriquecimientos súbitos están descuadernando interiormente el proceso revolucionario. Fidel todavía está en el medio, sosteniendo una unidad cada vez más ficticia. Desvanecida su presencia, será altamente probable que estos problemas contenidos salgan a la luz como lava hirviente acelerando la crisis del sistema. Raúl está al frente de este necesario (*) manadero de corrupción. ¿Le será fácil unificar al país siendo parte interesada? No es una tarea sencilla. Dadas las inesperadas deserciones de gente de muy alto relieve, los hermanos Castro apelan a su propia familia para confiarle las responsabilidades máximas
en un área demasiado tentadora como la de estas empresas, cuya condición monopolista las cubre del riesgo de la quiebra y la ineficiencia y sus procedimientos no sometidos a control permiten la fácil distracción de fondos. Pero con eso se incrementa el rencor de la población. Fidel y Raúl deberían concitarlo alalimon, pero los odios levantados por esta irritante cuestión se concentran más en Raúl por ser el Ministro de las FAR, eje del corrupto sistema empresarial, al paso que Fidel prefiere mantener un inescrutable poder real antes que un visible poder formal susceptible de caer bajo la mirada de cualquier paparazzi. Los odios soterrados provocados por esa mezcla de abuso, latrocinio y abierta ladronería brotan no sólo en la población en general sino en la militancia y dirigencia comunistas, que la repudian. Unos lo hacen por rechazo moral, otros porque no participan del festín, y no faltan los favorecidos insaciables en busca de una tajada mayor.
El nepotismo sirve, como en cualquier parte, para ayudar a la familia. El Presidente de GAESA es el general Julio Casas Regueiro un hombre apto e imaginativo. Por eso mismo aunque se conserve estrechamente asociado a Raúl no está libre de perder la confianza de la revolución. Precisamente debido a esa reserva es que se ha seguido propagando la familiarización de las posiciones fundamentales del poder. La máxima expresión de la índole cada vez más forzadamente nepótica de la revolución cubana, había sido desde los orígenes del proceso Raúl Castro, segundo al mando en todas las instancias del poder. En ese mismo orden de ideas la dirección general de Gaesa se ha encomendado al yerno del Ministro de las FAR, Luís Alberto Rodríguez (*)
La suma de poderes de Raúl Castro arroja resultados anonadantes. Su influencia directa recae sobre las Fuerzas Armadas, la dirección nacional del Partido Comunista y el sistema general de las empresas del estado. El trasfondo de una fuerza tan amplia puede recogerse en el apotegma de que mientras más tiene en la cumbre menos tendrá en los niveles medios y de base. Ya me he referido a la debilidad intrínseca del sistema fidelista, que se acentuará cuando el caudillo se vaya. Pero vistas desde afuera, las posiciones de Raúl parecen abrumadoras y en cierto modo lo son. Es lo que ha llevado a no pocos a pensar que la muerte de Fidel dará lugar a una relativamente tranquila sucesión. Es en mi opinión un espejismo: se trata de fuerzas minadas, escindidas, en un país con divisiones organizativas estructurales. Concebidas para no quitarle el sueño al gran y único arbitro: Fidel Castro, resultan alucinantes para quien se proponga
entenderlas y más todavía, dirigirlas (**) En semejantes condiciones puede decirse que la muerte de Fidel más temprano que tarde será la muerte de su
bárbaro régimen y que, teniendo la primera opción, Raúl no va a poder gobernar
(*) Para un examen más amplio de la anatomía de GAESA y otras empresas militares, véase la declaración del ex agente de inteligencia cubano Delfín Fernández publicada en el periódico español Diario 16, más tarde comentada en una interesante obra por Ricardo A. Puerta. De algunos fragmentos publicados por Puerta hemos extraído parte de lo que arriba se escribe sobre el complejo GAESA (22)
(**) Es la tesis coherentemente sostenida por Jaime Suchlicki “La sucesión de Fidel Castro a su hermano Raúl parece asegurada…El poder político y económico de las FAR lideradas por Raúl y que hoy controlan más del 50% de la economía, la capacidad represiva del régimen y la debilidad de los grupos de oposición indican que la sucesión, una vez que Fidel desaparezca, va a ser rápida y fácil” (23)
con mano de hierro fuerzas que probablemente se le escaparán. Y no es del todo seguro que termine siendo el sucesor o que siéndolo se mantenga en el poder, ni se descarta que dominen la situación otros militares con fuertes vínculos con el partido en varios niveles. Lo que en cambio resulta evidente es que la salida de Fidel será como el inevitable deshielo que sigue, quiérase o no, a la muerte de un rey absolutista. Premisa ésta que podría ocasionar un duro proceso de apertura en lo económico y, con ellos o sin ellos, en lo político. No nos extrañen hipótesis no construidas sobre bases ideológicas. En las combinaciones sugeridas por la imaginación unos personajes podrán estar con el reformismo raulista o con la ortodoxia fidelista. Se salta de una a otra posición según los vientos, porque desaparecieron del partido los parámetros ideológicos, como no sean de pura fachada. ¿Cuándo aconteció esa –llamémosla así- desideologización del Partido Comunista Cubano?
“El asidero ideológico del régimen no existe desde hace muchos años. Al menos desde 1986 con la perestroika en la URSS. Peor aun: después de 1989-90, con el caso Ochoa. Ahí el sustento ideológico del régimen se derrumbó. Toda la gente que está al lado de Fidel lo hace por conservar privilegios o por miedo a que les pase lo que a Ochoa?” (24)
Una gran incógnita sigue en el aire en lo relacionado con el postfidelismo. La clave de una sucesión sin efectos volcánicos recae en la fuerte Institución Militar. Si puede actuar unida en la emergencia tal vez se produciría un cambio normal de poder, cuando menos antes de que la contrahecha administración y la pavorosa emergencia económica de Cuba no determinen cambios profundos y rápidos. Pero así como Fidel no es ya el mismo, tampoco lo son las FAR. En páginas precedentes hemos puesto de relieve la desmoralización acentuada por el papel económico asumido por los militares, fuente de violenta corrupción, de la que se han quejado incluso Fidel y Raúl. Los comandantes de los ejércitos territoriales no parece que se hayan beneficiado de los masivos privilegios de los que disfrutan los generales-empresarios. Sobre su concepto de disciplina debe haber influido la doble relación que han mantenido con Fidel por una parte y Raúl, por la otra. La autonomía de esos ejércitos territoriales -nacida de la estrategia de preparación del país para soportar una invasión de los norteamericanos- conspira contra la creencia de que los deberes de obediencia y subordinación se impondrán a cualquier desconcierto provocado por la ausencia del jefe al que se han sometido desde la adolescencia. Y está ahí, como una sombra, el partido. Sin ideología creíble, sostenidos por canonjías, privilegio y corrupción y con las reservas agitadas de las direcciones provinciales, luce difícil que mantenga su unidad. Y consideremos por ultimo la sensibilidad de la anatomía del estado cubano, organizado alrededor de la idea de que el caudillo debe ser protegido y tener manos libres para operar al margen de las instituciones y leyes. Es una estructura diseñada para que la gobierne Fidel. ¿Será posible que lo haga cualquier otro? Difícil asegurarlo.
¿Sucesión o Transición? Diría que lo primero y también lo segundo. La sucesión puede ser un proceso muy breve, como ocurrió por ejemplo en la Republica Democrática Alemana tras la caída en 1989 del Muro de Berlín. Fue un momentáneo acomodo de fuerzas. La transición se produjo casi inmediatamente y ya no como fugaz esperanza. Alemania reunificada y músculo principal de la Unión Europea es un homenaje a las escondidas potencialidades de la democracia.
La carta china
El partido comunista chino, el partido de Mao Zedong, ha sido ejemplo de muchas cosas, pero si alguna vale destacar ahora es su capacidad de mantener virtuales guerras civiles en el seno de la organización, sin que ésta desaparezca o pierda su rol dirigente. Es francamente fascinante la forma como mediante movimientos palaciegos se inició la transición del comunismo duro encarnado en la Banda de los 4, que actuaba siempre en nombre del gran líder que a la sazón estaba doblegado por un parkinson extremo, a la tendencia capitalista pragmática encabezada por Chou en lai y sobre todo por Den Xiaoping. La victoria de esta tendencia pavimentó el camino de la transición del comunismo al capitalismo sin que se deteriorara la fachada revolucionaria tradicional. Frente a este ejemplo de supervivencia se exhiben las ruinas de los partidos comunistas soviético y de Europa oriental. Precisamente por eso, el modelo de transición chino luce tan tentador para una parte creciente del liderazgo cubano, consciente como está que la muerte del caudillo podría desencadenar revueltas demoledoras contra los comunistas supervivientes. El drama reside en que Fidel, ensoberbecido, considera que la carta china es una traición al socialismo y a la revolución cubana. Y sin duda tiene razón. Por eso fuera y dentro de Cuba, fuera y dentro del gobierno y partido comunista cubano, una oleada de líderes espera la desaparición física de Fidel para mostrar sus cartas. Mao había muerto en 1976. Un mes después una insurrección palaciega se lleva por delante a sus leales radicales y moderados. Los sustituyen aliados del fallecido Chou Enlai y del emergente y diminuto Den Xiaoping. Pero en 1977 Hua Guofen reagrupa a algunos maoístas moderados e intenta un compromiso con los antimaoístas de Den. Pero fracasa y se derrumba. Den inicia una limpieza total de maoístas y rehabilita en el XI Congreso del Partido a todos los que habían sido expulsados bajo la acusación de querer restaurar el camino capitalista. En 1978 viene la ofensiva ideológica contra el pensamiento de Mao Zedong y a favor de la restauración del capitalismo en las zonas costeras, las más importantes de China. Lo sorprendente es que, arrastrado por las profundas reformas emprendidas por Den se levanta un gran movimiento en la calle deseoso de ir más allá, hasta democratizar totalmente la sociedad china. Como tal movilización podría desbordarlo, el nuevo caudillo aplasta por la fuerza las manifestaciones y decide conservar algunos retratos de Mao a fin de consolidar su poder arbitral. De allí el socialismo de mercado, que más propiamente debió llamarse capitalismo en la base con despotismo político en la cumbre, que es lo que tanto seduce a Raúl Castro y sus seguidores (*)
Recordemos palabras de Alcibíades Hidalgo. Siendo hasta no hace mucho tiempo principal asesor de Raúl, miembro del Comité Central y
(*) En su primera visita a China, el presidente Chávez, sin conocer para nada esta historia funambulesca, pero fijándose en los retratos de Mao, pretendió ganar voluntades alegando que
él siempre ha sido y seguía siendo maoísta. Las víctimas del Mao eran ahora los líderes del partido, a los que se dirigió sin percatarse el líder bolivariano.
embajador cubano en las Naciones Unidas, es sin duda un hombre muy calificado para especular en las vecindades del postfidelismo. Dijo Hidalgo:
“A Raúl siempre le entusiasmaron las reformas instrumentadas hace 25 años por Deng Xiaoping, impulso que predomina hoy tanto en China como en Vietnam”
Más adelante, se pregunta:
“¿Qué puede Cuba aprender de sus amigos asiáticos?
1) Una reforma económica va después de privatizar las grandes empresas estatales hasta permitir que la gente tenga talleres e industrias propias
2) El papel del Partido Comunista es iniciar las reformas y asegurar una sucesión ordenada y pacífica. Con eso en mente, varios líderes del gobierno cubano han estado visitando a China y Vietnam. La delegación cubana dedicó tiempo a lo que el diario Granma definió como la labor de las instituciones parlamentarias y el gobierno local.
3) Una cuestión siempre presente es el papel de los cubanos en el extranjero respecto a la estrategia de supervivencia económica, revisando lo sucedido con los chinos y vietnamitas que emigraron”
“No podemos estar seguros del enfoque futuro de la política cubana –insiste Hidalgo-, pero lo esbozado aquí parece ser lo más probable. Con ello mejoraría el nivel de vida de los cubanos de la isla y, lo mismo que en China y Vietnam, conduciría gradualmente a un poco de más libertad” (25)
También Norberto Fuentes piensa en la apertura exterior cubana bajo un gobierno de Raúl Castro, sólo que a diferencia de Hidalgo no la vincula a un mejoramiento de las condiciones de vida de los cubanos y consecuencialmente, una mayor libertad política, sino que por el contrario piensa que Raúl podrá ser más drástico que el mismo Fidel en el ámbito interno, probablemente para soportar las consecuencias políticas de la flexibilidad internacional y un mercado más libre, tal como en China y ahora en Vietnam. Como dato adicional, Fuentes piensa que Raúl está menos pendiente de su lugar en la historia, que parece una obsesión en el Comandante en Jefe. En su criterio, desea más bien asumir el desagradable papel de cancerbero del sistema, para evitar su total caída. En los dos hermanos está presente el recuerdo agobiante del Muro de Berlín, desastre que quisieran alejar de Cuba. Sólo varían en la receta que deba aplicarse: si apertura o perseverancia, vale decir: reforma o dogmatismo. Y ese no es precisamente un asunto menor.
La fórmula se ha mantenido en China con relativo éxito. Primero fue la medida experimental que facilitó la retirada de los ingleses de Hong Kong: un país, dos sistemas. Que en el territorio dominado por el partido comunista pudieran permitirse zonas de libre mercado y organización capitalista, fue una gruesa novedad que bajo la revolución cultural nadie hubiera tenido el atrevimiento de imaginar. Inicialmente, la formula fue concebida y explicada como un proceso digestivo. China absorbería con sano realismo zonas capitalistas muy desarrolladas. Se supone que a la larga se convertirían al socialismo como el resto del país, pero por el momento gozarían de una libertad que ayudaría al crecimiento global del país. El problema es que sucedió exactamente lo contrario: los espacios capitalistas han ido predominando con tal fuerza que muy pronto revolucionarán a toda China, haciéndola entrar de lleno en el sistema capitalista. En esa misma medida, la generación gobernante todavía es de la antigua cepa comunista. Han surgido tecnócratas jóvenes portadores de criterios modernos y atentos a las nuevas realidades del planeta, pero por el momento no parecen demasiado interesados en ocupar personalmente las posiciones de liderazgo político en el partido y el Estado. Es altamente probable que pacientemente esperen que el tiempo y la biología propicien sin trauma los cambios. Posiblemente entonces China dejará de estar bajo el dominio de un solo partido y se habrá liberado de la asfixia del marxismo-leninismo, doctrina que sigue siendo la oficial aunque muy pocos crean en ella y muchos menos todavía la sigan. El caso es que en la actualidad se ofrece a la vista un sistema de intenso desarrollo capitalista gobernado por ancianos cada vez más anacrónicos que, sin embargo, no abren con fuerza los cauces del pluralismo y la democracia. Y es precisamente eso lo que puede estar atrayendo a la primera generación de los aperturistas en Cuba. Con mucho sentido práctico suponen que pueden impulsar la liberación económica mientras mantienen (o fortalecen, según Norberto Fuentes) la dictadura totalitaria. Capitalismo en la base; despotismo en la cúpula, pudiera perfectamente ser su lema. ¿Podrá imponerse una receta de ese tipo en la agobiada y aislada Cuba? Incluso: ¿será posible que pueda funcionar por un tiempo evitando una explosión social y política? Los inclinados a aceptar la teoría de la sucesión tranquila piensan que el gran poder militar, la profunda debilidad de la disidencia y el terror que paraliza a la población serán decisivos para que el relevo opere con relativa normalidad, aunque protegido por un abrigo de acero. La tesis contraria no es menos consistente. Cuba está en el área del dólar, a noventa millas de la costa de Florida, tiene escasa población y su naturaleza insular facilita posibles bloqueos. Carece de la milenaria tradición imperial de las dinastías chinas y su economía es de una fragilidad escandalosa. En la sorda lucha interna que avanza como un cáncer, se han ido formando rescoldos de resentimiento que asumiéndose fidelistas, parecen estar a la espera de la ausencia del líder y único cerrojo que mantiene congelada la pugna interna. Sin la presencia de Fidel, ha de ser harto difícil impedir que se desaten los demonios de la confrontación.
La carta venezolana
El colosal altruismo venezolano ha caído como un torrente sobre el desierto cubano. Eso, sin duda, es verdad. Fidel ha podido cuando menos paliar muy transitoria y tenuemente agudos problemas como el de la vivienda y la fuerza eléctrica. La revolución cubana dispone ahora de una fuente legal para obtener divisas debido a que coloca en el mercado internacional una buena parte de los 93 000 b/d de petróleo que recibe de Venezuela, lo que le ha conferido un cierto margen de maniobra en aspectos sensibles como los monetarios y fiscales. Todo eso puede ser indudable. Incluso, recuerda mucho los 30 años de sostén soviético con base en el cual Fidel pudo mantener alegre e irresponsablemente un amplio diapasón de gasto que incluía desde las aventuras militares en el extranjero hasta el prodigioso desarrollo deportivo de la Isla. Apoyándose ahora en el músculo financiero chavista, el régimen cubano puede reverdecer sus viejas políticas de intervención en procesos electorales y de otro género en América Latina. Sería para Fidel un gran respiro.
Hasta el presente los gigantescos recursos administrados por el régimen bolivariano en más de siete años no reportan desarrollo verdadero ni se reflejan sensiblemente en las condiciones de vida de los venezolanos. Si en algún momento Venezuela perdiera o viera debilitarse el flujo de ingresos petroleros, no tendría maneras de sostener el gasto extravagante en el que se ha sumergido, ni el gasto mínimo para que el país funcione. Las aberraciones que se han producido en el sistema económico pesarán como una lápida sobre la espalda de una futura Venezuela democrática. Se necesitarán años para que el país se reencuentre con el liberador desarrollo. Lo que toma una connotación extremadamente peligrosa es que el país se ha hecho más dependiente que nunca de un solo producto -que, por lo demás, exporta sin mayor valor agregado cuando podría ser la base de una próspera industria petroquímica- y en porcentaje apabullante, de un solo mercado consumidor. La tragicomedia reside en que ese mercado es EEUU, el principal enemigo del régimen venezolano. No es una inofensiva farsa de circo. El núcleo de su estrategia queda afectado por semejante ambivalencia. La operación ALBA se basa no sólo en conjurar el ALCA sino los tratados bilaterales con EEUU, al punto de que el presidente venezolano ha golpeado con furor tanto a la Comunidad Andina de Naciones como al grupo de los 3, mientras hace objeciones gruesas a MERCOSUR. ¿Con qué autoridad moral entonces –le reprochan en varios países de América Latina- el régimen venezolano condena en otros lo que practica incluso más holgadamente que aquellos?
Pues bien, si estos peligros pudieran estallar sería en realidad muy poco lo que a futuro puede esperarse de la ayuda que se está derramando sobre Cuba, que es apenas receptora de fondos. Urgido por la proximidad del relevo en el mando y agobiado por la profunda degradación del nivel de vida del pueblo cubano y por el hundimiento generalizado de la infraestructura, Fidel recae en el increíble error de canalizar los recursos recibidos más o menos en la forma como lo ha hecho durante casi cinco décadas. Vuelve a las promesas que él mismo había olvidado. Habla de fabulosos programas de vivienda y anuncia una revolución energética edificada sobre unidades autosuficientes repartidas por el país, en un patético remedo del Gran Salto Adelante que casi provoca la expulsión de Mao Zedong del Partido Comunista Chino. De lo que no habla es de desarrollo, productividad, producción y generación de empleos estables y dignos.
Suponiendo que la ayuda venezolana se mantenga por un tiempo más, vale la pena preguntarse de qué manera influirá ese hecho en la política de Fidel y en el destino del postfidelismo. El aislamiento y la crisis económica habían alejado en alguna forma a Fidel del activismo internacional, pero la ayuda venezolana lo ha despertado del letargo. Ahora se le ve más activo en escenarios extranjeros aunque su salud y sus aprensiones lo condenen a permanecer encerrado en su isla. Alentado por la proximidad del gran proveedor de fondos que por alguna extraña razón ha decidido admirarlo como si estuviera en la primera hora de la revolución, intenta recuperar su presencia en Centroamérica, el Caribe, Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador. Ya no está solo. Alguien con más fuerza y estridencia está a su lado, robándole escenario. Las fuerzas moderadas que en Cuba quisieran mantener la dictadura pero sobre la base de un sistema económicamente abierto parecían tener el libreto escrito y listo para la representación. Fidel lucía angustiado e impotente para acometer la ímproba tarea de detener la corriente y sólo intentaba contenerla mientras conservara un hálito de vida y concebía alguna fórmula que le permitiera salvar su obra. Parecía al borde de la desesperación, como pudo apreciarse el 17 de diciembre de 2005. Había empujado a su discípulo venezolano a proponer el socialismo del siglo XXI, con el fin de alentar un esfuerzo de creatividad intelectual a partir de la cantera agotada del marxismo. ¿Acaso la irrupción de Chávez cumpliendo el papel que durante décadas ejerció la vieja URSS -esta vez sin condicionamientos ideológicos- le permitiría volver al viejo sueño de la revolución planetaria? ¿Realmente se haría realidad la antigua esperanza de barricada que quería presenciar y provocar en fecha próxima el hundimiento del imperio? Las cosas parecen en este momento volver al lugar del que salieron. En el 2001 se experimenta un nuevo viraje hacia el militarismo y la autocracia que no es en todo y por todo una simple repetición de ese recurrente fenómeno histórico. Con la tutela del anciano caudillo cubano el presidente venezolano Hugo Chávez ha venido ocupando un lugar en la historia, aunque no en el sentido que él imagina. Se trata en efecto de una continuación del militarismo histórico que tantas veces ha hincado sus garras en nuestro hemisferio. Pero proporciona tres novedades dignas de resaltarse. La primera, la reversión del método electoral, diseñado originalmente para refrescar y profundizar la democracia; la segunda, el control absoluto del poder bajo la vestidura de la ley y la tercera disfrazar la desnuda represión político-policial de modo que la violación de los derechos humanos y libertades fundamentales parezca emanar de decisiones autónomas de los tribunales.
Cambiar el contenido de las elecciones con el fin de que sirvan al propósito de fundar autocracias y no democracias, supone dos cosas: control absoluto de los órganos del poder incluido el comicial, y manipulación de los procesos electorales. Sin embargo, nada de eso sería posible si las corrientes antidemocráticas no hubieran accedido al poder por una elección irreprochable. Hugo Chávez ganó limpiamente las elecciones de 1998. Había un Consejo Electoral independiente y las ramas del poder público eran bastante autónomas, cosa que no las protegía de insistentes críticas. A partir de ese momento y con la mira puesta en el poder perpetuo, la democracia venezolana en 2006 no pasa hoy de ser una caricatura, una sombra. El resultado parece el mismo que Castro alcanzó por la fuerza de las armas. En el momento de la victoria electoral de Chávez, el actual vicepresidente José Vicente Rangel declaró, con sinceridad rayana en la candidez, que habían ganado usando las armas del campo enemigo. Se refería –admisión paladina- a las elecciones, el pluralismo, la imparcialidad (hasta cierto punto) del poder. Tales eran “las armas del campo enemigo”, según reconoció entonces José Vicente. ¿Cuáles serían entonces las del campo amigo? Seguramente las que, ya con el poder en la mano, han estallado en Venezuela con la fuerza de una hemorragia. Pero es esa una de las causas determinantes del retorno de Fidel por la autopista del ejemplo venezolano.
Enemigo acérrimo de las elecciones Castro, impactado por Chávez, comprendió finalmente la importancia de lo ocurrido. Y con él buena parte del fundamentalismo mundial. En Perú los hermanos Humala; en Palestina el Hamas, en Bolivia Evo Morales. Enemigos de las elecciones, decidieron en cierto momento valerse de ellas para seguir el ejemplo venezolano, reconocido por todos como un nuevo modelo a seguir mientras fuera posible.
Si estas vaporosas ideas podrán concretarse e influirán en la estrategia que se imponga en el postfidelismo, es cosa de discutirlo. Pero también de dudarlo. Tendencias como las que se han ido conformando en Cuba no pueden ser fácilmente revertidas con gastadas ilusiones. El proceder de Chávez está a la vista. El exaltado presidente venezolano quiere colocar las cosas en términos de Venezuela o Estados Unidos, lo que no pasa de ser una quimera incapaz de erosionar el desesperado pragmatismo que avanza, inexorable, en Cuba. Porque si el delirante líder bolivariano moderara el propósito y dijera, por ejemplo: el asunto es entre Venezuela y Colombia, tampoco tendría la menor probabilidad de éxito, sin hablar de las fuerzas contrachavistas que con estas políticas están hirviendo en el seno de su propio movimiento.
Tal vez por esa razón la alianza cubano-venezolana se edifica sobre una estrategia política y no sobre el sueño de la prosperidad económica. Casi arrastrado por el dinamismo de Chávez, Fidel se ha convertido de nuevo en uno de los ejes de la nueva internacional antiimperialista y por ese camino ha entrado en un frenético proceso desestabilizador en América Latina sumamente peligroso, visto desde la perspectiva del mundo. Fidel llevaba mucho tiempo sin hablar ni promover guerras y en este momento, en la corriente desatada por el afortunado presidente venezolano, vuelve a jugar en el tablero nuclear al respaldar a Irán retando otra vez a la Unión Europea y a EEUU; sigue la estrategia del eje contra todos los pactos subregionales, incluido MERCOSUR; está en la nave que utilizando al presidente Morales crea problemas casi insalvables a Brasil y Argentina. Es cierto que a lo sumo es el capitán “moral” del nuevo Armagedón latinoamericano, pero su influencia sobre el capitán real es de tal magnitud que no podrá ser condenado al limbo. Y en esta fiesta publicitaria vale preguntarse de nuevo: ¿por qué Raúl no figura en parte alguna? Se habla de guerra asimétrica ¿y dónde está el ministro de las fuerzas armadas que debería ser uno de sus conductores principales?
La carta venezolana es más pasajera aunque mucho más ruidosa que la carta china. Pero ésta, con ser complicada y de difícil aplicación en la realidad cubana y hemisférica, es más racional. Probablemente por eso sea la que intenten jugar los sucesores del anciano caudillo. Sin embargo, al iniciarse la puesta en escena de la sucesión (con tendencia a convertirse en transición), no cabe duda que cualquiera que sea la nueva orientación estratégica que pugne por abrirse paso, no parece fácil que comience “rompiendo” la dependencia de Cuba con respecto a Venezuela. En las primeras de cambio, un gobierno distinto al de Fidel e incluso contrario en sus fines no podría sobrevivir si de un tajo cortara o tan solo restringiera la voluminosa e imprescindible asistencia venezolana. Sin energía, sin fuerza eléctrica, sin divisas Cuba se desmoronaría, podrida como está su estructura interior. De allí que la apertura esperada tendría que observar una pauta más bien lenta, a menos que hubiera en otra parte (EEUU, la comunidad cubana en el exilio) recursos y voluntad suficientes como para echarse al hombre un paciente en estado de coma, como lo es la isla después de 50 años de revolución. Cuba es en la actualidad un rehén de Venezuela aunque paradójicamente su líder máximo ejerza una influencia casi mágica sobre el presidente Chávez. Paradoja extraña: Cuba, rehén de Venezuela y Chávez rehén de Fidel. A menos que se escape el genio de la botella al sobrevenir la muerte del Júpiter que ha dominado por tantas décadas todo cuanto se mueve en la isla, el esperado cambio podría tomarse su tiempo. En tal caso quizá tenga lugar una situación inmanejable para el desafortunado sucesor. Puesta la cuestión en el plano de las conjeturas, se pueden considerar como probables tanto que en la sucesión se mantenga por lo menos inicialmente la relación con Venezuela en un plano similar al de hoy, como que en el postfidelismo se pierdan las riendas del país y se desate un proceso de naturaleza iconoclasta que, cueste lo que cueste, convierta la presencia venezolana en el símbolo del nuevo imperialismo contra el cual luche la resistencia. La historia está plagada de ejemplos similares.
El dilema de las “cartas”
En fin, una manera de reducir el asunto a esquemas sería colocando en una mesa de bacará, frente a frente, a Raúl y Fidel. Uno, esgrimiendo la carta china y el otro, la venezolana. La primera sigue la pauta que siempre se avino al carácter de Raúl: la segunda, claramente signada por la pasión de los actos espectaculares y salidas inminentes, al de Fidel. Pero que tales sean las opciones y esos sus líderes aparentes nos sitúa frente a un problema de la mayor importancia. De nuevo Raúl parecería inclinarse a favorecer los caminos más lentos pero probados y seguros. Preferiría no arriesgar en el topo a todo de una confrontación final la fuerza que se haya acumulado. El éxito fulgurante que después de años de paciente tenacidad está obteniendo China, no puede menos que proporcionar nuevos argumentos en su beneficio.
Por otra parte el deslumbrante y huracanado fenómeno chavista, en elevada proporción por influencia del caudillo cubano, atrae sin duda a Fidel cuya vida política se caracterizó siempre por apuestas parecidas. En su hora postrera, Fidel Castro -en compañía de Hugo Chávez- se ha atrevido a proclamar con pífanos que la muerte del imperio podría ser inminente, se estaría insinuando por primera vez en el horizonte y por eso bien vale la pena hacer todos los esfuerzos imaginables con el fin de precipitar semejante desenlace. Tienen pues su lógica la extrema ideologización de la economía, el comercio, la educación y la diplomacia, las alianzas más inusitadas e inconvenientes (por ejemplo: con la teocracia iraní, con al Qaida, el Hamas y demás grupos fundamentalistas en el mundo) y el uso de la plenitud de los recursos en función del glorioso objetivo. Es el apresto para una batalla final y total. Patria o Muerte.
Se va completando de esta manera un círculo vital que comenzó con las bases guerrilleras pacientemente organizadas por Raúl en el frente oriental, en paralelo y secreta disputa con la visión fidelista de una guerra de desenlace rápido. El círculo ha reaparecido y está en trance de cerrarse con base en la disyuntiva aún no resuelta de las “cartas”: la venezolana de Hugo Chávez en ansiosa búsqueda de la salvación del mundo aquí y ahora, y la china postulada por el fallecido gran líder Den Xiaoping con su afortunado proverbio pragmático del color de los gatos. Es un círculo que reproduce la compleja relación entre Raúl y Fidel. Es nuevamente la lealtad devota del hermano menor sin perjuicio de sus discrepancias, pero el problema es que esas discrepancias vernáculas tienden a ser excluyentes en un planeta y una Región fuertemente polarizados. El vicepresidente segundo Carlos Lage ha estado acompañando a Chávez y Morales en la trepidante estrategia que Cuba y Venezuela han diseñado. Quien se haya tomado el trabajo de leer hasta aquí esta obra podrá saber –según espero- por qué ha ocurrido eso y por qué Raúl pese a que todavía se le considera oficialmente el heredero del poder y es el vicepresidente primero no tiene visibilidad en el despliegue de una política internacional que probablemente no comparte o quizá repugne a su modo de ser.
Pero Fidel ya no viaja, ya no se exhibe ni siquiera en actos que podría estar celebrando como victorias. Su hora se aproxima y de allí que tal vez en fecha próxima podamos saber si a la carta china le ha llegado su momento estelar. O, por el contrario, si se romperá el engranaje autocrático de modo que en Cuba pueda reproducirse, si bien con retardo, la hecatombe que cayera sobre la mayoría de los países del este europeo después del colapso del Muro de Berlín.
NOTAS
(1) Brian Latell El ejercito cubano y la dinámica de la transición, CTP Cuban Transición Project, Institute For Cuban & Cuban-American Studies. Universidad de Miami, 2006
(2) El Cronista, Se perfila en Cuba la batalla por la sucesión de Fidel Castro”, Comisión Argentina Pro Derechos Humanos en Cuba”, agosto 2004
(3) Ibíd.
(4) Marc Saint Operi, Patricia Lee, El Poder tras el trono, diario El País. Colombia, mayo 29. 2005
(5) Clark, op cit
(6) Andrés Oppenheimer, ¿Fidel contra Raúl?
(7) Báez, op cit
(8) Ibíd.
(9) Ibíd.
.
(10) Ibíd.
.
(11) Ibíd.
(12) Alina Fernández, Alina. Las Memorias de la Hija Rebelde de Fidel Castro, Plaza-Janés, 1997
(13) Fuentes op.cit
(14) Clark, op cit
(15) Fuentes op cit
(16) Masetti, op cit
(17) Ibíd
(18) Báez op cit
(19) Ibíd.
(20) Masetti, op cit
(21) Benemelis, op cit
(22) Ricardo A. Puerta, Corrupción en Cuba y como combatirla, Fundación CADAL, Argentina, Octubre 2004
(23) Jaime Suchlicki, Cuba sin Castro Real Instituto Elcano, mayo, 31, 05
(24) Marc Saint Operi, Las ultimas cartas de Fidel Castro. Entrevista a Jorge Masetti. La Insignia, junio 2003
(25) Hidalgo, op cit
EPILOGO
Es una amarga quimera querer introducir demasiado pronto el porvenir en el presente
Enrique Heine
Reflexiones
Me gustaría concluir esta obra con once reflexiones:
Primera:
La revolución cubana es un asunto internacional de entidad mayor que la significación de Cuba en el orden económico y conforme a variables como el número de habitantes y la extensión territorial. Un acontecimiento de tanta trascendencia como el destino del postfidelismo no puede dejar indiferente a los organismos internacionales y muy especialmente a Latinoamérica, EEUU y la vasta comunidad cubana en el exilio. Incluso los proponentes de formas graduales de transición con base en el respeto a la Constitución de 1992 y por el camino de un diálogo sincero entre factores del gobierno y de la disidencia, temen la ruptura de los difíciles equilibrios y por ende el estallido de graves manifestaciones de violencia.
Segunda
El presidente Clinton elaboró en enero de 1997 el prefacio de un documento oficial norteamericano destinado a apoyar la transición democrática en Cuba. No menciona la muerte de Fidel pero sin duda la tiene muy presente. El punto de vista de este documento es que difícilmente pueda consolidarse la democracia en la isla sin un serio e inmediato proceso de recuperación económica, lo que a su vez requiere un considerable flujo de recursos tanto de gobiernos, en acuerdos bilaterales o multilaterales, como de procedencia privada. Aunque en tal documento se acepte en nombre de razones obvias que la principal fuente de ayuda sean los EEUU, deberán participar en las operaciones de ayuda la Unión Europea, las agencias de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el BID y el Fondo Monetario Internacional. Dada la postración en que se encuentra el país se considera que al principio se contará con un buen volumen de donaciones, pero instalado un gobierno de transición, Cuba recibiría de $ 4 000 a 8 000 millones en donaciones y préstamos blandos. Estas cifras se consideran apenas un empuje inicial pues se tiene conciencia de que los flujos hacia Cuba deberían ser muy superiores. Se espera además que, eliminadas las restricciones al envío de remesas de dólares a familiares en la isla, se produzca un incremento fundamental de recursos con la ventaja de que estarán destinados a las familias mismas sin la intervención de estructuras estatales o paraestatales intermedias. Esa circunstancia seguramente servirá para incrementar las inversiones en pequeña escala que actualmente están prohibidas o fuertemente restringidas, lo que podría dar lugar a la expansión de un importante sector de pequeños y medianos empresarios vinculados a la economía monetaria.
Tercera
Demostrando en el caso cubano una importante continuidad más allá de diferencias partidistas, el presidente George W Bush, dio algunos pasos adicionales, con base en un largo informe presentado por el ex secretario de estado Colin Powell. Anticipando un postfidelismo en el que EEUU tratará de influir, designó a Caleb Mc Carry, con la misión de impulsar una transición democrática en Cuba. Alto funcionario del Departamento de Estado, miembro del Partido Republicano y con experiencia en asuntos latinoamericanos dada su condición de asistente congresional en ese tema específico, Mc Carry revela paladinamente la complejidad del problema al no haber querido o podido anunciar medidas concretas en el sentido indicado. Sin embargo el hecho de haber sido recomendado y nombrado por la secretaria de estado Condoleeza Rice y de que el acto de presentación de Mc Carry se hiciera ante las cámaras de televisión -cosa por cierto muy poco frecuente- revela la importancia que se atribuye a estos pasos de la administración (*)
Cuarta.
La gran pregunta que inmediatamente debe formularse es si el dispositivo de apoyo recogido en el documento promovido por el presidente
(*) Ya escrito lo anterior, Mc Carry ha presentado un informe donde al ratificar la decisión del gobierno de participar en la transición postfidelista, alude a un aspecto secreto que, según declaró a los periodistas, por obvias razones no se puede comentar. Fue suficiente para que de nuevo el régimen cubano especulara sobre una intervención Norteamérica en suelo cubano. Pero sobre todo ha tomado fuerza la idea de que se estuviera cerca de la desaparición o inhabilitación de Fidel Castro. El gobierno del presidente Bush ha retomado el viejo tema de que el plan de ayuda y el desembargo sólo se producirían si Raúl no es el sucesor. En las conclusiones siguientes expongo un punto de vista distinto.
Clinton y desarrollado por el presidente Bush podría comenzar a ejecutarse en las condiciones de un gobierno presidido por Raúl Castro, así emprenda –como muchos esperan- una liberación de mercados acompañada de la flexibilización de sus políticas monetaria y cambiaria, y le ofrezca garantías al capital extranjero. Si realmente Raúl o cualquier otro sucesor esgrime la carta china podría llegar al extremo de anunciar la creación de zonas geográficas donde se ensayaría un modelo económico capitalista. Pudiera verse en esta cuestión una diferencia entre Clinton y Bush, que también puede obedecer a la cada vez más acelerada y cambiante evolución de la situación cubana. Mientras el primero no se lo plantea, el segundo parece dar por sentado que la masiva ayuda contemplada no se concretaría si a la muerte de Fidel su hermano asume el poder y trata de continuarlo sin importantes variantes, en el marco de una Constitución anacrónicamente totalitaria como la que se dictó en 1976 para luego ser reformada en 1992. Sin embargo, pese a tales diferencias el problema debería verse y en todo caso resolverse en el escenario mismo.
Quinta
La voluntad legislativa es clara y rígida. La ley Helms-Burton descarta la posibilidad de ayudar a un gobierno de Cuba presidido por Raúl Castro. La ley ya tiene sus buenos años de vigencia y las circunstancias podrían imponer una reforma bipartidista si se observa que Raúl no podrá consolidar el poder sobre una base totalitaria o si en Cuba fracasa cualquier intento de imponer el fidelismo sin Fidel. Desde el punto de vista del gobierno cubano de la sucesión o de la transición, la ley podría ser burlada en su actual configuración a partir de alguna figura civil colocada en la presidencia, trátese de Alarcón, Lage o Pérez Roque, si es que no caen en inesperada y prematura desgracia. Pero si no ocurre semejante accidente y las circunstancias aconsejan colocar en el puesto de Fidel a un civil como cualquiera de los nombrados, debería considerarse el precedente dominicano en el caso de lo ocurrido después de la muerte del dictador Trujillo. Un civil importante pero sin poder real y a conciencia de que sólo sería una figura ornamental sustituyendo a un despiadado e inmensamente poderoso dictador es exactamente lo que pasó en República Dominicana, cuando el aparentemente inofensivo Joaquín Balaguer ocupó el mando dejado por Trujillo. Por presión de las circunstancias, incluida dentro de ellas la activa gestión de la embajada estadounidense, y por brotar de la cautela la fuerte personalidad de Joaquín Balaguer, la presidencia de fachada se transformó en una poderosa magistratura sin la cual no hubiera habido democracia en República Dominicana. ¿Estaría planteado lo mismo si el inmediato sucesor de Fidel resulta ser un civil de escondidas habilidades?
Sexta
¿Sería señal suficiente de cambio el retorno de Cuba, ya sin Fidel, al FMI y el BM? Debe recordarse que en la Rumania de Ceausescu la incorporación del régimen comunista a esos órganos multilaterales tuvo como contrapartida un incremento de la represión interna. Quizá sea éste el reto principal que encare la comunidad democrática mundial y muy especialmente el pueblo cubano de la isla y del exilio. Un acomodo como el rumano sería frustrante y seguramente difícil de sostener. Cuba está en el centro del hemisferio americano, su población es pequeña, los centenares de miles de emigrados y la sociedad civil en plan de emerger presionarán inmediatamente la liberalización política como ocurriera en varios de los países del este europeo. No se ve cómo el régimen sucesor pudiera sentirse cómodo sentado sobre bayonetas.
Un arreglo a medias según la pauta rumana resultaría muy difícil de articular, sin hablar de la probable crisis que un régimen ambiguo y sin su jefe absoluto desencadene en la revolución. Tal vez se esté presencia de un doble fenómeno, nada inédito: desmoralización en las filas de los agentes del oficialismo y levantamientos espontáneos de la sociedad civil que irían creando oleadas movilizadoras a favor de nuevos espacios de libertad. La sucesión tranquila no tiene cabida en una transacción parecida a la de Rumania, a menos que sucesión sea el nuevo nombre de transición.
Séptima.
El comunismo es la negación del mercado. Los líderes chinos conocen a la perfección que el supuesto del socialismo de mercado es tan absurdo como lo sería el de un capitalismo sin mercado. Pero obligados a la sindéresis y para no desalojar al Partido Comunista del mando, diseñaron esta teoría que les permitió entrar en el sistema capitalista guardando la fachada socialista y preservando la burocracia. En definitiva Den Xiaoping actuó con la lógica de Napoleón: fomentó la revolución burguesa pero destruyó la propensión de la gente movilizada, en el sentido de llevarla hasta sus últimas consecuencias democráticas. De esa manera se convirtió en el árbitro de los que querían consolidar los avances y al mismo tiempo de los que, en la acera opuesta, deseaban conservar a la manera gatopardiana su presencia en el poder. El híbrido fue de lo más cómodo para el saeteado Partido Comunista: el capitalismo en la base y el despotismo autocrático en la cúpula. El celebrado ejemplo de China, hacia el que se inclina probable y secretamente la mayoría de los dirigentes cubanos de hoy, debe estar previsto por el eventual gobierno sucesor, a fin de hacer aceptable un estatus similar al de Pekín o Hanoi: sistema de mercado en la base con el partido de siempre en el poder. La vía China es casi la única fórmula que le queda a un eventual gobierno de Raúl, para tratar de conciliar 50 años de adhesión al marxismo con un modelo de libre mercado. Pero eso pasa en el corto o el mediano plazo por desvincularse de la Venezuela del presidente Chávez y acercarse a las potencias industriales de occidente. Tal cual China y Vietnam.
Octava
Nadie más cuenta con real influencia en las FAR. Sólo Fidel reina en ellas, pero Raúl puede ufanarse de tener una especial conexión con la oficialidad cubana y un importante ascendiente en la cumbre de los militares y del partido. En este aspecto, en el Consejo de Estado y el Buró Político fuera de los hermanos Castro nadie tiene peso propio, lo que tratándose del espinazo del sistema no deja sino a Raúl en la senda de la sucesión. Pero antes hemos aludido al malestar en la oficialidad media por los privilegios que rodean a los generales empresariales del raulismo, y a las dudas de Fidel respecto a la idoneidad de su hermano para aferrar el timón de un sistema cuyas funciones se han personalizado tan raigalmente en el caudillo. No se ve de qué manera puedan ser endosadas a otro gobernante.
Novena
Pueden provenir de tres fuentes las sospechas del caudillo sobre los devaneos liberales de su hermano: escasa voluntad –para su medida- en la empresa de suplirlo en el cargo; presunto desapego al poder; dudosa idoneidad para desempeñarse con éxito en la cumbre. La primera de esas fuentes es la vieja discrepancia sobre el grado de apertura que debería realizar el régimen para no ser triturado dentro de las fronteras del país, sin desnaturalizar su esencia socialista. La segunda es la enorme diferencia de estilo y carácter que los separa; y la tercera, los celos del máximo líder, incómodo por verse obligado a ceder espacios a otros, así se trate de gente muy leal. Personalista casi hasta el narcisismo, Fidel –y muchos de sus seguidores coinciden o dicen coincidir con él- no concibe un liderazgo no carismático, ajeno a las multitudes y que no se caracterice por sus rápidos golpes de inteligencia. No se imagina un líder de la revolución carente de una explosiva personalidad como la suya. Pero sea lo que fuere, la alianza con Raúl le proporcionó fuerza en momentos difíciles, aunque haya minado un tanto su dominio incompartido. Es una tendencia que podría hacerse ingobernable. Y a su edad, más aún.
Décima
Si el distanciamiento entre los dos hermanos llega en Fidel a convertirse en convicción, podrían tal vez quedar destruidas las posibilidades sucesorales de Raúl. Mas en la historia se han visto casos similares que no se resolvieron a favor del líder fundamental. En este punto y a manera de conclusión vale la pena destacar por pertinentes otros aspectos del ejemplo comentado en el capítulo final. La Unión Soviética vivió situaciones de extrema tensión debido al accidente cardiovascular de Lenin. El histórico líder había roto relaciones personales con Stalin, de cuyas escondidas intenciones había comenzado a sospechar. Stalin prefirió guardar un prudente silencio. Había acumulado ya mucho poder y lo que menos le convenía era provocar la cólera del idolatrado dirigente de los bolcheviques. Un segundo ataque se llevó a Lenin. Stalin debió respirar hondo. Con el poder empuñado, el feroz georgiano no tuvo nada que temer. Circularon, claro está, las críticas que Lenin le había dirigido. El fundador del partido ya había sido exaltado como un ícono, pero la burocracia necesitaba a Stalin. Raúl pudiera ser, al menos por un tiempo, la garantía de continuidad de la clase burocrática. En el firmamento revolotean dirigentes sin cimientos. Sólo Raúl tiene bases propias y de allí que también a él el caucus politico-militar pudiera necesitarlo. ¡Pero qué difícil es repetir experiencias históricas! La sumisión del partido y el ejército a Stalin era muy alta y sin embargo el georgiano tuvo que aplicar purgas de una ferocidad satánica. Pudo incluso ser derrotado si sus rivales se hubieran unido para enfrentarlo. Pero la historia decidió que no dieran ese paso y Stalin los batió al detal, haciendo alianzas siniestras.
¿Podría o tendría la voluntad Raúl, en su aislado país, para afirmar su poder sobre una montaña de cadáveres? Algunos lo creen. Yo lo dudo.
Décima Primera
La influencia de Fidel sobre Chávez está fuera de dudas y puede apreciarse en el lenguaje y las iniciativas de provocación internacional desplegadas por el presidente venezolano, tan del corte del Castro de las dos primeras décadas de revolución. En contraste, la influencia de Chávez sobre Fidel se vislumbra en el nuevo activismo que ha levantado de su lecho de convaleciente al viejo ciclón del Caribe. Antes de morir, Fidel quiere ver materializado el apotegma de los dos, tres, muchos Vietnam, posibilidad que en su ánimo decaído había desterrado. Pero la historia tiene sus astucias. Lo que no pudo conseguirse con las armas de repente parece viable por el camino electoral, con base en la experiencia venezolana. Es la nueva orden del día convertida en postrera pasión de Castro. Como el moribundo que cree haber encontrado la salvación cuando todo parece perdido, Fidel intenta ser el líder de siempre, lo que puede influir en los reacomodos aperturistas que hierven en su entorno. La premisa de este viraje caído del cielo es que Venezuela parece enrumbada a llenar el vacío de la URSS. Un financiamiento amplio que le daría de nuevo al César del Caribe un lugar en el centro de la guerra asimétrica. ¡A las armas, camaradas, a las armas! ¡El día de gloria, ha llegado!
Aunque alimente las nostalgias de Fidel, todo esto no es sino ilusión. Las supuestas victorias electorales esperadas por el caudillo más bien crean nuevos problemas y frustraciones. Así debe percibir lo ocurrido en Brasil, Uruguay y en cierto modo Argentina. Bolivia misma, mientras levanta más su retórica fidelo-chavista, entra en la dinámica de la aborrecida CAN, demostrando que su corazón está en un lado y su estómago en otro. Además, es obvio que la prodigalidad chavista no será eficaz frente a un paciente irrecuperable; ni será eterna, porque debido a su alto costo podría volverse sobre el pródigo benefactor, exactamente como sucedió con la poderosa Unión Soviética que durante años se echó al hombro al astuto régimen castrista. Castro, no es impropio decirlo, entona el canto del cisne.
Américo Martín
DEDICO
A Nancy, mi valiente, inteligente y solidaria mujer.
A mis cinco hijos y cinco nietos, la mejor razón para vivir y persistir.
A mi fallecida Maria Eugenia.
A mis compañeros de nuestra particular Larga Marcha.
AGRADEZCO
A Carlos Alberto Montaner.
A Jaime Suchlicki, Director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos, quien me brindó la facilidad de una oficina, el acceso a fuentes bibliográficas estupendas y la simpatía y ayuda del personal del Instituto.
Al personal del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos y de modo especial a la grata amiga María del Carmen Uriza.
A las personalidades que tuvieron la amabilidad de conversar conmigo dejándome conocer sus valiosas experiencias y reflexiones.
INDICE
● Prólogo
● Uno: La debilidad en la fuerza
* Curiosa institucionalización del proceso
revolucionario
* El Castillo de Kafka
* La sacralización del caudillo
* El ocaso de los cuadros de Fidel
* De Barba Blanca a Barba Roja
● Dos: ¿Sucesión o Transición?
* Cuba
* Dudas viejas y dudas nuevas
* ¿Quiénes son los nuevos reformistas?
* Raúl y las Far
* ¿La sed del poder?: victimarios y víctimas
* Progresos de Raúl: la caída de Abrantes y el Período Especial
* Fórmulas Alternas
* Empresas militares: nuevo poder en Cuba
* La carta china
* La carta venezolana
* El dilema de las “cartas”
● Epílogo
* Reflexiones básicas
PRÓLOGO
Todos los comunistas deben saber que el poder está en la boca fusil
Mao Zedong
1938
El liderazgo de Fidel es una combinación de romanticismo antiamericano y autoritario populista, enraizado más en la ambición personal y el nacionalismo cubano que en abstractas ideologías
Hugh Thomas
1984
Este libro ha tenido una trayectoria especial. Con el respaldo del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano americanos dirigido por el profesor Jaime Suchliki, pretendió ser una biografía de Raúl Castro. Aunque un hombre tan poco expresivo y, digámoslo así, desangelado como el Ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba no parece el personaje más apropiado para ser el alma de una biografía, su condición de posible sucesor de Fidel ha despertado un renovado interés en el papel que representará en un momento tan dilemático. Debido a la encrucijada en que se encuentra atascada la revolución cubana y la posibilidad avizorada de que con el acceso al poder por parte del hermano menor sobrevengan cambios muy profundos en la congelada situación de su país, el carácter misterioso de Raúl hace muy prometedora una biografía que expusiera el significado de sus silencios.
Muy pocos entre los estudiosos de la historia de Cuba y específicamente de su revolución, son los que aún creen que la sucesión cubana transcurrirá en forma tranquila y sin mayores problemas. Piensan que mediante la alianza de Raúl con los militares y la masiva asistencia económica de Hugo Chávez, la exangüe revolución cubana pasará satisfactoriamente el trance. Como se apreciará de la lectura de En la boca del fusil, no es esa la posición de su autor.
Pero la complejidad de la transición impuso el primer cambio en la estructura de la obra. En lugar de una biografía sobre el todavía sucesor oficial fue preferible estudiar el fenómeno castrista en su plenitud, de cara a la cercanía del desenlace inevitable. El libro se centró en el origen y el destino de los hermanos Castro, la fuente de sus ideas, su manera de pensar, las ideologías que han venido a conformar su pensamiento. Pero cuando parecía que estábamos listos para la publicación, Leonardo Milla, el director de Alfadil, hizo una nueva sugerencia que me pareció acertada. Propuso que a partir de lo escrito y con las necesarias ampliaciones y desarrollos que inmediatamente emprendí, se editaran no una sino dos obras. La primera se consagraría al gran tema de la sucesión de Fidel Castro, poniendo al descubierto la peligrosa y escondida pugna que en estos momentos se está desarrollando en Cuba, y revelando los escenarios probables y los cambios de política que pudieran sobrevenir. He sentado a Raúl y Fidel en una mesa de bacará, frente a frente. El máximo líder tiene en su mano la carta venezolana y su hermano la carta china. Por encima de cualquier otra circunstancia, las profundas diferencias en torno al futuro de la revolución están separando cada vez más a los dos hegemones de Cuba, sin que se aprecie algún deterioro de la probada lealtad que Raúl le debe a Fidel. En cambio, las dudas de éste sobre la real aptitud del otro para la tarea de defender su legado se han acrecentado envolviendo el peligroso tema ideológico. Se ha hecho más clara la simpatía de Raúl por la vía china y vietnamita, que Fidel rechaza. A partir de tan considerables diferencias resulta fascinante analizar la consistencia de estos consensos y conflictos a lo largo del proceso revolucionario. Que Raúl sea más humano que Fidel y menos aficionado a las aventuras y actos espectaculares, es una realidad perfectamente perceptible en la dinámica de sus contradicciones.
Con En la boca del fusil concluyo una serie destinada a descubrir las raíces del autoritarismo en América. Llevo algo más de seis años de investigación. He estudiado la historia y la realidad contemporánea de casi todos los países de América, que me han servido para fundamentar empíricamente la naturaleza del fenómeno autoritario en la serie de libros arriba indicada. El primero lo escribí en el año 2001, el segundo en el 2005 y el tercero es el que estoy dando a los lectores en este momento. Llevan los siguientes títulos: América y Fidel Castro, La Pesada Planta del Paquidermo y En la Boca del Fusil.
Con buenas razones se me ha preguntado si no es excesivo que de tres libros destinados a reflexionar sobre el autoritarismo en este continente en dos de ellos aparezca Fidel Castro como protagonista principal. Al fin y al cabo Cuba es de los países más pobres de América después de haber figurado entre los más ricos en la víspera del triunfo de la revolución; carece de fuentes energéticas, su impacto mundial está reducido a la mínima expresión y no tiene músculo para emprender un desarrollo autosustentado. Pero con todo sigue siendo la Meca –ya no exclusiva- de las corrientes revolucionarias extremas. La fuerte personalidad de su caudillo paraliza y atrae a gobiernos y movimientos que sin ser radicales se sienten puerilmente deslumbrados por el audaz aventurero cubano. El sistema de la isla llama la atención y repele y en este momento, desde su agonía, gana alguna batalla, como el Cid. Es casi mágica la influencia del caudillo cubano en el ruidoso presidente de Venezuela que, sin contrapartida económica o política, vierte sobre la isla recursos caudalosos. Arrastrado por el curso de la investigación he terminado colocado, cualquiera que fuese la ruta emprendida, frente al régimen dirigido por Fidel, el más grande de los caudillos de América y el jefe absoluto del único sistema totalitario en América. Pero con En la boca del fusil he hecho mi último exorcismo. A partir de mi próxima obra el anciano dictador no figurará o ya no será el primer actor de la contienda.
Jorge Luis Borges ha recordado que a don Francisco de Quevedo le resultaban abominables los prólogos largos. No irrespetaré su ilustre memoria incurriendo en lo que tanto disgustaba a uno de los máximos exponentes del siglo de oro español. El mío será más bien corto porque confío en que el libro pueda sostenerse por sí mismo sin necesidad de redundantes glosas.
- I -
LA DEBILIDAD EN LA FUERZA
Toda la estructura del estado está reproducida en la contrainteligencia cubana del MININT. Para cada unidad administrativa u organización de masas, hay un oficial ININT que enlaza al jefe del organismo, el secretario del partido y el jefe de seguridad. Nadie puede saber quienes son los informantes del MININT en el centro de trabajo o estudio, ni siquiera el jefe administrativo o el secretario del partido, porque ellos también son vigilados
Me encontré nuevamente con Barba Roja en el edificio del Comité Central, fortaleza a la que se llega subiendo por una rampa cuidadosamente vigilada por hombres armados. Era una estructura gris de aspecto monacal, en el estilo patentado por los comunistas del este europeo. Al llegar a la entrada descendimos del carro oficial que nos transportaba y pude ver, al frente, al Apóstol mirando la plaza vacía. Un hombre de seguridad me condujo al ascensor. Al abrirse la puerta del piso superior, desde un pequeño cubículo me saludó agitando la mano Norberto Hernández Curbelo, hasta hacía poco embajador de Cuba en Venezuela y con quien solía reunirme en Caracas. Por fin llegamos al despacho de Piñeiro. Estaba parado bajo el dintel de la puerta. Con un amplio gesto me invitó a pasar. La oficina impresionaba por su magnitud y la ordenada disposición del mobiliario, los libros, papeles y teléfonos. Ya me había reunido antes con este hombre cordial y ocurrente y pronto lo volvería a hacer, esta vez con la participación de Fidel. Me impresionaron sus manos, pequeñas y bien cuidadas y su aspecto general, distinto al desaliñado y desenfadado personaje que conocí en 1959, recién caído Batista. Entonces Cuba era un carnaval libertario; hoy reina un silencio de cementerio. Piñeiro siempre trabajó en seguridad y por eso fue el fundador y alma del Departamento América, en el cual nos encontrábamos. La era romántica de la revolución había pasado. Ahora las figuras más temidas eran los militares de alto rango, los hombres de seguridad y Tropas Especiales y los aventureros del Departamento de Barba Roja. El ambiente general era opresivo. Todos se cuidaban de alguien o de algo. Incluyendo los líderes del partido y el propio Piñeiro.
Ya tarde, al salir de la oficina, me acompañó en un paseo informal hasta la calle. Se venía la noche encima y entonces, bruscamente, me sondeó:
- ¿Estás con los chinos o con los soviéticos?
Suponiendo que la pregunta fuera de encargo, preferí cuidar mi respuesta.
- Ni con uno ni con el otro, respondí. Hoy pelean y piden solidaridades pero mañana pueden entenderse dejando a los felicitadores en el medio de la calle, batiendo palmas inútiles.
No dijo nada pero sospeché que no le había disgustado lo que dije. Al fin y al cabo algo es algo y el asedio contra los maoístas había comenzado en serio.
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Civiles y Militares: encuentros y desencuentros
En la historia de Cuba republicana se alternan los civiles con los militares La coexistencia produjo recíprocas influencias: la tendencia militar a intervenir en los asuntos políticos y la tendencia en los políticos a valerse de los medios militares. El presidente civil Ramón Grau San Martín propició la invasión militar de República Dominicana organizando un ejército de 1.500 caóticos voluntarios, y el civil Carlos Prío Socarrás fue desde fines de la década de los años 1940 uno de los principales organizadores y financistas de la Legión del Caribe organización diseñada para combatir con las armas las dictaduras. En la acera opuesta el militar general Fulgencio Batista llegó a ser uno de los más refinados y astutos políticos de todos los tiempos, no especialmente dotado para desempeñarse en escenarios de guerra.
. Prío, Sánchez Arango, Tony Varona y otros líderes de la llamada Generación de 1930 -todos ellos destacados dirigentes civiles-organizaron grupos revolucionarios para derrocar por las armas la dictadura batistera y en cambio Batista ganó la presidencia en las elecciones de 1940 y le puso el ejecútese a la emblemática Constitución de ese año, que fuera recibida como la más democrática y avanzada de Latinoamérica. Por si fuera poco, cumplido su mandato legal entregó pacíficamente el poder a Grau San Martín cuando éste a su vez lo derrotó en las elecciones de 1944. Pero a pesar de todo eso, Batista había levantado en 1933 a los sargentos desde el cuartel de Columbia para obtener la renuncia del efímero gobierno encabezado por Carlos Manuel Céspedes (h) y volverá a las andadas al dirigir el golpe de estado de 1952 que abriría el camino hacia el callejón bloqueado en que se encuentra Cuba en la actualidad..
Castro es una buena muestra de semejante híbrido militar-civil. Sin que las circunstancias le resultaran muy propicias fue – o intentó serlo- dirigente estudiantil desde su ingreso en la Universidad en 1943; más tarde se recibirá abogado de la República, y poco después es nombrado candidato del partido ortodoxo a la Cámara de Diputados en las elecciones que fueron abortadas por el golpe de Batista. En esas ocasiones la flauta no le sonó. En cambio alcanzó mayor reputación en el oficio de las armas. El futuro señor de la guerra fue también un joven de armas tomar en la lucha que estremeció a Cuba durante los años 1949 entre pandillas terroristas universitarias. Su vocación bélica, no obstante su formación civil se hizo presente en la organización del Movimiento 26 de Julio. Fue esa, en definición de Norberto Fuentes, una maquinaria militar dotada de un excelente equipo de propaganda. La anatomía y funcionamiento del M 26-7 le daban el carácter de grupo armado más que de un partido político: sus formas organizativas y disciplina fueron siempre de naturaleza militar. A partir de entonces, Fidel logró la admiración internacional ya no como líder civil, sino como comandante de una guerra irregular de la que emanarán las poderosas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba-
Por voluntad del caudillo, el sistema cubano se afinca ante todo en esas fuerzas armadas y en un sistema avasallante de inteligencia y contrainteligencia, además de los CDR y Federación de Mujeres, que actúan bajo tutela militar y están integradas a los planes de defensa centralizados en Fidel y Raúl. Los dos máximos jefes de la revolución y el exangüe Comité Central no confían en el pueblo al que tanto invocan. Las menciones al papel hegemónico del proletariado y campesinado plagan sus discursos, sin ser otra cosa en realidad que letra muerta, habida cuenta del énfasis absoluto que el régimen ha puesto en el perfeccionamiento del instrumento militar y en los intimidantes mecanismos de vigilancia que asedian también al “hombre de la calle”, vale decir a esos mismos proletarios y campesinos del discurso oficial.
Curiosa institucionalización del proceso revolucionario
En la década de los años 1980, la revolución cubana desfallecía. Fidel tenía casi la convicción de que el socialismo naufragaría. Expresó en Cienfuegos las preocupaciones que lo angustiaban, durante el acto de celebración de la fecha aniversaria de la revolución; y lo hizo con inusual franqueza. Manifestó su temor de que la Unión Soviética estallara en mil pedazos dando lugar a la desintegración de la Meca del comunismo y a la independencia de varias de las Repúblicas que la venían formando. El tiempo le daría la razón. Inquieto por otra parte por lo que el futuro depararía a la revolución cubana, intentó mostrar alguna flexibilidad en su política interior. De alguna manera el espíritu de cambio que soplaba en el mundo socialista se estaba trasladando por la fuerza de la realidad a la hermética Cuba fidelista. Fue entonces cuando se inició el proceso de rectificación del estilo y quedaron arrumbadas por un tiempo teorías ardorosamente discutidas desde los tiempos del Che Guevara, como las referidas al Hombre Nuevo y a los estímulos morales en la gestión de la economía (*). El espacio para el nuevo experimento sería toda la Isla y el método el desarrollo de un debate interno sin restricciones. Corolario del esperado cambio sería la institucionalización del Estado socialista. Dada la magnitud del viraje propiciado, Fidel convocó a un nuevo Congreso del Partido Comunista.
Como era previsible la institucionalización postulada en el Congreso de los comunistas no pasó en ningún momento de ser un buen deseo. Una cosa es dragonear con sonoras generalidades y otra aplicar en el terreno lo que se ofrece. Y en ese punto precisamente se puso de manifiesto la imposibilidad de reformar un sistema internamente derruido como aquel. Abel Sardiñas, en nombre de Fidel, fue el encargado de anunciar el inicio de la amplia controversia sobre la histórica institucionalización de la revolución cubana. Sardiñas habló con voz sentenciosa y solemne. Pero percatándose de repente que en su intervención podía haber ido más lejos de lo que tuviera en mente Fidel Castro, refrenó la elocuencia de sus palabras y emprendió casi inmediatamente el retroceso. El debate –insistió- sería amplio, conforme a lo prometido, pero ¡cuidado!, nada que ver con los cálculos del enemigo.
Sin concesiones a quienes propugnan reformas liberales al estilo europeo
(*) La polémica sobre los “estímulos” está lejos de ser ociosa. En ella está la clave del desenlace del socialismo real que dominó la vida del planeta en el siglo XX. Los estímulos morales se basaban y buscaban la materialización del Hombre Nuevo de la utopía comunista. Para incentivar el trabajo y la productividad no debería recurrirse a premios materiales como alzas de salarios y bonificaciones especiales, sino a medallas honoríficas y placas para los “héroes del trabajo”. Esta insensatez terminó siendo abolida en todas partes y durante varios años en Cuba. El “retorno” a los guevaristas estímulos morales ha sido más que todo retórico.
¿Y qué decir del pluralismo? Tampoco llegó muy lejos este otro rasgo de las democracias dignas de ese nombre. En este punto, Sardiñas dejó los circunloquios aparte y procedió a rechazarlo de manera terminante:
Jamás. La historia prerrevolucionaria demostró la ineficacia del sistema multipartidista y además José Martí no necesitó varios partidos sino que fundó uno solo (1)
Esta vistosa política, vendida como un nuevo golpe de timón aperturista para enmendar errores y correr, ahora sí, hacia el futuro, fue melancólicamente abandonada y luego despreciada. Sobrevino entonces un nuevo viraje, esta vez de signo contrario y claramente dirigido hacia el pasado. La causa de tal retroceso obedeció a que las aperturas económicas y anunciadamente políticas del régimen desataron súbitas e incontrolables fuerzas y agudizaron los problemas internos del fidelismo. Dos décadas después, Fidel puso el epitafio sobre el cadáver de la reforma democracia alentado por los sucesos de Venezuela. Había aparecido un nuevo caudillo que se deshacía en elogios hacia el jaqueado líder cubano.
Fue una verdadera suerte, ni buscada ni esperada, que Chávez sobreviviera a los sucesos del 11 de abril del 2002 y entablara una relación con Fidel que bien podría reputarse de milagrosa. Animado por el potencial venezolano, Castro decidió mandar al diablo las vacilaciones aperturistas y pareció volver a las andadas de los años 1960. Escapa a toda lógica –salvo que la ansiedad de destruir el imperio norteamericano con el método de la confrontación violenta se haya convertido en convicción en Fidel y Chávez- el desigual tejido comercial que configura hoy la relación entre estos socios. Venezuela se ha echado al hombro a la arruinada Cuba sólo porque quiere colocar de nuevo a Fidel en el sitial de gladiador antiimperialista. Ni siquiera la vieja Unión Soviética incurrió en la descabellada generosidad con su aliado en que ha caído –y probablemente sucumbido- el proceso bolivariano. Si a aquella economía le resultó imposible seguir cargando con el disparate cubano, se percibe ya que Venezuela no podrá sostener semejante fardo por mucho tiempo, muy a pesar de que en 2006 y 2007 se mantengan muy elevados, como parece probable, los precios del petróleo.
Al imaginar el postfidelismo deberíamos reflexionar sobre la manzana envenenada que van a recibir el o los posibles sucesores de Castro. No les será fácil digerirla ni hacerlo sin el peligro de rupturas probablemente inesperadas. Fidel ha creado un mecanismo inexorable que solo él puede entender y operar. Quien ocupe su puesto no lo hará como un heredero normal en un país cualquiera. La complejísima estructura del poder fidelista parece la obra de un desquiciado pero no es así; tiene lógica, si se quiere, muy sabia. Es la lógica de quien se siente –con razón o sin ella- asediado por enemigos en buena parte creados por su desbordada imaginación. Castro ha envejecido en el mando. Durante todo el tiempo su preocupación principal ha sido salvar la revolución, vale decir: impedir que nadie tenga la ocurrencia de arrebatarle el poder. Se comprende que muchos de los escudos que se han venido levantando con el fin de proteger el régimen cubano puedan ser válidos solamente para el piloto que los ha diseñado, y allí radica su fuerza. Pero podría perfectamente ocurrir que, como el carro de fuego de Apolo en manos de su hijo Faetón, destruya al impreparado auriga que quiera ocupar su puesto. La fuerza, convertida en debilidad.
Aparte de las muy importantes razones históricas y de las relacionadas con su indudable carisma, el componente esencial de los fuertes cimientos sobre los que se levanta el poder de Fidel Castro es de una naturaleza más tangible, material, fácilmente mensurable. A lo largo de casi cinco décadas de haber conquistado el poder, el caudillo ha venido construyendo una hermética estructura de mando paralela a la del Estado cubano, tal como se describe éste en el ordenamiento legal. No obstante, ese Estado, el mencionado y detallado por la Constitución y las leyes, es en buena medida una fachada del poder real que desde la sombra se impone a todo ser viviente en Cuba. Porque mientras el Estado verdadero no se divisa con facilidad, salvo en la preeminencia del caudillo, el ornamental se exhibe con maniática minuciosidad. Es la realidad invertida que creía ver Platón: la sustancia no está en las sombras que vemos. Los sentidos nos engañan: ante nosotros se levanta un mundo que sólo de manera muy imperfecta refleja la inalcanzable verdad. Reunidas ambas dimensiones en el caso del modelo cubano, ofrecen a la vista una caótica duplicidad y triplicidad de competencias, una adiposa burocratización e insólitos niveles de corrupción.
Fidel Castro es el Presidente del Consejo de Estado, del Consejo de Ministros y del Consejo Militar que tutela en tiempos de guerra las actividades de MINFAR y MININT. Por si fuera poco, es Comandante en Jefe de las FAR y Primer Secretario del Partido Comunista. Tantas funciones concentradas en una sola persona no se vieron ni siquiera en esas versiones modernas del absolutismo monárquico que son los estados socialistas marxista-leninistas, surgidos y en su mayoría fallecidos durante el siglo XX. Es un poder tan absoluto como el de Luís XIV o el de cualquiera de los reyes de origen divino que fueron cuestionados en el Siglo de las Luces y derribados paso a paso desde fines del siglo XVIII. Lo peculiar del caso cubano actual es que casi ninguna de las competencias de Castro es honorífica: el caudillo no permite a nadie que las ejerzan por él, así se paguen altos costos por ineficiencia, se paralicen áreas enteras de la Administración y se desorganicen actividades fundamentales. En tiempos de guerra, este hegemón se convierte automáticamente en comandante directo de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior, los dos repartimientos administrativos más relevantes y temidos. No podemos descansar en la esperanza de que los tiempos de guerra, como en la mayoría de los países, sean excepcionales. El concepto en sí no está precisado en la Constitución, quedando su significado a la libre interpretación del propio caudillo. Y ya sabemos que sus definiciones al respecto son buidas y elásticas. Por ejemplo, no ha cesado de hablar de inminentes invasiones, ni de ver una peligrosa conspiración contrarrevolucionaria en la más inocente de las actividades de la vigilada disidencia. Tiempos de guerra, pues
Las órdenes inapelables que Castro emite en cualquier ocasión o hace fluir a través de la estructura de la Administración Publica y en parte fuera de ella, se cimentan en el Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe (en adelante G.C.A.C.J). Como es lógico, este grupo sólo le rinde cuentas al Comandante en Jefe. Nadie más puede solicitarle informes, por mas nimios que sean, ni mucho menos impartirle instrucciones. Nada de raro tiene que del G.C.A.C.J emanaran muy pronto los principales delfines. Obsecuentes, brillantes, ávidos de poder pero sin plena conciencia del carácter vicario del que se les había concedido, los delfines ocuparon los lugares estelares del Estado, sólo para descubrir la precariedad de su recién alcanzada prominencia.
El problema es que ni siquiera los delfines pueden considerarse fuera de peligro mientras viva Fidel. Eso lo sintieron como una llaga de luz en su piel, dos antiguos delfines hoy caídos en desgracia: Roberto Robaina y Carlos Aldana. Ambos alcanzaron las más altas posiciones en el partido y el Estado. Aldana, alguna vez jefe del Despacho de Raúl y responsable del Departamento Ideológico, recibió delicadísimas encomiendas, como la de negociar el retiro de las tropas cubanas de Angola. Al igual que Robaina y Ochoa, cayó sobre su humanidad el sambenito de la corrupción. Parece en efecto demostrado que Aldana incurrió en serios y reiterados delitos contra los caudales públicos. Era pues un corrupto, pero a sabiendas de todos lo que no fue óbice para que se le llegara a considerar el verdadero sucesor de Fidel. La causal empleada para defenestrarlo fue macabra. En el engranaje de la revolución, si los inmorales no llegan a ser una amenaza o perdonándole tendenciosamente sus delitos no son percibidos como tales, seguirán progresando en el proceso fidelista. Eso sí, deberán perfeccionarse en el arte de la adulación y ser útiles a tiempo completo ¿Y quien determinará que llenen tales requisitos? El propio Fidel, el mismo mandatario caprichoso que entre una cosa y otra y sin previo aviso, puede hundir al más cercano de sus colaboradores (*)
.
El Castillo de Kafka
En la cima del organigrama del GCACJ aparecen el Jefe del Departamento, las secretarías correspondientes, traductores e intérpretes. En un
segundo nivel figura el Coordinador General que tiene bajo su dependencia la
Sección de Control y el grupo de Informática, la Estadística y las Comunicaciones. A su vez, la Estadística cuenta con un variado plantel integrado por muchos de los mejores y más formados profesionales de Cuba. Se les asigna a Demografía, Abastecimientos, Salud, Producción, Consumo,
Exportación e Importación, Finanzas, Transporte, Construcción, Agricultura (en los subsectores vegetal, ganadero y piscícola) Energía, Estudios Políticos y
Archivos. Un rápido examen de esas funciones permite concluir que repiten aproximadamente las ejercidas por la Administración formal quedando por fuera aparentemente solo dos áreas importantes: educación y relaciones exteriores. Aparentemente, he dicho. En realidad las orientaciones que se aplican en todos los repartimientos administrativos son impuestas por Fidel Castro, abastecido por su GCACJ
Obsérvese que en la Administración visible, formal, los niveles más altos
(*) No quiero decir que ésta pueda ser una enfermedad propia de las revoluciones y sólo de ellas. En las dictaduras tradicionales y en general donde no exista un estado de derecho o el que haya sea muy precario, sucede exactamente lo mismo. El proceso bolivariano de Venezuela, que está lejos de ser una revolución, incurre con harta frecuencia en lo mismo. La impunidad de los funcionarios y líderes oficialistas se ha hecho proverbial. Las recientes denuncias del magistrado defenestrado Luis Velásquez Alvaray, por ejemplo, se volvieron contra él denunciante únicamente porque se atrevió a disentir de las más encumbradas autoridades
son el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, el Comité Central del Partido Comunista y el Consejo Militar. Todos sin excepción son presididos y dirigidos por el caudillo. Y no se detiene ahí su omnipresencia en la innumerable
extensión del Estado. Algunos Departamentos o incluso simples programas que
a criterio del Comandante en Jefe sean especialmente significativos pueden caer bajo su dirección personal, que ejerce pasando por encima de Ministerios o
instancias superiores. Ya se ha hablado de las licencias que el hombre se toma
en relación con cualquier nivel administrativo, sólo guiado por lo que en un momento dado llame su atención (*)
Es fácil saber cuándo ocurre eso. Basta seguir la historia de sus grandes decisiones internas o internacionales para darse una idea de cómo ejerce el
poder Fidel Castro. Organizador directo de operaciones militares encubiertas en prácticamente todos los continentes, ya lo hemos visto dirigiendo hasta en los detalles más inocuos los desembarcos de Punto Fijo y Machurucuto en Venezuela, los altibajos de la guerra en Nicaragua, las operaciones del Movimiento Farabundo Martí en El Salvador o la abortada guerrilla argentina encabezada por Ricardo Masseti. No todas las iniciativas de Castro son, como las mencionadas, plenamente clandestinas. En realidad muchas de las actividades que se escenificaron en África y Medio Oriente se dotaron de una cierta legalidad y por lo tanto se desarrollaron a la luz del día. Fueron asumidas
(*) Para entender el laberinto de la administración pública del Estado cubano, me han sido muy útiles las notas y referencias recogidas por Eduardo Prida, cuya buena disposición en la dura faena de esclarecer el mecanismo totalitario, es digna de encomio (2)
públicamente por Cuba en respuesta a llamados de gobiernos tambaleantes, pero de todas maneras aun en esos casos el hecho es que numerosas de las operaciones relacionadas fueron cuidadosamente invisibles. En todas ellas está la presencia directa del caudillo, aunque muchas veces perjudicando más que favoreciendo sus propósitos, tales las guerras conducidas por Ochoa y demás oficiales del ejército expedicionario cubano en Nicaragua, Argelia, el Congo, Angola, Guinea Bisseau, Etiopia-Somalia. Para registro público se asegura que Fidel fue más comandante de todas ellas que lo hayan sido los generales en el terreno. Por supuesto, es falso, pero Castro lo cree al punto de ufanarse de su habilidad para desarrollar guerras teledirigidas, en medio de los fáciles aplausos de sus fieles. No tiene el menor inconveniente en recoger y borrar hechos y hasta elogios que él mismo hubiera prodigado. En este sentido, Fidel pudo matar dos veces a Ochoa. La primera, de espaldas al paredón de fusilamiento; la segunda, al destruir su obra de la cual, al igual que todos los cubanos, decía sentirse orgulloso. El máximo líder resolvió mentir con fría impasibilidad:
“Las decisiones fundamentales fueron tomadas desde Cuba (…) Nosotros teníamos compañeros que tenían que cumplir allí las ordenes. Las instrucciones y los planes del Estado Mayor (…) La dirección de las operaciones militares estaba aquí en Cuba (…) Ochoa en ese momento era muy ineficiente (…) Nosotros le dimos la misión administrativa general pero no la dirección de las tropas” (3)
Fidel mentía a sabiendas y eso no se le escapó a un gran número de militantes acostumbrados a celebrar las victorias de los ejércitos cubanos y a enaltecer al más gallardo de sus oficiales: Arnaldo Ochoa. Era tan apreciada la reputación del general Ochoa, que los militares del ejército soviético aceptaron su jefatura en el casi único escenario africano en que la URSS participó con tropas. Las fuerzas soviéticas, cubanas y etíopes se enfrentaban a la aguerrida Somalia en defensa del régimen de Mengistu Haile Mariam. Nadie objetó que la jefatura de las fuerzas coaligadas recayera en Ochoa y no era para menos. La batalla principal en Somalia, la de Kara Marda, junto con la de Cuito Cuanavale en Angola (*) levantaron el prestigio de Ochoa a la altura de los grandes generales de este tiempo. Eso, como es natural, mortificaba a Fidel y de allí su mezquino alegato a favor de las operaciones “teledirigidas” por él, desde La
Habana. He ahí de nuevo la fuerza como expresión de la debilidad.
Es importante subrayar la directa relación anudada por Fidel con Tony de la Guardia y Manuel Piñeiro, por la conexión que ambos tenían con actividades
en gran escala emprendidas secretamente por el gobierno cubano, tales como la lucha -guerrillera o no, armada o política- en las Américas del Norte, el Centro (incluida la región del Caribe) y el Sur. Decir Antonio de La Guardia y Manuel
Piñeiro es también decir, por una parte, Tropas Especiales y Moneda Convertible (MC) que eran secciones del MININT, y por la otra, Departamento
América, herramienta de la lucha armada latinoamericana en las décadas de los 60 y 70, así como de las complejas manipulaciones fidelistas que envolvieron a
(*) Con una salvedad digna de tomarse en cuenta. La batalla de Kara Marda fue exitosa no sólo porque se capturaron las montañas que escondían a los aguerridos soldados somalíes, sino porque las fuerzas conjuntas comandadas por el general Ochoa sufrieron pocas bajas. Fue una victoria limpia y clara. En cambio en Cuito Cuanavale las fuerzas fidelistas perdieron una cantidad inaceptable de hombres. Las cifras de muertos cubanos, por escandalosamente altas, se ocultaron al pueblo de la Isla y hasta donde fue posible hacerlo, al mundo. Fue –en palabras de Benigno- una victoria pírrica
los presidentes Allende y Velasco Alvarado. Para guardar la flexibilidad exigida
por la naturaleza de su misión, el Departamento América -mientras existió con ese nombre- era autónomo en relación con el partido, el gobierno y el Ministerio
del Interior (*)
La autonomía de órganos públicos obedece en Cuba, más que a una necesidad derivada de la flexibilidad funcional, a la prerrogativa, en cabeza del caudillo, de extender su directo control sobre áreas que considera decisivas del hacer público. En última instancia lo decisivo será el temor de que importantes sectores del poder cobren vida y se desarrollen con dinámica propia. Pero como
eso, por lógicas razones, resulta difícil, la Administración Pública sigue dominada por la ambigüedad supramencionada después de cinco largas décadas
El Consejo de Estado
El Consejo de Estado ha adquirido una influencia determinante tanto en el gobierno como en el partido mismo, aunque se trate de un poder reflejo, vicario. Cuenta con 23 miembros. Son los más altos representantes del poder político. Antes he advertido que la estructura constitucional del Estado Cubano es poco más que una mascarada pero conviene precisar que también ella está signada
(*) Al terminar de detallar la arquitectura del poder fidelista, volveré sobre las actividades de Tony de La Guardia y Manuel Piñeiro, precisamente por ser las operaciones encubiertas una parte muy significativa de las largas dimensiones del brazo de Fidel y al propio tiempo una fuente de la constante expansión de su inmenso predominio.
por la ambigüedad. Los órganos supremos del poder carecen de luz propia. No son nada si los comparamos con Fidel, pero en relación con los ciudadanos su dominio y la impunidad de sus actos son aplastantes, no obstante que su
estabilidad dependa del capricho del César revolucionario. Bastaría pasar la lista de esos nombres para comprender el juego de los ascensos y las caídas en desgracia que han marcado por décadas el proceso revolucionario cubano. Hay detalles extremadamente llamativos en esa nómina, encabezada por supuesto por Fidel y Raúl. El general Ramiro Valdés fue incorporado a ella después de haber sido separado de todos sus cargos por causas no claramente determinables. Reivindicado, seguramente por decisión del máximo líder, aparece en la cumbre. Es un salto que sólo se explica por secretas razones
políticas, porque Valdés fue un hombre de Fidel, incluso a efectos de neutralizar
un poco a Raúl. El historial de Valdés en la lucha armada y al frente del MININT le granjeó una reputación de valiente, apto y leal al comandante en jefe, pero al mismo tiempo se le consideraba sanguinario, corrupto y como ya se ha dicho, enemigo de Raúl. Es de aceptación común que la rivalidad entre Raúl Castro y Ramiro Valdés se remonta cuando menos a los primeros días del triunfo de la revolución. Envidia, celos y profundas diferencias en el temperamento y en la forma de conducir la guerra alimentaron el conflicto, en cuyo desarrollo juega un papel importante la calculada protección que Fidel le dispensaba a Ramiro, a quien Raúl quería fuera del movimiento o peor: en la cárcel o quizá de espaldas al paredón.
El Consejo de Estado no sólo es la cumbre del poder visible sino que tiende a extender el ámbito de su competencia. De hecho, sustituyó a la Asamblea Nacional del Poder Popular (en adelante ANPP) en lo concerniente a la función legislativa, que en cualquier parte se reserva el Parlamento. En teoría, desde luego, no es así, pero ya sabemos que en Cuba hay -digámoslo de esta manera- una realidad virtual y otra material. Los órganos de la administración se duplican incesantemente como en un cuarto de espejos.
Forzosamente debemos dudar de la existencia verdadera de lo que se
presenta a nuestra vista. Nada es como parece y eso vale también para las competencias legislativas. Por su naturaleza, las decisiones del Consejo de Estado no deberían sobrepasar los límites de lo consultivo, pero desde el momento que se imponen a otros niveles del estado y especialmente a la ANPP, adquieren carácter vinculante, lo que no podría ocurrir sin arrebatar y
apropiarse de competencias atribuidas por la Constitución a otros órganos. Lo irónico es que -insistimos: siempre en el papel- la ANNP tiene facultades constitucionales. Esto es más de lo que podría aspirar cualquier otro parlamento en países donde rija el estado de derecho. ¿Por qué semejante licencia? La respuesta es simple como el pan: porque el gobierno dispone de un fácil y nada engorroso instrumento para modificar cuando lo considere conveniente su propia constitución. Se trata pues de musculatura postiza.
Ricardo Alarcón: difícil equilibrio
Todo eso explica la falta de fuerza real de un hombre como Ricardo Alarcón, muy a pesar de la alta visibilidad que durante largo tiempo le han proporcionado sus muchos cargos en el gobierno y su condición de presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP). En rigor, esas posiciones no han pasado de darle un poder virtual; y es comprensible si tenemos presente la índole de la ANPP. La natural capacidad política de Alarcón no puede desplegarse sobre la cubierta del barco de papel que, con un nombre tan pomposo, le ha tocado en suerte comandar. De la índole falaz de semejante cuerpo legislativo se percatara el menos avisado de los observadores, no bien se detenga a pensar en la forma como se eligen sus febles representantes. La tercera parte de ellos es designada a dedo por el Partido Comunista. El resto resulta de escogencias por barrios sin la más mínima posibilidad de debates plurales, porque el único partido tolerado es el oficialista y en consecuencia los nominados lo serán por las organizaciones comunistas del sector. El voto, por supuesto, es a brazo alzado quedando borrada la cobertura del secreto. Nadie podrá elegir libremente candidatos o postularlos, nadie podrá escapar de la temible vigilancia de los oficiales de inteligencia y contrainteligencia. Incluso en países donde la libertad política está celosamente resguardada y pocos temen proclamar los nombres de quienes hayan favorecido en los comicios, se ha consagrado el secreto del voto como la mejor manera de proteger la incorruptibilidad de la institución del sufragio.
Se explica entonces por qué en Cuba se excluye esa previsión. Siendo el de la Isla un sistema totalitario, debe asegurarse que no haya voces disonantes en la ANPP y por eso todo el dispositivo electoral es abierto a la vigilancia del Estado. En este pomposo órgano previsto en la Constitución no podrán colarse disidentes marrulleros, desde que no pueden ni siquiera ser postulados. No lo serán sino quienes gocen de la irrestricta confianza del caucus revolucionario. Poder tan escaso de poder como el mencionado, no está en capacidad de sorprender a nadie con alguna ley o resolución inesperadas. Carente por completo de autonomía real, en esta peculiar legislatura no hay ni podrá haber sorpresas de ningún tipo. Sus deliberaciones, cuando las haya, serán intrascendentes.
Sobra decir que los legisladores no están protegidos por la inmunidad parlamentaria y están conscientes de ser sujetos, por supuesto, de privilegios pero en última instancia sus derechos humanos y libertades fundamentales carecen de abrigos constitucionales o legales. A sabiendas de que el encumbrado de hoy puede precipitarse al suelo en cualquier momento, las discrepancias no afloran sino dentro de los parámetros permitidos por Fidel. Perder el respaldo en la cumbre puede ser desagradable en las sociedades democráticas pero siempre hay la opción de ejercer políticas de oposición en el marco de un estado de derecho, que coloca todas las autoridades bajo la supremacía de la ley y tiene entre sus principios la alternabilidad. En cambio en un territorio donde no haya garantías ni para los más altos funcionarios, en el que todo esté invadido por un clima de terror, y donde por si fuera poco el sistema –por mandato constitucional- es irrevocable, el pan de hoy puede convertirse inesperadamente en muerte súbita o tortura o reclusión infinita en cárceles inhóspitas. Mal puede esperarse que en condiciones tales la ANPP haga otra cosa que aprobar cuanto antes y sin modificaciones lo previamente resuelto en las esferas privativas del caudillo. Se sigue de esto la innecesidad de consumir demasiado tiempo en debates parlamentarios, tal como ocurre en las sociedades democráticas. Allí donde prevalece el estado de derecho, el Parlamento es la institución clave, trátese de regimenes presidencialistas, parlamentarios o presidencialistas bajo control parlamentario. Porque conforme al principio de legalidad la ley se impone a todos y es el Parlamento el competente para dictarla (*)
Es natural que en Cuba los legisladores se reúnan apenas en dos ocasiones cada año y únicamente por cuatro días cada una. Y a veces menos. En el brevísimo tiempo del dispuesto para cumplir sus obligaciones constitucionales, la ANPP no puede hacer cosa distinta –ni se atrevería a
hacerla- a la de sancionar perentoriamente los proyectos de ley presentados por el Consejo de Estado. No hay representante capaz de hacer alguna objeción, así sea menor. Todos levantan la mano como aplicados revolucionarios, empezando por su presidente Ricardo Alarcón Quesada.
Pero por otra parte, Alarcón es tenido como uno de los dirigentes que, con
(*)Es verdad, en muchas sedicentes democracias, los poderes fácticos se imponen al principio de la supremacía legal por haber un evidente predominio de elites privilegiadas, pero aún en los casos más extremos en este sentido, quedan siempre abiertas numerosas rendijas para que una oposición fuerte aliente la renovación del mando tanto en el Poder Ejecutivo como en el Legislativo y los estados y poderes locales.
Lage y Pérez Roque, pudiera jugar un papel importante en el postfidelismo. Prefiero no dudarlo. Lo conozco personalmente y sé que sabe moverse en aguas cenagosas. Sobrevivió a los manejos de Aníbal Escalante a la sombra del canciller Raúl Roa. Es hábil, inteligente y no exhibe especiales máculas de corrupción, lo que ya es decir. Alarcón tiene nombre pero no fuerza. No sería imposible que la proyección virtual que le confiere su condición de presidente del enclenque poder legislativo deviniera real en la confusión que desatará la muerte de Fidel. Así por lo menos ocurrió en el caso de Joaquín Balaguer, tenaz
Presidente de Republica Dominicana a las finales del trujillismo, que con sangre fría e inaudita habilidad le proporcionó enorme potencia a un cargo de fachada, y
después se convirtió en el hombre fuerte de la democracia dominicana. Es improbable que lo mismo suceda con Alarcón, pero el postfidelismo es una dimensión desconocida en la que nada puede descartarse. Al entrar de lleno en el tema de la transición me ocupare de nuevo de la interesante situación de los líderes civiles y las opciones que puedan tener frente a los militares.
El Consejo de Ministros y el MININT
El Consejo de Ministros es un órgano auxiliar del máximo líder. A diferencia de la ANPP cumple funciones importantes, como las de llevar la gestión ordinaria, que tanto aburre a Fidel. Muy raramente el caudillo preside sus
reuniones, salvo cuando a su capricho haya algo interesante. Obedientes, los ministros deciden conforme a los deseos del caudillo y si los desconocen tratarán de adivinarlos. En cualquier caso si algo de lo aprobado no satisface al hombre, sencillamente el asunto se desestima sin necesidad de una nueva reunión convocada para proceder por contrario imperio a su anulación. Las resoluciones se ajustan a las pautas dictadas por el GCACJ. No le falta razón al máximo líder en no asistir casi nunca al C.M. ¿Para qué hacerlo si todo lo que este órgano decide está preelaborado por su Grupo de Apoyo, bajo su hermética y diaria vigilancia? Sea por la crónica inasistencia de Fidel o porque éste la aliente, reina en el C.M. una pugna plagada de envidia, mezquindad y zancadillas. ¿Preocupa eso al caudillo? En absoluto. Más bien debería pensarse lo contrario. Castro podría estar insuflándola con el fin de alentar una conflictividad que, preservándole el estatus de árbitro de la causa, lo libre del temor a la formación de coaliciones soterradas, susceptibles de minar su inmenso poderío. En el fondo es una malévola manera de fortificar –más, si cabe- su desproporcionada fuerza interior.
En la medida en que la estructura se proyecta hacia la base de la sociedad las complejidades y el entrevero de competencias se multiplican. En medio de algo parecido al caos organizacional, el punto estable es Fidel. En tiempos de Abrantes y de La Guardia, los militares asignados al MININT y a Tropas Especiales se sentían moralmente ubicados en un lugar muy especial en relación con los de las FAR, al punto de que con frecuencia se saltaban las formalidades del saludo militar, que en cualquier institución armada se debe a los oficiales de grado superior.
El MININT tiene tres viceministros: Seguridad Personal, Seguridad del Estado y Orden Interior. El primero se ocupaba de la protección de Fidel, tarea convertida por Abrantes en una verdadera obsesión. Eran tantos detalles que muchos de ellos escapaban a la mirada de águila de Castro (*), al punto de resignarse a poner su integridad física, su preciada seguridad personal, en manos de otro. Se colocaba así en una clara situación de impotencia. Eso debió
atormentarlo cada vez más. Y era comprensible. Desde el desvanecimiento de la era romántica de la revolución perdía relativamente el control de su propia vida.
Si dadas esas alarmante premisas, al MININT se le hubiera ocurrido hacerle un atentado mientras velaba por su seguridad personal, quizá no hubiese tenido escapatoria. Y en verdad, José Abrantes había montado una diabólica, maniática e impenetrable malla de protección alrededor del caudillo. De nuevo, era esa la fortaleza del líder máximo y también su debilidad. Nadie nunca lo había colocado tan fuera del alcance del enemigo, pero igualmente nadie que sepa lo había tenido tan al alcance de la mano
La sacralización del caudillo
Tal como se dice arriba, Fidel preside de hecho y derecho las FAR y MININT en tiempos de guerra. De esa manera lo establece la Ley de Defensa
(*) Mirada de Águila. La metáfora es de la escritora norteamericana Georgie Anne Geyer quien pese a escribir un interesante y bien documentado libro donde no ahorra criticas a la política y vida personal de Fidel Castro, deja translucir una cierta fascinación por el personaje, muy típica de no pocos intelectuales de países industrializados frente a los llamados fenómenos telúricos del tercer mundo (4)
Nacional promulgada en 1992, fecha contemporánea con el derrumbe de la Unión Soviética. Es difícil no ver la relación entre ambas cosas. La caída del
imperio soviético dejaba a Cuba sin sombrilla protectora y en consecuencia obligada a fortalecer su rigor interno, en abono de lo cual, entre otras fuertes decisiones, estuvo la de concentrar todavía más el poder, pero también a desconcentrarlo en perjuicio de Raúl, como se verá.
En la imposibilidad física de ser gobernadas directamente por Fidel, se inspiran en él y lo tienen por líder único las llamadas desde tiempos de Stalin correas de transmisión, aunque dependan directamente de otros niveles y feudos de la organización. Cuando ya no esté el caudillo, cada uno de estos feudos podría recuperar su territorio porque ya no habrá quien conserve la unidad moral de la organización (*)
Si algo se llevará Fidel a la tumba es su aura de jefe insustituible. Para conservar la unidad de la revolución sobre el légamo de contradicciones y pugnas en todos los niveles del movimiento, esa presencia mística y mítica, como la de un inalcanzable emperador chino, fue inevitable y necesaria. Se trataba del único pegamento que sostenía en última instancia la revolución. Es ésa, quizá, la principal y exclusiva arma de dominio en manos de Fidel. Es por lo tanto su fuerza. Pero también su debilidad porque, desaparecido del panorama,
(*) Correas de transmisión. Nombre ciertamente apropiado porque el partido y el estado soviético, en su afán por objetivar las conductas militantes, postularon y en buena medida logró, construir un partido concebido como el motor de una maquinaria, en cuyo centro está el partido, que dirige a sectores sociales con la ciega operatividad de una correa de transmisión. De allí la tradicional subordinación acrítica a las decisiones del partido comunista y otros similares por parte de sus movimientos juveniles, femeninos, sindicales, campesinos y otros.
nadie estará en condiciones de ocupar semejante sitial sin emprender cambios considerables que, por lo mismo, podrían abrir el camino a fuerzas incontrolables. La sacralización del caudillo cubano no es del todo original. Con ese ingrediente se edificó el pedestal de Mao Zedong y de Kim il Sung cuya función integradora era la misma que reposa en hombros de Castro. Era igualmente un aura celestial el que rodeaba a las antiguas dinastías chinas. El territorio era inmenso, no había administración directa que llegara a todos los rincones y mantuviera el funcionamiento y la independencia. Sólo quedaba el prestigio sagrado del emperador, razón por la cual debía ser constantemente
reverenciado para acentuar sus útiles y necesarios rasgos celestiales. En Cuba esa es precisamente una de las funciones del partido y de sus correas de
transmisión. Nada de lo que diga el caudillo debe perderse. Al final de sus largas oraciones se celebran reuniones en locales de la organización, talleres, establecimientos educacionales, etc. para estudiar las orientaciones del líder y encontrar profundos significados en aquel vasto océano de palabras, en su mayor parte improvisadas.
“En los centros de trabajo, el partido y la Unión de Jóvenes Comunistas realizan actividades políticas de diversos tipos en las que se exige la participación de los ciudadanos. Esas actividades incluyen la lectura y análisis de los discursos del Comandante en Jefe” (5)
Una de las correas de transmisión más importantes en Cuba es la Federación de Mujeres Cubanas, dirigida desde siempre por Vilma Espin. Vilma era una muy activa dirigente desde sus tiempos clandestinos junto a Frank País, hasta bien entrada la revolución. Algunos de los compañeros del grupo de Frank la recuerdan con admiración y respeto. Era austera, capaz y buena organizadora. Con la edad, claro, debe haber perdido vitalidad pero ganado experiencia.
Rodeada de gente suya que en parte ha envejecido con ella ha reproducido en lo interno del movimiento el cisma burocracia privilegiada-militancia obediente que ya es marca de fábrica del Estado y será probablemente uno de sus detonantes, cuando la poderosa sombra de Fidel no pueda protegerlo. Registremos sin embargo que Vilma es otro bastión de Raúl sin olvidar que tiene una gran presencia en las empresas agrupadas en Gaesa, a estas alturas un pútrido absceso que suscita rumores y resquemores crecientes (*)
La CTC y la Unión de Jóvenes Comunistas, amelladas en su perfil crítico, yacen impotentes pero son muy efectivas en labores de vigilancia y control, además de ser instrumentos para la movilización, fundamentalmente forzada, durante los actos de masas. El Ejército Juvenil del Trabajo fue creado para desempeñar actividades de respaldo agrícola pero cuenta con una dirección militarizada. Es probable que también aquí encuentre respaldos el Ministro de
las FAR. Los Destacamentos de Respuesta Rápida y el Sistema Único de
(*) Se cree que con los años el matrimonio ha llegado a ser ficticio en lo afectivo, cosa muy corriente por cierto en nuestros días. Pero si aludo a este hecho trivial, puramente doméstico y por lo tanto totalmente fuera del interés de los propósitos de esta obra y de su autor, es para ratificar que cualquiera que sea el estado de la relación matrimonial, aparentemente se mantiene firme la comunidad de intereses y la siempre estrecha colaboración política entre los dos. Una encomiable relación civilizada.
Vigilancia y Protección se combinan para golpear cualquier disconformidad pública o realizar los llamados actos de repudio que aterrorizan a la población. Las Milicias de Tropas Territoriales fueron recreadas en la década de los 1980 cuando Fidel, Raúl y el gobierno revolucionario recibieron la infausta noticia de que ya no podrían contar con la asistencia militar soviética en un eventual conflicto con EEUU y que tampoco podría sostenerse la masiva ayuda económica de la que Cuba venia disfrutando durante unos 30 años. Ante noticias tan alarmantes, el viraje ordenado por Fidel fue de vértigo. La forma como quedaron afectadas su política internacional y las FAR, será analizada más tarde, junto con la sucesión del caudillo y el tema militar en su conjunto. Los
rasgos que prevalezcan en el postfidelismo deberán mucho a la naturaleza de
estos cambios. No se puede comprender lo que ocurra al desaparecer Fidel sin ponderarlos con la mayor seriedad y serenidad posibles.
El Big Brother de la Corte de los Milagros
Con todo, el alcance del caudillo es mayor que eso. Domina el estado, la oposición al estado y el curioso universo de las actividades subterráneas. Gabriel García Márquez, en frase muy celebrada por el caucus cubano y por el propio caudillo, dijo que en Cuba Fidel era el jefe del gobierno y simultáneamente el jefe de la oposición. Quería dejar constancia de que el máximo líder conducía con mano firme la revolución pero al mismo tiempo era su más implacable crítico. Y no cabe dudarlo. En realidad cuando las fallas de las políticas trazadas por el máximo líder se muestran abrumadoras, arremete contra ellas con el fin de librarse de culpas. Sus críticas generalmente van a los llamados a ejecutar las visionarias políticas formuladas por él; inevitablemente dirá que el error no estuvo en la formulación sino en los ejecutores. Pero a veces ataca los propios contenidos de las políticas fracasadas haciendo ver que nada tuvo que ver en su elaboración. De nuevo la culpa será de otros, esta vez de los técnicos y diseñadores del gobierno, como si hubiera alguno capaz de hacer algo sin requerir previamente la aprobación de Castro.
Fidel sabe que nadie va a contradecir sus afirmaciones, aun las más exageradas. Estudiando un cruce de ganados del cual el líder se sentía muy ufano, Rene Dumont, agrónomo de celebridad mundial, reaccionó escandalizado. Los técnicos cubanos, balbucientes, habían objetado tímidamente aquel absurdo sólo para soportar las fulminantes y airadas replicas del caprichoso sabelotodo. Contra las advertencias de los profesionales, el cruce siguió adelante, por mis cojones. En la visita de Dumont, los apabullados técnicos, escucharon –seguramente con salvaje alegría, que se cuidaron de enterrar en sus corazones- la escandalizada opinión del ilustre visitante, pues habían sido convocados para la ocasión. El agrónomo francés le preguntó a Fidel: ¿pero quién autorizó este criminal cruce de animales? Impávido, respondió el personaje: ya no tengo en quien confiar Es un hábito viejo. Es una forma natural de mentir. Mi segunda naturaleza, como lo confesó el joven Castro a uno de sus maestros en el Colegio Belén que se interesó en saber por qué el aprovechado joven le mentía tanto, pese a ser su admirador.
Es fácil ser “jefe” de la oposición en un medio en el que nadie –salvo el propio Fidel- se atreverá a contradecir al poder. Pero no se dude que lo es. Es jefe del gobierno, de la oposición, de la economía paralela y por supuesto también de la subterránea en la que se trasiegan los oscuros negocios del lavado, narcotráfico y fuga autorizada de divisas. Ha querido controlarlo todo y algo peor: ha querido vigilar cada actividad formal o subrepticia, abierta o soterrada, legal o ilegal. Es lo más cercano que pudiera imaginarse al Big Brother. Un dispositivo de vigilancia que penetra hasta en los dormitorios con el fin de hacer gráficas o videos y grabaciones que podrían ser utilizadas contra las víctimas, lleva las informaciones más comprometedoras a la atenta mirada de Fidel.
El caudillo se ha convertido en un maniático de la vigilancia y por eso el de Cuba es un pueblo vigilado como pocos en la historia. Tal como ha venido
funcionando, el sistema fidelista ha sido una de las obras humanas que más se han acercado al modelo totalitario perfecto, diseñado por George Orwell en su sombría novela, 1984. Está en primer lugar la dirección general de información, órgano de inteligencia dependiente del Minint. Y por supuesto, en las FAR opera inteligencia militar. Pero luego aparece la dirección de contrainteligencia, justificada sin duda para enfrentar el espionaje que, por la belicosidad fidelista, es una presencia tan real como lo es el espionaje cubano en la isla y en otros países. Como todos han de ser vigilados, no pueden quedar fuera los vigilantes mismos, y de allí la dirección de recontrainteligencia.
“Toda la estructura del estado está reproducida en la contrainteligencia cubana del MININT. Para cada unidad administrativa u organización de masas, hay un oficial MININT que enlaza al jefe del organismo, el secretario del partido y el jefe de seguridad. Nadie puede saber quienes son los informantes del MININT en el centro de trabajo o estudio, ni siquiera el jefe administrativo o el secretario del partido, porque ellos también son vigilados” (5)
La estructura de funciones duplicadas que en buena parte no dependen de sus jefes naturales sino directamente de Fidel, alcanza un nivel desproporcionado en el área de inteligencia. Los vigilantes vigilados que acabamos de mencionar están impetrados en estructuras autónomas que desbordan toda idea de racionalidad administrativa. Fidel lo ha querido así. Esa es su fortaleza. El porcentaje de funcionarios dedicados a labores de inteligencia excede en muchos puntos al de los países occidentales ¿Pero a quién responderán cuando el caudillo se vaya? Se pueden arriesgar las conjeturas más audaces pero nadie podría saberlo con certeza porque como se expone al final el sistema está diseñado para que, al vigilarse unos a otros y duplicarse las funciones, nunca nadie pueda ocupar cómodamente el vacío postfidelista, carente como está de la información que sólo Fidel maneja en su provecho. Esa es su debilidad.
Es sabido que tanto en su política de seguridad interna como, sobre todo,
la internacional, Fidel se apoyó durante algo más de treinta años en Tropas Especiales y el Departamento América. Aquél dependía formalmente del MININT; éste, del Comité Central. En realidad ambos estaban conectados a Fidel. Por simple lógica organizacional debió clarificarse el ámbito de cada uno e incluso su jerarquía. ¿Dependían los jimaguas (*) La Guardia de Barba Roja, o por el contrario, éste de aquellos? La respuesta es negativa en ambos casos. La responsabilidad la asignaba Fidel según las situaciones abordadas. Por ejemplo, es verdad como dice Benigno que gran parte del Departamento América se trasladó a Chile para apoyar y controlar al presidente Allende, pero también estuvieron allí los La Guardia, cumpliendo tareas sumamente delicadas, como las relacionadas con la protección de Allende incluso en el Palacio de La Moneda. En momentos críticos, por disposición de Fidel todas las fuerzas cubanas allí concentradas debían ponerse a la orden de Patricio La Guardia.
Aunque Tony dependía del Ministro del Interior José Abrantes, a la sazón
uno de los funcionarios más poderosos del sistema y hombre de confianza del caudillo, conservaba una muy estrecha relación personal y directa con Fidel, a través de la cual se trasegaban órdenes especialmente delicadas. Por las denuncias y acusaciones que, fundadas en un impresionante cúmulo de indicios y evidencias, vinculan a los hermanos Castro con el negocio del narcotráfico, y a pesar de que De la Guardia fuera fusilado probablemente con el objeto de librar de sospechas al líder máximo, no hay manera de sostener que Tony, como
(*) jimagua. De uso popular en Cuba para referirse a hermanos o hermanas gemelas
tampoco su hermano Patricio ni Arnaldo Ochoa, realizaran sus actividades ilegales de naturaleza criminal a espaldas de Fidel. Y no sólo porque dada la gran magnitud de las operaciones difícilmente hubieran podido escapar de la avasallante contrainteligencia revolucionaria y de la obsesiones del caudillo, sino por el tipo de relación que los gemelos cultivaron con Fidel. Aficionado como ellos a los deportes, Castro compartía buenos ratos con Patricio y Tony en la práctica del velerismo, la pesca mayor o la submarina mientras imaginaban y planificaban las más escandalosas extravagancias. Hombres de acción, los La Guardia eran dados a organizar actos de fiera audacia en cualquier parte del planeta. Por su exorbitancia esos actos no hubieran podido evadir, si se lo hubiesen propuesto, el fino olfato del desconfiado caudillo. No tenían tampoco por qué hacerlo, precisamente por haber demostrado Fidel tanta o más inclinación aventurera que la de los gemelos. Las operaciones encubiertas, preparadas personalmente y tuteladas por Castro, cubren un desmesurado diapasón. Su autoría, al principio negada, ha sido admitida tiempo después por el liderazgo de la Isla. Tony especialmente era el tipo de “cuadro” que siempre le ha gustado a Castro, y por eso las grandes muestras de afecto y cercanía que le dispensaba.
La contrainteligencia, es decir la vigilancia extrema de Fidel, opera por supuesto en el sistema de las empresas militares que se estudian en la parte final. Entre las empresas afiliadas al holding GAESA figura el Departamento VI, cuya función es vigilar cuidadosamente todo el personal de las empresas que giran en la orbita del Ministro de las FAR. Es una esfera de contrainteligencia. Vigila incluso a los agentes de vigilancia. Es verdad: las facultades de Fidel han mermado seriamente. Divaga, olvida, gaguea. No quiere salir de Cuba atenazado por el miedo a los atentados y el miedo al ridículo. La gradual decadencia del dictador absoluto da lugar a todas las incógnitas. La teoría del Raúl que ya tomó el poder reduciendo a Fidel a ser una sombra de sí mismo no es por supuesto más que una licencia sin fundamento real, pero nace de la percepción de que el jefe del terrible engranaje cubano ya no está en condiciones de gerenciarlo en la forma que lo venía haciendo.
El ocaso de los “cuadros” de Fidel
Una estructura tan complicada como la resumida hasta aquí no puede ser operada por gente corriente. Es menester contar con una lealtad irracional, un espíritu de entrega total y una amoralidad necesaria no sólo para cumplir sino para denunciar. No todos encajan en el molde y por eso la columna vertebral del estado y el partido comunista reside en los cuadros de la revolución. El militante concebido por el caudillo, cuando menos desde el comienzo de la década de los 1950 y especialmente durante los preparativos del asalto al Moncada, tenía una inocultable índole aristocrática. Las personas normales no llenan las condiciones exigidas por el cartabón castrista, lo que de antemano condena el fidelismo a ser empresa de grupos cerrados. Porque en efecto, el militante debe gozar de excelente salud física, preferiblemente practicar deportes, soportar las inclemencias de la naturaleza, recorrer enormes distancias, escalar montañas y, en fin, ser incondicionalmente leal y estar dispuesto a realizar cualquier actividad
temeraria y no teoricista (*) –la expresión es suya- cual los viejos intelectuales
comunistas dedicados a la lectura del marxismo, según Fidel, en el aislamiento de sus bibliotecas. El esquema se hizo más estricto cuando a los líderes de la
revolución, Fidel y el Che, se les metió en la cabeza que el núcleo revolucionario debía ubicarse en la loma, cargado de yerros, además. Desde entonces, quien no pusiera el pellejo en juego en correrías guerrilleras simplemente no era un revolucionario. Ciertos intelectuales de izquierda que por dejarse seducir por los hombres de acción pueden llegar más lejos que ellos, convirtieron aquellas manías en toda una teoría revolucionaria, la teoría del foco. El pequeño grupo de elegidos podía desencadenar la revolución como la pequeña rueda hace girar la grande. En su desprecio al hombre de la ciudad, que por serlo no puede darse el purificador baño russoniano en selvas y montañas, Debray escribió:
“El hombre de la ciudad, así sea camarada, si se pasa la vida en la ciudad es un burgués sin saberlo” (6)
La teoría del buen salvaje siempre tendrá su público en Europa que es donde tuvo su origen. La novedad es que ese salvaje ya no era manso como el de las visiones románticas del Viejo Mundo desde principios del siglo XIX. Tiene empuñadas las armas revolucionarias, premisa de ciertas guerras irregulares. Pocos podrían entrar en un zapato chino como ése. La elite postulada por
(*) Atención. Formular ideas perniciosas con envoltura de seda es típico de Fidel. Atacando a los teoricistas lo que en realidad se proponía era relegar a los críticos. Un teoricista suele investigar, esculcar experiencias de otros y opinar. Exactamente lo que en su engranaje rigurosamente vertical ha sido proscrito en la revolución.
Fidel constituyó siempre una minoría. Las masivas movilizaciones de enfervorizados seguidores, particularmente en la primera hora de la victoria, estaban signadas por la obediencia pero no por la participación. La famosa comunicación de Fidel con el pueblo cubano no fue nunca una vía bidireccional sino unilateral. Las nutridas concentraciones en la Plaza de la Revolución para aprobar a brazo alzado las dos Declaraciones de La Habana, no tuvieron traza de democracia. Fidel no interactúa, actúa; no se comunica, informa. Un hombre dirigiendo una elite superpuesta al pueblo. Esa exactamente era la esencia del antidemocrático modelo de Lenin, aun cuando para el jefe bolchevique, más racional que Fidel, el criterio para formar parte de la minoría dirigente no era fundamentalmente el aspecto físico o la sumisión vasalla al caudillo, sino el político- ideológico
Por otra parte, este modelo no es sino una proyección del mismo Fidel, tan dado a los deportes desde su temprana edad escolar. Castro quería que todos los revolucionarios escalaran montañas, atravesaran a nado ríos desbordados, caminaran largas distancias, practicaran deportes, se doblegaran sin chistar a su jefatura y dominaran el arte de la lucha armada. Quien no llenara tales requisitos no encajaba en los parámetros castristas de los tiempos heroicos de la revolución. De allí que desde muy temprano la revolución tomara un carácter fuertemente personalizado, voluntarista. De semejante cocción salió la teoría del foco guerrillero. Fidel embarcó en su fantasía todo un movimiento hemisférico, mientras insultaba a aquellos que no se sintieran atraídos por el
simplismo de su receta (*)
En la fórmula cubana, por el hecho obvio de encajar tan perfectamente en ella, confluyen plenamente Fidel Castro y los jimaguas Patricio y Antonio de la
Guardia. Tony, considerado generalmente como el mejor oficial de Inteligencia cubano, se permitía acceder libremente al Despacho del Comandante en Jefe,
aparte de utilizar expresiones y derrochar gestos desenfadados con él. Era ésta una licencia vedada a los demás dirigentes, no importa cuánto peso tuvieran en la estructura del poder. En los primeros tiempos los dirigentes cubanos se permitían tratar a su líder con la graciosa efusividad caribeña. Con el tiempo esa conducta fue condenada y proscrita. Las restricciones en la forma de dirigirse o de acercase a Fidel fueron surgiendo progresivamente en la medida en que se quiso conferirle al caudillo la majestad de un príncipe intocable. Tales medidas incluían e incluyen aún a Raúl Castro, aunque tal vez en este caso mediaran también razones de seguridad. Porque efectivamente, por razones de seguridad
Fidel y Raúl no pueden frecuentar juntos los escenarios públicos, y deben reducir escrupulosamente los privados a lo estrictamente necesario. El régimen,
previsivo, no quiere que algún atentado haga desaparecer el gentilicio castrista del panorama revolucionario. Registremos de paso que es tan distinto el temperamento de estos dos hermanos –asunto tratado extensamente en la parte primera de esta obra- que seguramente esa disposición no les impone un especial sacrificio.
(*)Vale la pena preguntarse qué hubiera hecho Castro con el físicamente impedido Mariátegui, a quien tanto admiran los líderes de su estirpe, tal vez porque no está en el mundo de los vivos.
El régimen fidelista ya no está en capacidad de repetir el esfuerzo que
llevó a cientos de miles de soldados a extender virtualmente la revolución a todo el planeta. Fidel envejece y su obra agoniza. Cuba no cuenta ahora con el poderío militar del campo socialista y no serían las precarias fuerzas militares del régimen chavista las que pudieran cubrir ese hondo vacío. El ímpetu residual de aquella revolución que se lanzó a la conquista del universo ha desaparecido y en la imposibilidad de emplearse en gloriosas jornadas guerreras se vuelca sobre la sociedad cubana misma y no propiamente para cumplir tareas directas de seguridad, ampliamente abastecidas por MININT. El caudillo se ha resignado a canalizarlas en parte hacia tareas civiles empresariales mientras la obsolescencia tecnológica de sus Fuerzas Armadas avanza incesante, en la medida en que ya no cuenta ni con divisas suficientes para la adquisición de armamento moderno ni con acceso a la más avanzada tecnología militar. Obviamente, la desnaturalización parcial de las funciones de la institución armada crea peligrosos abscesos. La energía sobrante del fidelismo ya no halla en qué ocuparse. Los cuadros predilectos de Fidel, entrenados en el internacionalismo, carecen hoy de oficio. No hay hazañas en el horizonte. Atraídos por las oportunidades de provecho personal abiertas por las empresas militares, tratan de incardinarse en ellas para obtener lo que bien pueden considerar un premio a las luchas de toda la vida. El entorno del caudillo se llena de resentidos. Inútiles con sus galones que no deslumbran a nadie, se sienten relegados. Sus vínculos militares los convierten en resentidos peligrosos.
¿Qué estuvo haciendo el general Ramiro Valdez, el antiguo rival de Raúl Castro, antes de ser reivindicado por Fidel? Empresario en el jugoso negocio de artículos electrónicos, propietario de residencias lujosas y de una flota de automóviles de todas las marcas, pudo temer que, sin la protección que le brindaba Fidel, Raúl ya en el mando le pasara recibo. Ahora desde su flamante posición en el Consejo de Estado tendrá a su disposición mejores maneras de defenderse. Valdez fue un militar de acción. Debe conservar relaciones en las FAR. Es difícil creer que, siendo un aventurero de pedigrí, se resigne a esperar cómo se desenvolverá el postfidelismo sin hacer uso de los recursos que obren en su poder. Pero en general los antiguos cuadros de Fidel ya no son ni la sombra de lo que fueron en la etapa rebelde y romántica de la revolución. Con pocas excepciones han ido decayendo uno tras otro en la medida en que lo hace la revolución misma.
De Barba Blanca a Barba Roja
Por la intimidad que guardaba con Fidel, cuando Tony de la Guardia tomó la decisión de buscar moneda convertible a través de actividades de narcotráfico e hizo uso de medios inocultables como barcos, aviones y embajadores, se despertó en los observadores la curiosidad de conocer cuál pudiera haber sido el papel jugado por el caudillo en aquellos manejos. Podía sentirse su presencia en el fondo del escenario. Porque luce francamente muy cuesta arriba que Castro no hubiera estado al tanto, y por lo demás según su costumbre, no dirigiera –o pretendiera hacerlo, para el caso lo mismo- cada una de las operaciones concertadas. Esa primera o una de las primeras armazones del tráfico de cocaína tuvo como escenario Panamá, gobernada entonces por
Manuel Antonio Noriega, lo que ya permite intuir el sentido oculto de las estrechas relaciones entabladas entre los dos caudillos. Noriega participó en esa y en las sucesivas operaciones acordadas, pero aparentemente no gozaba de la confianza de los jefes del cartel de Medellín, que por tal motivo prefirieron asentarse –también con la participación cubana- en la Nicaragua sandinista. Todavía no había surgido el Cartel de La Habana, del que tantas veces se ha
hablado, pero sin duda aquel primer paso no desmereció de todo lo que se hizo posteriormente. Llevaba la marca de Tony de la Guardia…y de Fidel. En un ensayo presentado por el mayor Juan Carlos Figueredo en la Escuela Superior de la Fuerza Aérea venezolana, se describen los pormenores de esta operación. Participaron el narcotraficante Reinaldo Ruiz (a) Barba Blanca y las autoridades cubanas que lo proveyeron de todas las facilidades del caso para que, a cambio de un pago en dólares, utilizaran Cuba como puente hacia EEUU. Factores decisivos fueron los altos oficiales de inteligencia cubanos encabezados por Tony de la Guardia, entre los cuales figuraba Miguel Ruiz Poo, presidente de Interconsult, una compañía mercantil fantasma residenciada en Panamá y dependiente de la corporación cubana CIMEX. Por lo visto, Interconsult parecía ser una tapadera de negocios ilegales (*)
(*) Se ha denunciado uno especialmente refinado e inmoral: el trafico ilegal de refugiados cubanos, cuyos familiares en EEUU pagaban buenas cantidades en dólares a cambio de hacer salir de Cuba a sus parientes, rumbo a Norteamérica y con visa de Panamá, vale decir: de Noriega, quien, huelga decirlo, cobraba puntualmente su parte en el negocio
De la Guardia ordenó la suspensión de las actividades cuando se enteró de la detención de Barba Blanca, su esposa y su hijo, que también trabajaban en el negocio del narcotráfico. Fue interceptado por agentes de la DEA en el
Aeropuerto Omar Torrijos de Panamá. El problema es que ya no había tiempo
de volver atrás. No hubo manera de borrar huellas. Eran demasiado nítidas.
Adicionalmente, Tony debió comprender que le sería muy difícil impedir que
brotaran testimonios comprometedores, como en efecto ocurrió. Tony y los hermanos Castro fueron virtualmente desnudados en el juicio radicado en Florida. Tampoco fue posible evitar que en el proceso iniciado en Cuba con la denominación de Causa 1, se pronunciaran palabras inconvenientes. Llorando, quebrado anímicamente, Miguel Ruiz optó por revelar el entramado durante el proceso que llevó a la muerte a Ochoa, Tony La Guardia, Padrón y otros. Remató su delicada exposición con afirmaciones sumamente graves:
“Yo sabía, maldita sea, que los americanos se estaban acercando y Tony me dijo: Fidel ya sabe y te voy a decir algo, Fidel ya lo tiene resuelto” (7)
Y en verdad: lo tenía resuelto al hacer caer las cabezas de muchos para salvar la suya. Si a partir de la creación de la sección MC (siglas que los
guasones del partido no leían con el nombre oficial de Moneda Convertible sino
con el de Marihuana y Cocaina), el narcotráfico llegó a ser una industria con
participación de la mafia de La Habana. El Departamento América, sin ser para nada ajeno –como se verá- a esas actividades, se especializó en otro género de guerra encubierta: la del fomento de movimientos revolucionarios en el Hemisferio.
Entre Barba Blanca y Barba Roja hubo sólidos vasos comunicantes (*)
debido a que una de las aplicaciones del dinero extraído de fuentes criminales fue siempre el financiamiento de movimientos revolucionarios irregulares. MC no
surgió de la nada. Su antecesor fue la empresa CIMEX, aparentemente la primera bajo forma de sociedad anónima adscrita al MININT. La diferencia entre las actividades de Piñeiro y Tony consistía en que mientras las manejadas por éste tenían como objeto principal proveer de dinero a las exhaustas finanzas de la arruinada Tesorería, las encomendadas a Piñeiro se enfocaban en promover la subversión hemisférica y ninguna fuente de financiamiento mejor que la proveniente de los carteles de la red de estupefacientes. Tony, hombre valiente como pocos, también cumplía con versatilidad actividades revolucionarias muy
arriesgadas. De hecho, el Departamento América se convirtió en un superpoder que imponía embajadores y otros funcionarios diplomáticos a fin de extender su organización transamericana. Estos espías-diplomáticos muy pronto recibieron
la instrucción de entenderse con Pablo Escobar, Carlos Ledher y capos de otros países, hasta que Cuba instaló su propio Cartel. Algunos casos que alcanzaron
celebridad evidenciaron el matrimonio de las drogas y la exportación de revoluciones. Sospechoso de narcotráfico, Fernando Ravelo, el embajador cubano en Colombia (y luego en Nicaragua), era miembro del Departamento
América
(*) Dicho sea en sentido metafórico porque las relaciones de Barba Blanca con los funcionarios cubanos pese a ser intensas duraron poco y casi seguramente el famoso narcotraficante no conoció personalmente a Piñeiro, aunque sin duda mantuvo relación con varios de sus colaboradores directos. En la actualidad purga una larga sentencia en EEUU. A su vez, el narcotráfico no ha sido tan pasajero: entró para quedarse en la isla
El Partido Comunista Cubano, con varios nombres por obra de las condiciones de su lucha, era el más antiguo entre todos los existentes hasta que la revolución acabó con la lucha política. Integrante de las dos primeras fórmulas unitarias animadas por Fidel, terminó absorbido después del fracaso de la intentona antifidelista dirigida por Aníbal Escalante, uno de sus dirigentes más destacados. Después del triunfo de la revolución en 1959 surgieron, primero, las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) cuyos integrantes fueron el Movimiento 26 de julio, el Directorio Revolucionario 13 de marzo y el Partido Socialista Popular (comunista). Finalmente todo lo anterior quedó abolido y comenzó el régimen de partido único. Se fundó, históricamente por segunda vez, el Partido Comunista de Cuba, único permitido por la Constitución. Fue un paso hacia la unidad pero también hacia la concentración del poder, la quiebra del pluralismo y de hecho la consagración de un presidente vitalicio. Pero en ese momento se dividieron administrativamente las funciones de seguridad que desde 1960 venía dirigiendo Barba Roja, incluso antes de la creación de la Dirección General de Investigación (DGI), madre del Departamento América. Entre las atribuciones asignadas a Piñeiro sobresalía la exportación de la revolución fidelista y de sus métodos, razón por la cual probablemente al Comité Central del Partido Comunista le pareció que este organismo debía ser una dependencia suya. Y así en efecto se dispuso, recibiendo la nueva unidad administrativa el nombre de Departamento América. La DGI había estado en la estructura del MININT, órgano ejecutivo del cual era viceministro Barba Roja. Era aquél un vínculo puramente formal porque las actividades de Piñeiro eran tuteladas básicamente por Fidel. Semejante situación se mantuvo, más acentuada, en la relación real entre el Departamento América y el Comité Central del Partido, entre otras razones porque mientras el MININT es un repartimiento administrativo de diario funcionamiento y organización jerarquizados, el Comité Central –como se ha dicho- no tiene sustancia propia. Es un nivel que sólo funciona cuando es convocado por el Buró Político. Predominan en sus sesiones las resoluciones previamente aprobadas en el Buró Político o en el entorno de Fidel. Sin desconocer su enorme gravitación política, el Buró Político es también y en alguna medida un órgano inoperante, que baila al son de las pulsiones del caudillo. La actividad cotidiana de la dirección política es ejecutada por el Secretariado, sin pretender por ello asumir más poder que el de llevar las tareas administrativas más corrientes.
En síntesis, el Comité Central, el Buró Político y el Secretariado, no obstante su alta significación y su elevado estatus, sólo dirigen por sí mismos las tareas residuales. Es Fidel quien asume el control personal de todo lo que sea significativo en Cuba, salvo en frentes sectoriales y específicos donde se levantan otras jefaturas auténticas. Lo cierto es que las actividades de Piñeiro fueron encubiertas hasta para el Comité Central, al cual supuestamente estaban supeditadas, pero no para Fidel, quien por el contrario solía idear buena parte de ellas y reservarse el derecho de aprobarlas todas. Por supuesto, eso no niega que por temor, codicia o para encubrir errores, el Departamento le ocultara cosas al caudillo o se las presentara de modo favorable a la propia gestión de Piñeiro y los suyos. Trasladar culpas propias a otros, aprovechar su posición para formar un circuito de agentes femeninos para su servicio personal o íntimo o apropiarse de dinero fueron prácticas nada infrecuentes que se le han reprochado por trascorrales a Barba Roja durante sus más de tres décadas al frente de la seguridad de Cuba. Muchos han calificado a Piñeiro con la nota de corrupto, sin regatearle su muy certificada capacidad.
NOTAS
(1) Abel Sardiñas, Una democratización necesaria para el socialismo cubano. Editado en La Habana, 26 de julio 1990, autorizado por el Comité Central del Partido Comunista Cubano
(2) Prida, conversaciones con el autor
(3) Masseti, op cit
(4) Georgie Anne Geyer, El Patriarca de las Guerrillas, La historia oculta de Fidel Castro. Kosmos Editorial S.A. Panamá-México, 1991
(5) Sociedad Civil, control social y estructura del poder en Cuba, documento Internet 15, 01,05
(6) Citado por Carlos Raúl Hernández y Jean Maninat, Cuba-Nicaragua. Expectativas y Frustraciones, editorial ADAME, 1984
(7) Masetti, op Cit
(8) Op cit
-II-
¿SUCESION O TRANSICION?
Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse al juego de gallos y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no sólo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro
Norberto Fuentes
Héctor Pérez Marcano, antiguo comandante guerrillero en el Estado Miranda de Venezuela e integrante del grupo de audaces que partiendo de la provincia cubana de Oriente realizó el desembarco de 1967 en la playa de Machurucuto (Estado Miranda), nos ofrece un testimonio inapreciable. Cree que Raúl ha sido un buen ministro y un competente militar pero fue paulatinamente separado de las situaciones de contacto:
“Al líder cubano que no traté –se apresura a decir- fue a Raúl. No pasamos de un saludo en alguna recepción. Introvertido y mal estudiante, sí, sin duda lo fue. Pero no siempre. Sabía cultivar relaciones amistosas y tenía mejor sentido de humor que su hermano. Se mostraba poco en público mientras estuve en Cuba. Fidel nos hizo varias visitas cuando nos entrenábamos para lo de Machurucuto, generalmente acompañado de otros dirigentes, nunca venía Raúl. Tengo la impresión de que en ese entonces –en cuanto a ese tipo de operaciones- lo tenían departamentalizado”
Es una opinión muy importante que reflejaría la escasa participación de Raúl, pese a ser el Ministro de las Fuerzas Armadas, en las expediciones militares de Cuba en América Latina, África y Medio Oriente. Lo tenían departamentalizado ha dicho Pérez Marcano usando un vocablo de la jerga revolucionaria de entonces a tenor del cual se relega suavemente a alguien de una tarea específica sin malograr su peso en el poder, su jerarquía militar y política, sus privilegios y la resonancia de su nombre. ¿Pero quiénes podían atreverse a relegar a Raúl en fecha tan crucial como 1987? En esos años, lo ponía ocasionalmente a un lado el para entonces llamado Departamento América de Manuel Piñeiro. Ya se ha consignado que Barba Roja no dependía únicamente de los titulares de Minfar y Minint. Parte de su autoridad provenía de la cumbre incompartida. Para algunas situaciones y por disposición de Fidel, derivaba su autoridad del caudillo mismo. A Fidel presentaba cuentas probablemente sin dejar copias
¿Por qué se excluía a Raúl?
“Porque era prosoviético”, asegura Pérez Marcano.
Cierto, ya se ha dicho que había igualmente una infundada desconfianza en su idoneidad para operaciones arriesgadas y sin embargo, perfectamente claro estaba que no era esa la causa de la departamentalización que se habían acostumbrado a imponerle en ciertas actividades, siempre con el respaldo expreso o tácito de Fidel. Si se analiza con serenidad el problema se descubre que el argumento de la supuesta falta de aptitud de Raúl para participar en actos de la naturaleza indicada, además de ser calumnioso y falso, encubría lo esencial. Héctor Pérez Marcano arroja luz sobre tan insólito proceder. Nos proporciona un argumento valioso, fruto de su experiencia personal: la posición pro soviética de Raúl –dice- era entonces la causa determinante del relegamiento. Como advierte Pérez Marcano, Fidel procedía impulsado por cálculos realistas. Le convenía alinearse con Moscú no tanto por identidades políticas o ideológicas como era el caso de Raúl, sino porque de otro modo podía ser devorado por el león norteamericano, al que todos los días le jalaba el bigote. Al logro de semejante objetivo se dispondrá a incurrir en condenables decisiones, cuando se percató de la inanidad de la estrategia guerrillera, después del fracaso del Che Guevara en Ñancahasu. En 1968, dos años después del desembarco de Machurucuto, respaldará con fuerza y sin vacilaciones la miserable ocupación de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia. Quería la protección de la otra superpotencia y para lograrla estaba preparado a hacer lo que fuera necesario. El caso es que dos años antes, en el 1966 de los desembarcos encubiertos, su margen de maniobra era un poco mayor. Todavía podía asar dos conejos al mismo tiempo: se las ingeniaba para alinearse con la URSS y al propio tiempo y hasta donde pudiera, mantener manos libres en Latinoamérica a fin de impulsar la lucha guerrillera.
Por cierto, en aquella atmósfera de activismo enfebrecido y decisiones de vida o muerte, Pérez Marcano, Moleiro, Ortiz y Silva, los cuatro venezolanos de la operación Machurucuto, tampoco dependieron del Ministro de las FAR. La mecánica fue siempre la misma: Debían soportar que fuera Fidel quien les impartiera órdenes y chequeara. Era a Fidel a quien mantenían informado.
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Cuba
La República de Cuba es de data relativamente reciente. Ultima de las colonias hispanas en conquistar su independencia, se dio su primera Constitución en 1901 y eligió en 1902, conforme a ella, su primer presidente. Casi todos los países iberoamericanos se independizaron jurídicamente antes de los años 1820 y militarmente antes de los años 30. Quisiera subrayar que en mi modesta opinión, pese al enorme y brillante desempeño de los mambises, nunca se sabrá con claridad si el ejército libertador de Martí, Gómez y Maceo estaba destinado a vencer a los 200 mil soldados españoles que luchaban en la isla o a perder por tercera vez la guerra de independencia. Eso deja en pie la cuestión cardinal de cuál fuera el verdadero valor histórico de la presencia militar y política de EEUU en Cuba.
Por la forma como tal circunstancia había marcado la política y los partidos de Cuba en los primeros sesenta años de vida independiente, nos detuvimos en la impronta dejada por ellos en la historia posterior, después de ser aniquilados por la degollina fidelista. En la parte referida al postfidelismo se ha incluido el análisis de algunas cuestiones relacionadas con el ejército de la revolución cubana porque, siendo el dispositivo armado el espinazo del sistema fidelista, será en principio su dinámica la principal determinante de lo que ocurra en Cuba cuando sobrevenga el inevitable relevo. Haré ahora algunas consideraciones sobre la militarización conectada con el inquietante tópico de la sucesión presidencial. Todo eso servirá según creo para avizorar lo que podría ocurrir en Cuba y por extensión en el hemisferio cuando se produzca la esperada desaparición física del inconmovible caudillo. No obstante, los constituyentes revolucionarios de Cuba creyeron vanamente resolverlo en 1992 cuando incorporaron en el artículo 94 de la Constitución de la República de Cuba un texto simple, claro y tajante:
“En caso de ausencia, enfermedad o muerte del Presidente del Consejo de Estado, el Vicepresidente primero le sustituye en sus funciones”
Huelga recordar que el vicepresidente primero es Raúl Castro, el segundo es Carlos Lage y por lo tanto este dispositivo obra en la práctica como el de una monarquía hereditaria. A tenor de la norma el poder quedaría en el seno de la familia Castro. De esa manera el inquieto núcleo dirigente de la revolución cubana se propuso serenar a los inquietos y proscribir para siempre cualquier posible lucha por el poder. Pero de 1992 a 2006 ha corrido mucha agua bajo los puentes, agua –digamos- cenagosa y de allí que el asunto de la sucesión se ha vuelto a complicar.
Dudas viejas y dudas nuevas
En el actual liderazgo político del partido y el gobierno castristas no se vislumbra una figura sobresaliente, no digamos para rellenar el profundo cisma que dejaría la ausencia de Fidel, sino para lograr pacíficamente la reagrupación de los miedos y los intereses. Fidel no dejó nunca que se levantaran del suelo las figuras susceptibles de discutirle la dirección. ¿Es Raúl el hombre perfecto para la sucesión, tal como afirman Norberto Fuentes y otros? ¿Es la excepción en el desierto direccional creado por el celo implacable de Fidel? Es cierto que Raúl ha conservado y, con el tiempo, ampliado su espacio pero al precio de una eterna sumisión de la cual deriva su imagen desangelada, triste y misteriosa. Es en primer término un asunto de temperamento tal como se percibe con mucha claridad, pero también lo es de exposición pública. La experiencia revolucionaria en general y la de Cuba en particular dan amplia cuenta de la inexorable aniquilación de aquellos que, queriéndolo o no, atrajeron la curiosidad del público. Al contrastar las afinidades y desencuentros entre los dos hermanos comentamos con algún detenimiento la percepción que se tiene acerca del primer elegido por Fidel en relación con la compleja tarea que le espera. No es poca cosa: resguardar las realizaciones de casi cinco décadas en condiciones internas e internacionales desfavorables. Las dudas del máximo líder en esta particular cuestión asustan sus noches. Esas dudas pueden ser explícitas o no serlo. El 23 de junio de 2001, cuando pronunciaba un enérgico discurso ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba exigiendo la liberación de cinco cubanos detenidos y juzgados en el Estado de Florida bajo el cargo de espionaje, Fidel estuvo a punto de desplomarse, víctima de un alarmante vahído El desvanecimiento de Castro –oficialmente presentado como una ligera fatiga- produjo una conmoción nacional y mundial. Una ola de rumores sacudió la Isla al tiempo que se intensificaba la soterrada lucha por el poder. Para salirle al paso y conciente de la proximidad del desenlace y de las turbulencias despertadas por el delicado tópico de la sucesión, zanjó un asunto no resuelto del todo en su ánimo y proclamó a Raúl. Lo hizo al sentir que la muerte le estaba ganando la partida. En ese instante prefirió guardarse las reservas que le suscitaba su hermano, las que se intensificaron -con una connotación más grave- en el 2005. Para no dejar la brasa encendida, cortó por la sano en aquella ocasión, probablemente pensando que pese a todo era la menos mala de las opciones. Antes que dejar una incógnita tras su partida, se pronunció como lo hizo.
“Realmente después de mi –exclamó- Raúl es el que tiene más experiencia y conocimiento. Quizá no se le conozca bien. Yo lo conozco bien no sólo por razones familiares sino por la guerra, por su diario, por sus detalles, su meticulosidad, su honradez”
En aquel momento su intención era clara: quería adelantarse a posibles resistencias contra quien ocuparía el solio presidencial. ¿Acaso la eventualidad no había sido resuelta normativamente por el articulo 94 de la Constitución? Si así llegó a creerse, el desengaño no tardaría en manifestarse porque muy pronto reaparecieron las dudas. Pero en la angustiosa tarde de febrero del 2001 sonó cruelmente contradictorio el fantástico argumento que para despejarlas esgrimió Fidel ¿Posiblemente no se le conozca? ¿De modo que Raúl no se había hecho conocer ampliamente en más de cuatro décadas al frente de las FAR? ¿No había significado nada la gran visibilidad suministrada por su condición de vicepresidente del Consejo de Estado, segundo secretario del partido y miembro por mérito propio del panteón heroico de la revolución? Contra lo imaginado por su autor la frase, en realidad, fue muy reveladora de su estado de ánimo, perturbado por temores acerca de la real aptitud de Raúl para la compleja tarea de imponer liderazgo sobre sus desconfiados y sibilinos rivales. En realidad Fidel desconfiaba. ¿Está realmente capacitado aquel a quienes sus amigos llaman el cuate, para proteger su herencia y salvar su nombre de la ignominia? Sentía una duda caliente sobre el futuro que le esperaba a su revolución. Le habían robado el sueño la insólita catástrofe del aparentemente inexpugnable sistema del este europeo y el fracaso de casi todos los engranajes sucesorales en los países socialistas ¿Podría su hermano contener la erupción volcánica de las pasiones? ¿La onda furiosa que se llevó por delante a Ceausescu o Eric Hoeneker no se llevaría también a Raúl? Estas dudas fueron bruscamente interrumpidas por la sensación de que su hálito podría apagarse en cualquier momento. Pensando que lo urgente era tranquilizar a todos y predicar un postfidelismo tranquilo y armónico, dijo lo que debía decir.
Atrevido en sus decisiones, el ahora visiblemente vulnerable líder siguió adelante, no sin aclarar que se sentía mejor que nunca.
“Si de repente sufriera un infarto, un derrame, una muerte súbita, digamos, o choco o aquella gente usa un rayo láser o ultravioleta o no sé de qué cosa y me ponen a dormir para toda la eternidad, ¿entonces quién es la persona con más autoridad y más experiencia?: Raúl”
Asombra tal suma de incoherencias contenidas en tan pocas palabras. Asombra precisamente porque Fidel Castro no suele equivocarse mucho en sus frecuentes apariciones públicas. Una de sus fortalezas es la capacidad de mantenerse sereno y lúcido en la respuesta cuando es cogido en falta grave. Más aún, esa presencia de ánimo le ha permitido tomar medidas rápidas y tajantes antes de que sus enemigos se aprovechen. Implacable y extremadamente confiado en su propia destreza, pudo soltarse el lazo por los crecientes testimonios que lo involucraban en el narcotráfico y colocarlo en el cuello de elevadas figuras de su régimen. Pagarían ellas para que Fidel no fuera contaminado.
No pudo haber resultado agradable la entrada y salida de tan desafortunado discurso. De modo explícito sostenía el caudillo que no había nadie en Cuba con más conocimiento ni experiencia que él, lo cual es una muestra imperdonable de chocante autosuficiencia. No obstante, si su figura era lo suficientemente reconocida como para que se le perdonaran este excesivo auto bombos, lo siguiente no podía caer nada bien en el quebrado panorama interno de la revolución. Como Fidel, ninguno, proclamaba de sí mismo. Y después de Fidel, nadie podía disputarle a Raúl la primacía en el conocimiento y en la experiencia. Por lo visto era una familia superdotada, como lo fueran Kim Il Sung y Kim Jon Il en Corea del norte o Papa doc y Babe doc en Haití. Los críticos y rivales de Raúl debieron molestarse secretamente con Fidel. Y los que injustamente se mofaban de las cualidades guerreras del Ministro de las FAR, o de sus limitadas lecturas o de su precaria formación en todo lo que no fuera la guerra, debieron sentirse ofendidos. Obviamente, no son pocos los que examinando la variedad y complejidad de los asuntos que caerán sobre el sucesor, temen que no pueda con ellos. No se trata entonces de que no lo conozcan, sino de que lo conocen muy bien y por eso no sienten natural y confiable su eventual mandato. Acostumbrados al estilo de Fidel no imaginan otro. Cinco décadas dominando sus vidas dejan su impronta.
La sombra de la muerte reapareció con otra aparatosa caída en el 2004. Su rodilla quedó fracturada y su ánimo seguramente también. Un año después de este último accidente, en un interesante discurso pronunciado por Fidel Castro en la universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005, sus recrecidas dudas se manifestaron, pero ahora por omisión y en un sentido más profundo y peligroso. Si en 2001, como se ha dicho, Fidel se expresaba con firmeza rayana en la arrogancia, en su discurso de 2005, por el contrario, se mostró vacilante y torpe. Queriendo de nuevo ocultar el trasfondo de la lucha por la sucesión, la puso más bien de manifiesto; en forma vibrante, además. Si las reservas que flotaban en el discurso del 2001 eran de factura más bien práctica, las vertidas en la universidad cuatro años después envolvían complicados asuntos ideológicos que afectaban marcadamente el destino de la revolución. Allí, parado frente a los universitarios congregados en el histórico recinto, dejó entrever un panorama desolador del futuro del socialismo una vez que a él le tocara desaparecer del escenario. Fidel, tan dado a trastocar la verdad, fue esta vez diáfano. Y sin embargo, no mencionó para nada a Raúl como la clara y natural solución para el caso de que a él le tocara desaparecer. Y al no hacerlo, reveló paladinamente que la fórmula le gustaba cada vez menos. Las aprensiones manifestadas en el 2001 guardaban un punto de celo y arrogancia. Si por ellas fuera, sería mejor tomar este juicio como una ligereza del líder máximo porque en realidad Raúl ha sido el más eficaz de los ministros y el más longevo de los titulares de la defensa en cualquier país del mundo desde que surgieron los ejércitos permanentes como institución armada. A lo largo de sus muchos años en el ejercicio del cargo, el dispositivo militar cubano llegó a ser uno de los dos más poderosos entre los países pequeños del planeta. El otro –huelga decirlo- es el afilado ejército israelí (1)
En algunos personajes del poder la aprensión contra el sucesor oficioso no tiene que ver con su competencia, que aparentemente está fuera de dudas, sino más bien con el hecho de si será capaz de preservar la continuidad del sistema. En otros parece haberse exacerbado la simple aspiración de tomar el poder en lugar de Raúl. Se ha dejado correr que el hermano menor no tiene vocación para el mando, no luchará encarnizadamente por él y buscará la manera de disfrutar sus últimos años en un plácido retiro junto a su familia, a la que, a diferencia de Fidel, se siente muy unido. Este aspecto cardinal, la voluntad o el deseo profundo de mandar, tan evidente en Fidel no es muy ostensible en Raúl. Y una cosa es cierta: en política quien no quiere algo, difícilmente lo obtendrá así las circunstancias lo favorezcan (*)
Tomando nota de la renuencia de Fidel, Raúl declaró a mediados de junio
(*) A fines de la década de los 1980 la posición de la URSS sufrió un cambio radical y así se lo comunicó expresamente al régimen fidelista. Ya no podía defender a Cuba de un ataque norteamericano ni mantener la ruinosa ayuda económica, sin poner el riesgo su propia suerte. Como lo saben hasta las piedras: era demasiado tarde.
de 2006 que el único sucesor digno de su hermano es el Partido Comunista.
Aceptaba así que ya no se le nombrara como el indiscutido relevo, pero colocaba en su lugar al partido como un todo. Una declaración hábil y prudente, no cabe duda. Con este calculado pronunciamiento lograba mostrarse humilde, denotaba una propensión a la acción colectiva antes que a la individual –sugiriendo de este modo que nadie corre peligro porque él no tiene madera de caudillo- y no perdía mucho en la jugada puesto que su predominio personal en
el ejército y el partido es muy consistente y lo será más aún cuando Fidel no esté presente.
Una franja del liderazgo militar y civil ha decidido deslizarse hacia una cómoda distancia de estos comprometedores juegos de sombra, a la espera de la orientación de los vientos. La precaria popularidad de Raúl no deja de levantar suspicacias y temores, muy a pesar del valor de su histórico nombre, de su fuerza real en las FAR, en el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, el Buró Político y el Comité Central; de su probada capacidad organizativa y su habilidad para construir entornos leales. Y sin embargo, no pueden evitar que subsistan los temores. En momentos de crisis –lo saben con certeza- un fuerte discurso de Fidel será siempre un eficaz sedante…. ¿Pero Raúl? En este punto cabe preguntarse si en el fondo de su alma Fidel ya ha descartado a Raúl. Es difícil creerlo. Bajo las presiones a las que está sometido es improbable que haya llegado a una determinación tajante. Fidel, lo acabamos de ver al repasar su discurso del 17 de noviembre 2005, no parece confiar demasiado en la posibilidad de que Raúl evite la destrucción de su legado revolucionario pero mira a un lado y otro y no encuentra un outsider que le satisfaga.
Resulta conveniente insistir en las dos razones que alimentan sin cesar sus aprensiones: la primera, la propensión de su hermano a las aperturas de mercado tanto en lo internacional como en lo interno; la segunda, la escasa popularidad de Raúl, su pregonada carencia de carisma. Pensando en los momentos en que un discurso y una acción enérgica le permitieron afrontar con relativo éxito situaciones sumamente riesgosas, no puede imaginarse a Raúl haciendo lo mismo. La impopularidad del ministro de las FAR deriva de su reputación de duro y estricto, a la que el propio Fidel contribuyó por motivos nada santos. Pero en la actualidad las inquietudes del caudillo tienen una base mucho más seria. Ya no es un asunto de aptitudes personales sino de orientaciones ideológicas que a juicio del líder máximo quizá acaben hundiendo el socialismo cubano. Debido a su antiguo prosovietismo, en otro tiempo Raúl todavía podía ser suavemente departamentalizado... Ahora, como se verá, es
más difícil (*)
La principal potencia comunista discrepaba pero en el escrutinio del más y del menos, comprendió que por las diferencias que lo separaban de Castro en relación con la estrategia de lucha armada en esta región, no podía sacrificar su avanzada geopolítica en el Nuevo Mundo. Por eso, a mediados de los años 1960 ambas partes decidieron convivir con sus diferencias y seguir siendo los
(*) Desde la adolescencia, los problemas que estallaban entre estos hermanos debieron ser siempre zanjados fuertemente por Fidel ante un Raúl silencioso. Silencio no necesariamente equivalente a aceptación
mejores amigos del mundo. Al fin y al cabo hasta las mejores parejas tienen problemas y generalmente no rompen por ese tipo de motivos, aunque abunden
las excepciones. Pero el prosovietismo de Raúl iba más lejos que todo eso: trascendía la esfera de lo pragmático y siguió en esa tónica por un tiempo, hasta que la potencia roja se desmoronó. No por casualidad en el Despacho del Ministro de la Defensa una hilera de retratos de oficiales soviéticos cubre o cubría las paredes. Se trata de todos los que ayudaron a Raúl o trabajaron e intimaron con él.
En otro momento importante, el del surgimiento de la perestroika, los dos
hermanos volvieron a tener problemas. La nueva estrategia de Moscú planteaba un viraje demasiado considerable para ser seguido por las naciones satélites sin descomponerse internamente, como en efecto ocurrió. Fidel, entonces más vigoroso y siempre vigilante, intentó erradicar lo que consideró un virus asesino.
Lo logró en buena parte, cuando menos en los aspectos visibles, pagando el precio de costosas depuraciones. En el marco de su inclinación ideológica orientada a Moscú, el Ministro de las FAR adhirió con esperanza a la nueva luz emanada de la URSS, aunque las circunstancias posteriores lo hicieran retroceder. Aparentemente con más fuerza propia, vuelve a aferrarse en la actualidad a una política no muy alejada de esa, pero ya no está solo y por añadidura Fidel se acerca a su fin. Tal vez una mayoría de los dirigentes ha ido llegando a conclusiones similares pero no será en vida del caudillo cuando se atrevan a expresarlas. Tampoco lo hace Raúl, sólo que dada su prominencia en la sociedad cubana ciertos matices imperceptibles en otros de rango inferior, son en su caso más visibles.
En pleno auge de la lucha guerrillera fomentada por Fidel en Latinoamérica durante los años 60, el hoy poderoso ministro de las FAR podía ser apartado discretamente de las decisiones militares que -siguiendo a los comunistas de la URSS- no compartía. Ahora nadie podría hacerlo, más al desvanecerse “físicamente” las aventuras militares fidelistas que parecían molestarlo. Tampoco existe el campo soviético y por ende ha desaparecido igualmente la relación de amor crítico con Moscú. Fidel se acerca al final de sus días y Raúl –no muy distante tampoco- ha acumulado recursos de poder. ¿Será posible apartarlo del camino? Hasta el presente nadie había dudado del recio respaldo que le ofrecía Fidel. Por eso, el aparente cuan extraño viraje del 17 de diciembre 2005 debe haber estremecido a muchas de las buenas conciencias del socialismo cubano y mundial.
¿Quiénes son los nuevos reformistas?
Si la esencia de las subyacentes discrepancias ideológicas tenía relación con la política soviética de coexistencia pacífica con EEUU, las que se agitan ahora en la extraña del fidelismo aluden a la apertura y liberalización económica y a la adopción de una posición internacional menos conflictiva. Dogmáticos son los que pretenden congelar el fidelismo aun sin Fidel. Reformistas los que tienden a una superación del viejo y agotado régimen.
Que el problema se haya trasladado desde la simple subjetividad alusiva a las condiciones personales de Raúl, hasta esta soterrada lucha entre reformistas y dogmáticos nos da una pequeña luz, una hoja de ruta digamos, para entender no sólo el por qué del discurso del 17 de noviembre, sino el para qué, el desenlace, lo que podemos esperar de una crisis en la cumbre del totalitarismo. No estamos en la penumbra. La historia ha dictado su veredicto. En el melancólico regreso de China y Vietnam al capitalismo se prefigura el futuro de Cuba. Pero por el momento no es seguro aunque sea probable que, conforme a las tradiciones latinoamericanas y de la propia Cuba, se trate también de un retorno a la democracia.
La lucha es escondida. No se asume como tal ni mucho menos acepta
nadie que se le acuñe el epíteto infamante de neoliberal. Pero no por eso puede desconocerse la realidad. La verdad puede apreciarse en los hechos, como querían los antiguos positivistas. Más tarde llegará la hora de las admisiones, cosa que en vida de Fidel resulta traumático y hasta peligroso. Hablando en términos objetivos, probablemente se puede visualizar que la tendencia reformista esté siendo encabezada por el ortodoxo marxista Raúl Castro y la dogmática por el ambiguo heterodoxo Fidel Castro. La muerte del marxismo es un hecho. Sus definiciones sólo sirven como lemas, ornamento o distintivos sin sustancia. Raúl podrá ser –y sentir que lo es- más comunista que Fidel. ¿Qué puede significar eso en la actualidad cubana? Apenas un barniz del pasado. En los aspectos puramente formales el militante comunista clásico era puntual, severo, disciplinado. Raúl indudablemente conserva esas cualidades, que le dan reputación de ortodoxo en el partido. Mas en la realidad viva pudiera estar sufriendo la impresionante metamorfosis brillantemente sobrellevada por Den Xiaoping y los líderes chinos del postmaoísmo. Comunista de fachada, capitalista de esencia. Definición por cierto que en aquellos no envuelve un compromiso de apertura democrática. En el epílogo de esta obra se analiza si por el contrario en el caso de los líderes cubanos la democracia podrá ser segregada de la liberación del mercado y la apertura de la economía.
Sincera o marrulleramente Raúl encabezó en el 2004 una campaña contra la corrupción y el liberalismo. En Cuba se admitía que la expansión del turismo, si bien principal instrumento para llevar agua al desierto de la tesorería, estaba minando la disciplina del partido, desatando la ansiedad del dinero y de la aplicación de métodos inmorales para satisfacerla. El problema tocaba muy de cerca al Ministro de las FAR porque el área del turismo ha estado bajo su responsabilidad no sólo a través de la empresa Gaviota y otras del complejo Gaesa, sino del propio ministerio del turismo, cuyo titular es un segundo yerno del hermano menor. Pero mientras más razones podía haber para que sus presuntos rivales lo atacaran, más duro y firme se mostró contra la pandemia. Anunció incluso expulsiones. No faltó quien viera en esta campaña una maniobra del ministro de las FAR para asegurarse la sucesión.
“Raúl fue categórico cuando dijo que la revolución se ve amenazada no sólo por EEUU sino también por la corrupción y las actitudes liberales que dan espacio para que crezca” (2)
En sentido similar se pronunció el miembro del Buró Político José Ramón Ventura Machado, viejo socio del hermano menor desde la época heroica del miniestado guerrillero de oriente, en el que ejerció el “ministerio” de sanidad:
“Según una trascripción parcial de otra reunión de miembros del Partido Comunista en la provincia de Matanzas, Ventura Machado advirtió que Cuba no sólo estaba copiando la técnica de gestión capitalista, sino que también sus métodos y estilo… Machado, que se cree es la mano derecha de Raúl Castro, criticó a aquellos que se convirtieron ellos mismos en capitalistas. En la reunión de Matanzas se dijo que el liberalismo, la falta de control y la tolerancia están afectando al país entero” (sub. el autor) (3)
Al explanar sus miedos, como lo hizo en el indicado discurso de noviembre del año pasado, Fidel enfatizó el peligro de una nueva perestroika cubana que se llevaría al diablo el esfuerzo de cinco décadas. Pocos días después, su fiel mensajero Felipe Pérez Roque volvió a lo mismo. Dibujaron un oscuro horizonte. ¡El capitalismo podía regresar a Cuba! Si estas insólitas reflexiones públicas hubieran sido las únicas, podrían haberse tomado como celo excesivo de un anciano preocupado de evitar la más pequeña mancha en su legado revolucionario. Pero el discurso de Pérez Roque un mes después no dejó la más mínima duda. Estaba claro para todos que el caudillo había conminado a su canciller a ratificar las preocupaciones que lo embargan. Puede decirse casi con certeza que el objetivo de la alarma de Fidel es Raúl. Su influencia en la economía a través de las FAR se había intensificado, lo que representa un problema serio. Porque parece demostrado que el hermano menor ha sido el músculo de varias medidas de liberalización, entre otras las adoptadas en 1993 tras la catástrofe soviética. El régimen revolucionario buscaba oxígeno y creyó encontrarlo por el camino de la liberación parcial de la economía. Esas medidas fueron de enorme importancia. Insinuaron claramente un viraje de perfil chino. Dos grandes decisiones lo confirman: la creación de los mercados libres campesinos y la libre circulación del dólar. Aunque el efecto de ellas fue positivo porque el agobio de la gente cedió un poco, la pupila inquieta de Fidel detectó el peligro de que el morbo del liberalismo comenzara –al igual que en China- a invadirlo todo. Entonces el caudillo estalló y de un plumazo aniquiló primero los mercados libres y después, animado por los masivos suministros sin contrapartida proporcionados por el gobierno de Chávez, hizo el anuncio triunfal de la abolición de la libre circulación del dólar.
El juego de avances y retrocesos, de dogmáticos versus reformistas ha continuado pero según la periodista colombiana Patricia Lee:
“Tras bambalinas, Raúl ya tiene en sus manos las riendas y controla los principales resortes de la economía y el poder. Su hermano Fidel posa para las fotos, pero el menor ya esta gobernando” (4)
Exagera. Los controles militares de la economía sólo en parte pueden endosarse al activo de Raúl. Fidel sigue al mando. Suponer que un hombre como éste acepte quedar reducido a ser un figurón útil para posar frente a la prensa mientras su hermano gobierna, es desconocer por completo la idiosincrasia del caudillo. Es igualmente ignorar una realidad que escapa al control de Raúl y de cualquier humano normal: la caótica organización de la administración y los sectores económicos paralelos. Es un desorden calculado. Esta colocado ahí precisamente para que un solo personaje lo controle, el mismo que creó el ilegible palimpsesto cubano.
Raúl y las FAR
“Una encuesta llevada a cabo en 1998 y 1999 entre más de 1000 emigrantes cubanos llegados recientemente (A EEUU. Nota mía) reflejó que Raúl Castro era el menos respetado de los doce líderes cubanos de alto nivel que se mencionaban. Sólo el 2% de los encuestados lo citó como una figura nacional respetada, e incluso quedó un punto porcentual por debajo del general
Colomé, su subordinado de confianza que actualmente encabeza el Ministerio del Interior. Esta opinión del Castro más joven está, por lo general, confirmada anecdóticamente por personas que han viajado a la isla, así como por desertores y refugiados” (5) (*)
A pesar de los resultados de las encuestas y de todas las dudas acumuladas, el sentido común sugiere que Raúl Castro será en las primeras de cambio el sucesor lógico de Fidel, si se quiere evitar el estallido de una incontrolable transición. Obviamente, el punto de apoyo y plataforma del ambiguo sucesor no serían los votos, sino las botas. Serian las FAR, cuyo
(*) Andrés Oppenheimer cita al ex embajador mexicano en Cuba, Ricardo Pascoe, quien en su libro, En el Filo, comenta una encuesta, preparada para pulsar el prestigio de los líderes. Al tener conocimiento de las cifras, Fidel Castro descubrió que la mayoría no quería ser gobernada por Raúl Castro. Comenzó entonces, según Pascoe, a depositar más confianza y responsabilidades en Lage, cosa que irritó a Raúl al extremo de burlarse en público del caudillo. A partir de testimonio tan acreditado (en el ejercicio de sus funciones diplomáticas Pascoe intimó con Fidel y demás gobernantes) Oppenheimer se preguntó si el nuevo enfrentamiento sería el de Fidel y Raúl (6)
generalato en principio lo acepta como jefe natural. No es éste un respaldo puramente físico, sino también moral. Las FAR ha sido hasta ahora la institución
más respetada, entre otras cosas porque el ciudadano corriente hasta hace
poco tiempo la había percibido ajena a la represión directa. Esta opinión espontánea no se alejaba mucho de la realidad. Los hechos más notorios relacionados con las FAR fueron sus victorias en escenarios extranjeros, impresionantes varias de ellas, y por supuesto magnificadas por la propaganda oficial. También es verdad que las FAR y las para entonces llamadas Tropas de Milicias Territoriales llevaron el peso de la guerra contra la insurgencia anticastrista que operó en seis provincias de Cuba durante más de un lustro (1960-66) Para reprimir a los osados guerrilleros anticastristas –oficialmente llamados bandidos- el régimen fidelista ordenó a las tropas no detenerse en contemplaciones. La represión fue sanguinaria, con actos que recordaban la ferocidad de la guerra a muerte decretada por Bolívar durante la lucha emancipadora. Los cadáveres de los guerrilleros se exhibían en poblaciones rurales sólo con fines de amedrentamiento. Y no fue asunto de excesos de subalternos. El gobierno promulgó la ley 988 en la que se disponía el fusilamiento in situ de los insurgentes capturados, además de confiscarles sus haberes Nada parecido ocurrió con los movimientos guerrilleros de influencia castrista surgidos contemporáneamente en Latinoamérica (7)
Sin embargo aquellas confrontaciones transcurrieron entre enemigos armados. Los perseguidores también corrían el riesgo de perder la vida, y por lo demás, esa guerra había desaparecido de la memoria de Cuba desde la década de los 70, abrumada por el silencio oficial. En cambio muchos cubanos, por orgullo de gentilicio, seguían con la emoción con que aplaudían las victorias deportivas, la fuertemente pregonada lucha de sus compatriotas en África y el Medio Oriente. En semejantes aventuras, los líderes militares cobraron un prestigio significativo. Sus nombres casi llegaron a ser populares (*). General Arnaldo Ochoa, general Abelardo Colomé Ibarra, general Patricio La Guardia, general Joaquín Quinta Solá, general Leopoldo Cintra Frías, general Arturo López Miera, general Enrique Acevedo González, general Ramón Pardo Guerra, general Víctor Shue Colon. Otros alcanzaron sus galones en actividades diversas, como los generales Orlando Amengual Vidal, Silvano Colón Sánchez, Antonio Enrique Lusson Batlle y Demetrio Montseny Villa, de la edad de Raúl y compañero suyo y de Vilma Espín desde la resistencia contra Batista.
Está fuera de debate que los ciudadanos de la calle, víctimas muchos de ellos del fidelismo, consideran que el corazón de las ejecuciones es el MININT y no las FAR. Los agentes del MININT atropellan seres humanos desarmados. Es por directivas de ese Ministerio que salen a cumplir sus misiones los CDR, los Destacamentos de Respuesta Rápida, los odiados matones de los actos de repudio. A diferencia de otras revoluciones de signo parecido, en Cuba los líderes militares prevalecieron sobre los líderes civiles y tenían más prestigio que ellos. Es cierto que el ejército rojo de la revolución bolchevique alcanzó gran
popularidad en el fuertemente nacionalista pueblo ruso, desde los primeros
(*) “casi”. Fidel es extremadamente celoso y no acepta sombras que opaquen su liderazgo
episodios de la guerra civil contra invasores extranjeros hasta el infierno de Stalingrado en las postrimerías de la 2da Guerra Mundial. Pero en ningún momento el ejército soviético estuvo por sobre el partido y le disputó el poder. El único intento en ese sentido fue el ocurrido durante la perstroika. Gorbachov fue detenido por los militares y Yeltsin se puso al frente del pueblo moscovita con el fin de rescatarlo. La intentona golpista fracasó y se elevaron como la levadura los créditos de los nuevos líderes reformistas de condición civil.
En Cuba el ejército es sin discusión hegemónico frente a un Partido de fuerte fachada burocrática pero más bien escaso de poder efectivo, salvo en alguna medida las estructuras regionales y sectores especializados. Es uno de los signos de la profunda militarización de la sociedad cubana. Quien carezca de sustento en la estructura militar no tendrá ninguna posibilidad frente a Raúl. Los dirigentes civiles más notorios y estimulados por Fidel podrían ser fácilmente barridos si nos guiáramos únicamente por su poder sustantivo, pero como puntos de equilibrio o refuerzo de liderazgos reales pueden jugar un papel destacado en el postfidelismo por poco que dure la jaqueada dictadura sin su seguro timonel. Al fin y al cabo, varios de ellos han adquirido una estimable experiencia en la Administración Publica y la diplomacia. Por supuesto, para que alguno (Lage, Alarcón, Pérez Roque) pudiera atreverse a disputarle a Raúl el vacío dejado por Fidel sería sobre la base de la garantía de sólido apoyo que reciba de cualquier poderosa fracción militar. Mascarón de proa, pues.
Tomemos el caso del vicepresidente Carlos Lage. En los últimos tiempos ha recibido cada vez más responsabilidades por encargo de Fidel. ¿Significa que sea el favorito, según piensan algunos? No tiene fuerza militar ni carisma. Seria tal vez un nombre útil en un gobierno de compromiso. Porque si este personaje es la carta en la manga del caudillo –cosa difícil de creer- no tendrá posibilidades frente a Raúl, salvo que en el postfidelismo se proyectara el fenómeno de las apariencias y realidades del poder. El sucesor real –probablemente Raúl- le conferiría a un civil un cargo presidencial tan nominal como lo fueran los de Manuel Urrutia y Oswaldo Dorticós. De paso, sería esa una forma de burlar la Ley Helms-Burton, que expresamente niega cualquier flexibilización de la política estadounidense si el poder se ejerciera por alguno de los dos hermanos Castro.
Raúl ha cultivado buenas relaciones con muchos oficiales, y ciertamente con casi todos los arriba mencionados. Parece haberse ganado el respeto de una buena parte de ellos, si nos atenemos a las ocasionales declaraciones que estos han dado sobre el Ministro de las FAR. Transcribamos de seguidas fragmentos seleccionados de palabras vertidas acerca de Raúl, su importancia para las FAR y ciertos rasgos de su personalidad, por parte de cuatro generales altamente calificados y muy representativos del sentimiento de las esferas decisivas del ejército cubano. Nos dan una medida de la influencia real del menor de los Castro, que seria indiscutible si no supiéramos que el conocido secreto militar incluye algunas veces el secreto de las verdaderas intenciones de los oficiales con poder.
General de división Ramón Pardo Guerra:
“Raúl me impactó desde el primer momento. Es muy humano. Tiene un carácter fuerte pero justo. Es muy ético, de profundos principios. Puedes franquearte con él sin ningún temor” (8)
General de división Joaquín Quinta Solá:
“Siempre le oí decir a Raúl que esta revolución era para los obreros y campesinos. Es muy critico con el egoísmo y tiene una relación fraternal con los combatientes” (9)
General de división, Abelardo Colomé:
“Raúl ha desempeñado un papel muy importante en el desarrollo de las Fuerzas Armadas y en la educación y formación de sus oficiales, dando el palo cuando hay que darlo y tirando la mano cuando hay que tirarla. Raúl inspira confianza. Es un revolucionario con el que se puede discutir todo tipo de problemas. Es un hombre de paciencia, de mucho detalle, respeta profundamente a la familia y, sobre todo, busca siempre la manera de ayudar a Fidel” (10)
General de División Raúl Menéndez Tomassevich (fallecido):
“… nació entre Raúl y yo una estrecha amistad. Considero a Raúl como parte de mi familia… Los hermanos te los impone la vida. Los amigos los escoge uno. A él lo quiero más que a un hermano” (11)
He tomado una muestra de generales muy significativos, con mucho poder. En vida lo tuvo Menéndez Tomassevich un verdadero emblema en el medio militar cubano. En las palabras de estos señores se repiten las mismas ideas: Raúl es accesible, se puede discutir cualquier tema con él, y además guarda una relación fraternal con los elementos de tropa y siente genuino afecto por su familia. Cierta o no, esta percepción se ha ido imponiendo. La cercanía de Raúl con la elite militar de Cuba debería convertirlo en garantía de permanencia en el mando y el privilegio, habida cuenta de que la salida de Fidel seguramente desatará una lucha por el poder de la cual todo puede esperarse. A Raúl lo tienen cerca, se han acostumbrado a plantearle problemas y a escuchar sus respuestas. Si apareciera otro en el solio presidencial una inquietante sombra cubriría el ambiente. ¿Habrá un nuevo reparto de liderazgos y subliderazgos tanto civiles como militares? Con Raúl –pensarán- ya el barajo se dio y los beneficia a ellos, los militares encumbrados.
Otra cosa, por supuesto, es lo que ocurre con los niveles de mando inferiores, a los que el hermano menor no llega ni puede físicamente llegar.
¿La sed de poder?: victimario y victima
Pero esos rasgos -que lo diferencian de Fidel- no necesariamente trabajan en forma especialmente útil para él. El caudillo no es accesible, tiene relaciones utilitarias con sus hombres y es frío y desapegado en asuntos familiares. Precisamente por ser más humano, Raúl no puede extender mucho la cobertura de su influencia. No tiene tiempo de ser accesible para todos, no puede discutir los asuntos ni ser fraternal con la mayoría de sus hombres. El prestigio de Fidel es distinto. Tiene una sustancia mítica, de naturaleza casi divina y por eso no necesita el contacto material. Más bien es lo contrario: los dioses se destiñen si no conservan un reverencial alejamiento.
La ambivalencia de Raúl en relación con el poder absoluto se manifiesta en esos sentimientos encontrados que lo llevan a desear y no desear un mando solitario como el que recaería sobre su espalda. Quiere y no quiere. No es un detalle intrascendente. Una vacilación en el momento culminante puede provocar consecuencias desgarradoras. No es un caso único en la historia de las autocracias cubanas. Por ejemplo, en lo relacionado con el deseo de poder puede descubrirse un curioso paralelismo entre Raúl Castro y Fulgencio Batista. Aparentemente Batista fue un obseso del poder pero en ocasiones decisivas dio demostraciones de lo contrario. Por eso cuando debió entregarse a la defensa de su presidencia frente a la ofensiva de las guerrillas fidelistas prefirió huir dejando en el abandono a sus desconcertados seguidores. Sus antecedentes nos hablan de un hombre que alcanzó las máximas posiciones por la vía de astutas maniobras y sin mucho sacrificio personal. Algunos aseguran que no quería dar el golpe del 10 de marzo de 1952. Era senador, no se inclinaba plenamente a abandonar su vida cómoda y confortable y gozaba de algún prestigio popular y de cierta respetabilidad. La intrépida idea del golpe de estado contra Prío no partió de él sino de dos de sus seguidores más firmes: Lutgardo Martín Pérez y Salas Cañizares. Acusados ante los tribunales por Fidel Castro corrían el riesgo de ser sentenciados a 30 años. Sintiéndose alevosamente atropellados, cogieron prácticamente a Batista por el saco y lo obligaron a dar el golpe contra el presidente Prío. Para justificar ex post su conducta, Batista se valió de un argumento impropio de su habilidad. Prío –dijo- quería perpetuarse en el poder.
Algunas veces, por supuesto no siempre, lo “humano” es incompatible con el poder, cuando menos con el poder absoluto. Este suele ser despiadado.
Es un argumento construido sobre la idea de que el poder es en sí un recurso de salvación histórica de los pueblos siempre que se ejerza por gente sin debilidades ni afectos condicionantes. Pareciera que el modelo más exacto de gobernante totalitario debería ser –sólo para referirnos a los lideres emblemáticos de la 2da Guerra Mundial- implacable como Stalin y no humano y normal como Roosevelt, despiadado como Hitler y no con sentido amable del humor como Churchill. De ahí se sigue que en sistemas basados en la democracia, el pluralismo y la tolerancia, sus gobernantes en principio pudieran ser más humanos y menos apegados al poder eterno, que los dictadores totalitarios. La conclusión que puede extraerse es obvia: si a tenor de algunas de las declaraciones arriba citadas se confirmara que Raúl es más humano, menos carismático, más familiar y más accesible que Fidel, probablemente no se sentirá a gusto obligándose a violentar su idiosincrasia lúdica y sus añoranzas juveniles forzado por las implacables reglas de la lucha por la dirección
¿Quiere tener Raúl un poder incompartido y totalitario como el de Fidel?
Lo más seguro es que crea en la conveniencia de preservar y hasta profundizar el engranaje totalitario. Sus dudas podrían comenzar con su propia candidatura a tan exigente cargo. ¿No habrá otro que, desaparecido el caudillo, asuma una responsabilidad que el hermano menor siente muy complicada? Lo trágico probablemente es que si hubiera tal candidato, Raúl lo confrontaría hasta derrotarlo, y si no, habrá sentido en noches de insomnio la necesidad de inventarlo con el fin de librarse de la ominosa carga de un poder tan vasto y anormal. Es un drama existencial del que pocos se han percatado.
En los testimonios arriba mencionados se percibe en Raúl un afecto, una inclinación familiar, ausentes por completo en Fidel. Se pueden todavía esculcar otras declaraciones de procedencias muy diferentes pero coincidentes en el reconocimiento de esos rasgos. Alina Fernández, por ejemplo, asegura que su tío Raúl era más afectuoso y preocupado por ella que su distante padre y eso era igualmente válido para Fidelito, el hijo mayor de Fidel, ingeniero nuclear aparentemente protegido por Raúl (12)
Norberto Fuentes, por un tiempo del círculo íntimo de Raúl, nos da esta interesante semblanza:
“Por otro lado –cuando no lleva atuendo militar con sus charreteras de cuatro estrellas de general del ejercito- sabe vestir sin ostentación pero con suma elegancia (…) Este es, pues, el hombre de presencia ligera y dado a las bromas y a disfrutar de las largas veladas que propicia la gracia de ser un buen
bebedor, muy de acuerdo a su estilo bolchevique (…) Y es melancólico, por lo menos hay espacio en su alma para estas extrañas navegaciones del ser (…) La añoranza, la nostalgia de aquellos pocos días (de su juventud en Paris) todavía lo apresaban. Entonces comprendí el enorme sacrificio que este hombre había hecho por su hermano. Quisiera dedicarse al juego de gallos y a las juergas. Pero está obligado a mantener bajo un puño de hierro a un ejército comunista. Y no sólo a soportar esa carga, sino que es la herencia que le deja el hermano. Si alguien ha estado condenado a no ser lo que quiere, es Raúl Castro” (13)
En la encuesta a emigrados recientes de Cuba, elaborada por el profesor Juan Clark, aparecen testimonios que luego de exponer el horror en que se ha hundido la revolución cubana y el absurdo privilegio de los dirigentes, matizan un poco cuando mencionan a Raúl. Sin duda vive en la opulencia, tiene viviendas, cotos de caza, finca, por lo menos un buen y ya célebre yate y no obstante es más moderado, familiar y relativamente frugal que la mayoría de los comandantes y líderes del régimen.
“Raúl es más moderado que Fidel en eso de los privilegios. Raúl, por ejemplo, es un hombre con todos los defectos esos que usted sabe en el orden político pero en el orden personal ama a sus hijos, ama a sus hermanos, a sus hermanas. El es una persona que sus hermanas siempre tienen la puerta abierta para él. Fidel no es hombre de amar a sus hermanos ni a nadie. Son dos personas totalmente diferentes” (14)
Piensan algunos que por carecer de las ventajas asociadas con el carisma, si Raúl se propusiera alcanzar la cumbre no vacilaría en llevar el acoso y la represión todavía más lejos que Fidel. El caudillo dispone de varias cartas para fundar su sistema absoluto, Raúl de una sola, la que tiene en la mano: las armas.
“Es un hecho –continúa Fuentes- que Raúl podrá moverse represivamente con mucha más facilidad que Fidel porque es mucho más ideologizado, quiero decir, mucho más adscrito al comunismo. Y puede decir junto a Stalin que no está en el poder para pasar a la historia sino para ser el perro cancerbero de las conquistas del socialismo” (sub Fuentes) (15)
Es ésta una legítima especulación. La aceptaríamos sin problemas si olvidáramos lo más importante: las condiciones concretas bajo las cuales se iniciará el postfidelismo. Frente al hecho biológico inevitable, los militares y la dirección del partido, unidos por sus miedos y más allá de sus diferencias, podrían tal vez compactarse alrededor de Raúl. En ese caso es factible que éste se vea impelido a consolidar su indecisa posición aplicando mano dura para contener cualquier eventual reacción popular o militar y purgar los pasillos interiores del Estado, las fuerzas armadas, el partido comunista y los correas de transmisión. ¿Hasta dónde lo llevaría la espiral? ¿Cuántos muertos serían aceptables? ¿Puede Raúl estabilizarse con base en una gestión sanguinaria, en el marco del postfidelismo? Me parece francamente difícil.
Otra sería la situación si en momento tan crítico se hicieran sentir factores tales como el negro horizonte económico, la presión internacional, el activismo del exilio cubano, la débil pero tenaz resistencia civil interna y la desarticulación de la irracional administración construida por Fidel para hacerse de un control incompartido del poder. Las aspiraciones de mando hirviendo en la descentralizada organización militar, las conspiraciones palaciegas y el cansancio o abulia de Raúl; todo eso podría estallar. Es de suponer que si el gobierno del sucesor no practica algún género de apertura política para darle un lugar a tantas fuerzas encontradas tendrá serios problemas de estabilidad que podrían conducir a una lucha por el poder cada vez más intensa y con eventual intervención popular. La sucesión dejaría de serlo para convertirse en transición. Por otra parte, en un momento tan delicado como ese deberíamos preguntarnos cuál será la conducta de las naciones democráticas y cuál la reacción de la potencia norteamericana. La experiencia indica que la orientación represiva de los gobiernos depende de situaciones de hecho que la favorezcan, impidan o moderen, más que de la voluntad de los gobernantes, que por supuesto no puede en ningún momento soslayarse. Mientras más contradictorio se presente el postfidelismo más débil será el gobierno de la sucesión. Si ese termina siendo el cuadro político, podrían producirse desenlaces muy violentos o virajes muy pronunciados. En la imposibilidad de mantener en un puño la compleja realidad cubana, el gobierno sucesor se vería forzado a intentar acuerdos con EEUU, los inversionistas privados (incluso cubanos del exilio) y fuerzas políticas plurales. Entregaría poder a cambio de supervivencia. Tampoco debe descartarse que termine perdiendo los dos. Al fin y al cabo, y aunque comiencen a surgir dudas sobre su conformación actual y anuncios relacionados con su flexibilización, la ley Helms-Burton descarta de entrada a Raúl. Vale insistir en que no es inusual que no pocas veces la realidad termine imponiéndose a la voluntad legislativa.
Progresos de Raúl: la caída de Abrantes y el período especial
Caída de Abrantes
Después de la ejecución del general Arnaldo Ochoa y de la subsiguiente caída de Abrantes, cesó por completo la pugna de competencias entre MININT y MINFAR que alimentaba el descontento en el Ministerio de Abrantes, tenido en aquel entonces por muchos como el verdadero poder de Cuba. Exageraban por supuesto, pero realmente a la sombra de ese Despacho prosperó la inconformidad que llevó a la muerte a Ochoa y sus amigos. Al concentrar en su mano estos ministerios, Raúl Castro llegó a la cumbre de su influencia sobre los factores de poder. El ministro del interior pasó a ser y lo sigue siendo el general raulista Abelardo Colomé Ibarra. Podría decirse que tal acomodo de influencias es la razón por la cual pocos dudan de que desaparecido Fidel sea su hermano quien lo suceda en el cargo, pueda o no retenerlo. ¿Por qué Fidel, siempre tan renuente a permitir liderazgos distintos al suyo, no impidió el avance de su hermano sobre un Despacho (el MININT) que obraba como sutil contrapeso para mantenerlo a raya?
Respuesta posible: el temor del caudillo, incrementado con la vejez, de sufrir un atentado, una rebelión militar, un magnicidio, tras los cuales bajara precipitadamente el telón de la jaqueada revolución cubana. ¿Llegaron Ochoa, La Guardia y Abrantes a jugar con la idea de la conspiración? No lo parece, aún cuando fuera ésta una posibilidad vislumbrada en el horizonte. Jorge Masetti, que conoció muy bien a todos los actores de este drama y tuvo acceso a sus intimidades, escribió:
“En aquel momento se percibía la crisis que se avecinaba y las consecuencias que se están viviendo hoy. Sin embargo, no creo que Ochoa tuviera tiempo de elaborar una reflexión profunda” (16)
Pero Fidel olía el peligro y se adelantaba a cauterizarlo antes de que se concretara. Para cumplir ese propósito recurría y recurre a los actos más demoledores. Sus antenas estaban en todas partes. Dice Masseti:
“Me tocó asistir a una comida en casa del ministro del transporte, Diocles Torralbas, donde se encontraban reunidos Ochoa, Tony y Patricio, y oí hablar de Fidel como de un viejo loco. Sin ninguna duda, la casa estaba llena de
micrófonos” (17)
Si realmente Pepe Abrantes incubaba pensamientos siniestros contra el
caudillo, la misma malla que libraba a éste de cualquier intentona interna o internacional, podía asfixiarlo. Por eso se apoyó en Raúl. Al fin y al cabo, si el precio de erradicar tan considerable peligro era dejar crecer más de lo calculado la fuerza de su hermano, mal que le pese se vio forzado a pagarlo. De todas maneras la lealtad de Raúl era una de las pocas cosas de las que hasta cierto punto se sentía seguro. El problema es que el nuevo terreno alcanzado por el segundo secretario del partido se convirtió en botín. Raúl –sintiéndose a gusto o como creen otros, muy a su pesar- sencillamente estaba incrementando su poder propio y no había manera de devolver las cosas a la situación anterior porque los nuevos funcionarios del raulismo rápidamente se aferraron a los cargos. Los avances del hermano menor no se limitaron a la Administración Publica. El contragolpe desatado contra Ochoa y sus posibles seguidores, llevó a importantes raulistas a puestos fundamentales en el Comité Central y el Buró Político del Partido Comunista. Como los leales de Raúl son por lo general, según se ha dicho, militares destacados, el avance del hermano menor ha corrido parejo con el incremento de la militarización del partido, la sociedad civil y la economía. Fidel ha tenido que empezar a compartir el poder con Raúl.
El periodo especial
Ha sido éste uno de los momentos más trágicos de Cuba y reveladores de la índole del fidelismo. Se ha puesto de manifiesto lo que en todo el mundo se sospechaba: que la revolución cubana no se sostenía sino por el interés geopolítico de otros y al precio de una férrea dictadura que administrara el hambre creciente del pueblo. Alegar que los problemas de la isla se deban al bloqueo norteamericano, es un sorprendente reconocimiento de que sin la tolerancia de EEUU el altisonante fidelismo no puede funcionar. Por otra parte, no hay tal bloqueo. No hay barcos artillados impidiendo el acceso de mercancías a Cuba ni vuelos desplegados para derribar objetivos relacionados con su intercambio comercial. Todo lo que hay es un embargo de bienes norteamericanos, con excepción de productos farmacéuticos y medicinales. Cuba siempre puede comprarle a otros e incluso puede hacerlo en mejores condiciones. Tiene el mercado mundial a su disposición. De modo que si la tragedia obedece a que la potencia imperial se niega –sin discutir si es útil o no esa política- a comerciar con Cuba, entonces la alarmante ineptitud del modelo socialista se pondrá a la vista del fundamentalismo que aun aplaude a Fidel.
En realidad, todo eso hay que tomarlo con algodones. EEUU no puede obtener victorias concluyentes con fórmulas más bien primitivas como la del embargo, precisamente porque el mundo no lo acompaña en su implementación. Cuba no está en crisis porque EEUU no quiera venderle productos, sino porque carece de moneda fuerte para adquirirlos en cualquier otro país del mundo muchas veces en mejores condiciones. La carencia de moneda fuerte es consecuencia de la inviabilidad del modelo castrista y por ende del gravísimo deterioro de su economía, comenzando con su industria bandera: la azucarera. La verdad se hizo muy visible por la caída del imperio soviético, del cual el régimen fidelista dependía totalmente, en medida muy superior a la dependencia que, con respecto a EEUU, han mantenido los estados más pobres del hemisferio. Sin el bloque socialista, Cuba se desplomó. Un agonizante sistema en busca de padrinos es lo que hemos presenciado en los últimos tiempos. Fidel, brillante en el fracaso, intentó forjar alianzas y aperturas con los gobiernos latinoamericanos dirigidos por personalidades fuertes: Omar Torrijos, Carlos Andrés Pérez, Salinas de Gortari, Alberto Fujimori, pero no era mucho lo que podía sacar de eso. La oferta postulada por Chávez y algunos otros de abrir un camino revolucionario por la vía electoral le ha proporcionado mucho más. Pero siempre son dádivas. Las cavidades interiores de la revolución cubana están podridas hasta la médula. El período especial ha sido un vía crucis que ha golpeado el orgullo del arrogante jefe máximo, pero en cambio ha resultado muy útil para Raúl Castro.
No por azar ha dicho el hermano menor:
“Algún día tendremos que hacerle un monumento al período especial” (18)
En lo relacionado con la situación personal de Raúl y la de las FAR en el esquema del poder, nunca palabras fueron más justificadas que esas. Porque el período especial ha sido también una nueva etapa radical y sostenida de la militarización de Cuba y del fortalecimiento de la posición del Ministro de las FAR. El proceso militarista venía en forma gradual desde la primera hora de la revolución, pero dio largos saltos adelante con motivo de hechos políticos o bélicos que lo permitieron. Mencionaré al azar cinco de ellos:
1) La denominada LCB (Lucha contra Bandidos) Sexenio duro que obligó a fortalecer las unidades militares o a someter muchas organizaciones civiles al control de las FAR.
2) Las guerras extranjeras, especialmente en África y el Medio Oriente. Unos cuatrocientos mil cubanos fueron enviados como reclutas militares a foguearse en combates encarnizados.
3) El tercer Congreso del Partido Comunista en el que se registró un aumento de los militares en el Comité Central y el Buró Político así como en las posiciones ejecutivas del gobierno. Incluso el Departamento ideológico del Comité Central, alguna vez dirigido por el civil Carlos Aldana, en la actualidad está en manos del coronel Rolando Alfonso.
4) La aniquilación de Abrantes, Ochoa y La Guardia, lo que dio lugar a la supeditación de MININT a MINFAR
5) El último y uno de los más importantes hitos de la militarización es el que venimos analizando, el período especial.
Después del mazazo en el lomo recibido por la revolución debido al cese de los subsidios soviéticos y la destrucción del mercado socialista, Cuba entró en total desconcierto. Su extrema dependencia de la URSS, que lo había protegido en muchas ocasiones, terminó siendo fatal. A despecho del nacionalismo a borbollones de los exaltados discursos de Fidel, Cuba estuvo en el linde de convertirse en un protectorado soviético. Mientras la URSS le compraba materias primas con poco valor agregado (cítricos, azúcar, níquel) le vendía o cedía el 80 % del capital fijo en la industria y demás actividades económicas. El 64% de las exportaciones cubanas de azúcar era absorbido por la potencia soviética. Semejante acuerdo acarreó la ruina de las dos partes. Cuba se convirtió en un erial improductivo y la URSS comenzó a jadear en serio, al punto de considerarse semejante carga una de las causas del hundimiento del inepto sistema socialista. Fallecido el socio soviético, Cuba se precipitó al vacío.
En medio del caos sólo una institución había previsto lo que ocurriría, y se desenvolvía con cierta eficacia. El general de brigada Orlando Almagual Vidal, hombre vinculado a Raúl, subrayó que las FAR fue prácticamente la única en comenzar a tiempo los preparativos para encarar lo que vendría:
“Desde años antes de la desaparición del campo socialista, en las FAR se comenzaron a tomar medidas para enfrentarnos a un periodo especial en tiempos de paz” (19)
El trabajo de los militares en la lucha por el autoabastecimiento fue de una tenacidad impresionante. En lo concerniente a víveres, las FAR pudo asegurar las comidas fuertes de sus integrantes, a lo largo de cada mes. La variedad de los platos dejaba mucho que desear pero los soldados en su mayoría no llegaron a pasar hambre. Su alimentación básica se cubrió en 70% con producción propia mientras que los ciudadanos corrientes en el mejor de los casos solo alcanzaron el 50%. En el suministro de uniformes militares, botas, etc. se surtió en 100% aunque con importante deterioro de la calidad. Se subrayó la necesidad del autoabastecimiento militar en vegetales, arroz y varios tipos de carne. Para sostener el abastecimiento de medicinas hubo que apoyarse mucho en la medicina natural.
Las FAR contribuyó en alguna medida a atender la emergencia de la población civil pero sin duda lo primero fue alimentar y vestir a la tropa por el apotegma fidelista de que la defensa armada es el primero de los deberes de la revolución. El efecto fue fulminante: los militares sintieron cada vez más que eran una clase privilegiada. La gente de la calle lo percibió también. La sociedad profundizó sus ya bochornosas desigualdades y los hombres de uniforme tomaron el control de nuevos espacios de poder, mucho más allá del ámbito normal de su competencia. Ese fenómeno, si se quiere inevitable dada la ya analizada anatomía de la Administración Publica (sin hablar del pernicioso incremento de la corrupción) ha comenzado a deteriorar velozmente el prestigio de las FAR. La corrupción ha estado asociada con otro viraje dictado por la decadencia de la economía y administración cubanas. Se trata de la constitución del sistema de empresas militares para hacerse cargo de la dirección económica del país.
Con base en cambios tan pronunciados tomemos, de cara al porvenir, nota de lo siguiente: Raúl pareciera querer y no querer el poder absoluto; gana posiciones en los niveles superiores y pierde terreno en los básicos y medios; expande su influencia sobre el partido y la economía pero desata un proceso de corrupción que la mina profundamente.
“¿Compran a las FAR con estos oscuros negocios? Eso sólo concierne a una elite militar (…) El reparto no llega al conjunto de las FAR sino a un sector bien particular que es el más cercano al poder (…) Luego a niveles inferiores y de suboficiales se vive la misma penuria que cualquier ciudadano” (20)
Fórmulas alternas
Cuando en el pasado vacilaba sobre las aptitudes de Raúl siempre al final arraigaba en el ánimo de Fidel la convicción de que en todo caso su hermano sería el mal menor. Es posible que hubiera en el partido y el estado gente mejor preparada y más apta para la dirección administrativa y política, pero ninguna de ellas tiene fuerza propia. En el ocaso de su vida, Fidel está midiendo ahora de cuerpo presente el fracaso de su obra. Después de cinco décadas no hay en la isla una institución que permita, como en otros países, el normal relevo de los mandatarios. Por escapar de las posibles fracciones internas, Fidel destruyó los liderazgos emergentes y naturales, concentrando en su mano el poder y convirtiendo a Raúl en su sucesor. La fuerza de éste fue durante mucho tiempo puramente vicaria. Habían desaparecido del ambiente Camilo, el Che, Ochoa, Abrantes, Patricio La Guardia. Durante cierto lapso prefirió apoyarse en los civiles, que en una sociedad militarizada no le podrían disputar espacios distintos a los que él les otorgara, aunque para quebrar viejas solidaridades terminó sacando los últimos comunistas tradicionales del Buró Político y de las posiciones fundamentales del estado. Alentó a civiles inteligentes y destacados en sus áreas para después sacrificarlos. El ideólogo Carlos Aldana, el canciller Robertico Robaina con su gran deseo de reconciliar la ateroesclerótica revolución con la desenfadada juventud cubana. Fueron decapitados con demoledores cargos de corrupción para evitar la sospecha de que se les echaba por discrepancias ideológicas o legítimas aspiraciones políticas. Parece fuera de discusión que ciertamente estuvieron envueltos en problemas de ese tipo, pero son pocos en la nueva clase los que puedan librarse de semejante pecado, incluidos en los lugares mas destacados el propio Fidel y Raúl. La tolerancia de los actos de corrupción equivale a una firma en blanco. Quien pierda el afecto del máximo líder será victima de lo que firmó y quien lo mantenga continuara gozando de total impunidad. La extensión del negocio de la droga, que involucra a los dos máximos dirigentes de la revolución, es la mejor prueba de que los tribunales son siervos del poder y en consecuencia no pueden determinar la desgracia de nadie sin el visto bueno de Fidel. Por otra parte las conexiones de Fidel y Raúl con el negocio del narcotráfico son inocultables. Gruesos expedientes y obras, confesiones impresionantes, testimonios gráficos y documentos oficiales se acumulan contra ellos. La impunidad de Raúl es notoria. Un ejemplo entre millares: Juan Benemelis denuncia que su yate, El Pájaro Azul, es utilizado para el trafico de drogas desde la base de Caleta, en las vecindades de Cienfuegos (21)
Es dudoso que Fidel esté pensando en una formula colectiva de gobierno, estructurada sobre la combinación de civiles y militares, tal vez bajo la dirección de Raúl, de Carlos Lage, de Ricardo Alarcón o incluso de Joaquín Pérez Roque. Por experiencia sabe que cuando no hay un jefe reconocido los conflictos no se hacen esperar. Y no ignora los ensayos en ese particular que se produjeron en la Yugoslavia de Tito, la China de Mao y la Unión Soviética de Jruschov. Tito quiso organizar meticulosamente la era postitoísta. Construyó una delicada forma de gobierno colectivo con participación de todas las naciones de la Federación y el resultado lo tenemos a la vista: Yugoslavia desapareció fraccionada en medio de la más feroz guerra civil. La troika soviética y la Banda de los 4 en China no tuvieron mejor suerte no sólo en el sentido de garantizar la continuidad de la revolución sino, más grave aun, el espíritu y sustancia del marxismo y el comunismo. Porque en China, es verdad, el viejo Partido Comunista sigue al mando y aun pueden encontrarse retratos de Mao, pero el capitalismo se ha impuesto de manera concluyente. La Revolución Cultural lo había avizorado. Con extrema brutalidad pretendió impedirlo y por un momento creyó haberle extirpado sus raíces.
Desconsolado, sin creer en ninguno de los posibles sucesores, Fidel comenzó a buscar la ayuda de fuerzas ignotas: una idea mágica, el milagro de una nueva doctrina, una confederación cubano-venezolana, una conflagración mundial a partir de Irán. Ordenó al dócil Lage que tartajeara aquella infeliz declaración sobre “los dos presidentes de Cuba”, todo con el fin de tantear la posibilidad de integración federada de Cuba y Venezuela. Fórmula extremadamente cuesta arriba pero si pudiera cristalizar requeriría que en Caracas se instalara una dictadura vitalicia como la de La Habana y con su misma orientación. Chávez sería el hombre y en efecto está anunciando su reelección indefinida para lo cual cuenta con las febles Asamblea Nacional y CNE. Pero si perdiera se llevaría la flamante federación al fondo del océano porque no hay manera de asociar en fórmulas gubernamentales -en la hipótesis inaceptable de que un gobierno democrático se interesara- una democracia, plural y alternativa, con un régimen totalitario de partido único.
El pasado 17 de noviembre el caudillo cubano llamó en su ayuda a los pensadores revolucionarios del mundo. El presidente Chávez, arrastrado por Fidel, repitió como un eco análoga letanía sólo para correr la arruga. Ha proclamado la búsqueda del socialismo del siglo XXI. No es sino un rótulo. Falta lo esencial: ¿Cuál es la sustancia de tal socialismo? Después del silencioso hundimiento del pregonado modelo económico basado en cooperativas y otras asociaciones sin fines de lucro, nadie dice ni puede decir nada. Como Ejército de Salvación de aliados en coma, Chávez no podrá salvar a Fidel, ni sostenerse en el tiempo. La ayuda venezolana se ha hecho masiva y cubre variados aspectos. La garantía de suministro de combustible es apenas uno de ellos. Tan importante como eso es el subsidio directo o encubierto, con moneda dura. Es ampliamente conocido que al proporcionarle a Cuba más de 90 000 b/d de petróleo, Venezuela en realidad está dotando a Castro de un poderoso vehículo para la obtención de divisas. Pero al igual que lo fuera la sostenida ayuda soviética durante más de 30 años, ésta terminará incidiendo negativamente en la economía cubana. Las deformaciones dejadas por esas tres décadas no pueden resolverse en el marco del poder y de la estrategia fidelista. La ayuda bolivariana, cierto, “corre la arruga”, pero no simplemente para posponer un problema irresoluto. Semejante corrida, como lo ha demostrado asazmente la historia, profundiza el mal, convirtiendo en maligno el tumor benigno soterrado.
Hombre temerario, Fidel podría haber pensado en nombrar causahabiente suyo a alguno de los generales de las FAR. Tal vez haya uno más fiel a sus añosas ideas, más ortodoxo y capaz por eso de desempeñarse mejor que Raúl, así se viera obligado a recurrir a los medios extremos de represión. ¿Quién pudiera ser? La mayoría está con Raúl y no pretende disputarle posiciones, aunque una llamada de Fidel podría cambiar esas reservas por un activismo suicida. Pasemos revista:
Los generales Joaquín Quinta Solá, Leopoldo “Polo” Cintra Frías y Ramón Espinoza Martín comandan ejércitos regionales autosuficientes. Quizá podrían unirse alrededor de Cintra Frías, quien dirige el ejército de occidente donde se encuentra un enorme dispositivo militar aparte de ser la sede del gobierno nacional y del Ministerio de las FAR. Quinta Solá estuvo bajo el mando de Cintra Frías en Angola y éste vivió la carnicería de la batalla de Cuito Cuanavale, de modo que estaría preparado para afrontar situaciones de riesgo. Tiene la distinción de Héroe de la Republica de Cuba, que también ostentan Quinta Sola, Abelardo Colomé y en su momento Arnaldo Ochoa y Patricio La
Guardia. Ramón Espinosa Martín tiene la reputación de ser un hombre de criterios propios, que sostiene altivamente. Los tres dependen y no dependen de Raúl. Han cultivado estrechas relaciones con las direcciones partidistas provinciales, lo que tiene una gran importancia porque así como los ejércitos regionales son lo fundamental de las FAR, las direcciones provinciales tienen más fuerza sustantiva que las lejanas instancias nacionales. Fidel, desorganizador colectivo, nombra los comandantes de los ejércitos y mantiene con ellos una fluida comunicación. Es posible que, acostumbrados a tratar con el líder máximo, tiendan a soslayar al Ministro de las FAR y lleguen a sentirse más aptos, con más poder que Raúl para encargarse del poder.
Pero no está claro si en realidad son más capaces. De las cualidades militares del más destacado de ellos, “Polo” Cintra Frías, parece haber abrigado serias dudas el Che Guevara, durante las batallas africanas. Cuando menos algunas veces el Che se quejó amargamente de la falta de acometividad de Cintra Frías. Tampoco debemos creer enteramente en la objetividad del Che, tan caprichoso en sus juicios. Probablemente lo medía con un solo rasero, el mismo que lo llevo a hacer chistes gruesos contra Raúl, por su escasa actividad bélica en el Frente Oriental Frank País. Raúl, como se sabe, se ocupaba más de construir una base revolucionaria que de salir a pelear. El problema es que tal vez haya tenido en esto más razón que el Che y Fidel.
Queda todavía otro Héroe de la Republica de Cuba, veterano del frente
sur de Angola a la sazón comandado por Cintra Frías, y por lo tanto combatiente de Cuito Cuanavale. Fue enviado luego a Etiopia donde exhibió cualidades fuera de lo común, además parece ser un hombre valiente. Se trata del general Arturo López Miera cuya estrella en Cuba está en pleno ascenso. Fidel lo ha venido promoviendo tanto militar como políticamente, muestra evidente de la confianza que le dispensa. López Miera tiene buena formación académica aparte de práctica. Estudió dos años en la Academia Militar del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas de la URSS, K.E. Voroshilov. Aparentemente tiene una ventaja sobre los generales antes mencionados y es su vieja formación política. No es un humilde guajiro del campo que ascendió en ese poderoso mecanismo de promoción social que son las FAR. Su familia era militante del PSP antes del triunfo de la revolución cubana, de modo que respiraba el comunismo en la atmósfera cotidiana. Su participación en las guerrillas castristas fue tardía, lo que pudiera deberse a que tardíamente el PSP se embarcó en la lucha armada junto a Fidel. En 1958, último año de la dictadura, se incorpora al Frente Oriental dirigido por Raúl Castro. De vieja data son las relaciones entre estos dos personajes de la revolución, aderezadas por su común inclinación al comunismo.
Tampoco pueden dejarse de lado dos generales de división que han gozado del respaldo que se le reconoce al prestigio: Julio Casas Regueiro y Ulises Rosales del Toro. El problema es que ambos han sido separados de sus puestos operativos en el seno de la institución militar. Han sido destinados a cumplir tareas como gerentes de empresas del Estado. Ha sido un paso inevitable pero de consecuencias políticas de difícil pronóstico.
Si Fidel estuviera pensando en algún otro militar para que, con más voluntad y ortodoxia (*) que Raúl lo suceda en el mando, sospecho que manejaría tres ases: Leopoldo Cintra Frías, Antonio López Miera y Joaquín Quinta Solá. Si esa hipótesis fuera valedera cabría otra pregunta: ¿un simple legado verbal o escrito de Fidel bastaría para que su deseo se impusiera? Porque volviendo al principio, la cuestión no es si Fidel quiere a Raúl en el puesto de sucesor, eso puede o no ser cierto. La cuestión es más bien ésta: ¿en caso de no desearlo podría impedirlo?
Esta interrogante debe suscitar perplejidad. Fidel, dicho sin hipérboles, es el amo de Cuba. Nadie puede oponerse a sus designios. Nadie quiere hacerlo en forma visible a riesgo de ser fulminado inmediatamente. No hay reputación que le ofrezca resistencia. Cuando comparte pequeños espacios de poder, como se ha visto forzado a hacer con Raúl en tiempos o actividades críticas como los del período especial, la frustrada zafra de las 10 millones de toneladas de azúcar
(*) ¿Quién garantiza que en el momento culminante sean más ortodoxos que Raúl?
o el manejo especializado del narcotráfico, no quiere decir que haya perdido la fuerza de destruir a cualquier eventual adversario y eso incluye a Raúl. El caso es que si no lo hace ahora le será más difícil intentarlo al iniciarse la agonía. Viene a la memoria la relación del Lenin que había sufrido su primer ataque hemipléjico y el grosero Stalin, para todos los efectos el jefe práctico del partido comunista. En esos días Lenin rompió relaciones personales con Stalin quien acumulaba un poder desconocido hasta ese momento en la tradición comunista, aunque después se instalara como modelo fielmente seguido por los marxista-leninistas en todo el mundo. Además, envanecido, Stalin se había atrevido a faltarle el respeto a la esposa del máximo líder de la revolución bolchevique. Lenin hizo un esfuerzo para evitar que la sucesión cayera en las manos de un personaje tan siniestro. Stalin se agazapó, sin duda nervioso, hasta que el ícono que gobernaba dictatorialmente el naciente país soviético, murió víctima de un segundo ataque. El llamado legado de Lenin, desaconsejando la jefatura sucesoral de Stalin fue ocultado, reinterpretado o atribuido a un hombre que había perdido la lucidez por causa de una terrible enfermedad. Sencillamente no pudo acabar con Stalin en sus minutos postreros, pero quizá lo hubiera logrado si hubiese procedido antes de ser doblegado por sus males. Si Fidel no quiere o no puede contener ahora a Raúl, podría ocurrirle lo mismo, a pesar de que cuando menos en lo relacionado con la voluntad apasionada de apropiarse del poder, Stalin le lleve mucha distancia. El caso es que no sería una decisión fácil mientras no haya un suplente con respaldo suficiente para enfrentar a su hermano, ni tampoco es seguro que le niegue el cetro conforme a lo aconsejado por el manido aforismo castellano que reza: más vale malo conocido que peor por conocer. “Malo” para Fidel es cualquiera que no sea él mismo.
Empresas militares: nuevo poder en Cuba
La militarización no se ejerce ahora únicamente por la incidencia de uniformados en los cargos políticos y del estado y por la influencia de las FAR en las orientaciones gubernamentales. Para crear bienes y mantener el empleo, Fidel les abrió a los militares el área de las empresas productivas. Un importante número de altos oficiales se desvinculó de los asuntos propiamente militares para convertirse en empresarios en condiciones de monopolio, lo que ha hecho estallar un maloliente negociado. El fenómeno es ambivalente. Por una parte le ha dado a las FAR el control de la economía pero por el otro ha introducido en sus propias filas y en las del partido un sordo resentimiento contra los generales-
empresarios cuya riqueza se percibe por el exhibicionismo de que hacen gala. Crece el poder de los militares pero se debilitan internamente la moral, la disciplina y la confianza en los mandos superiores. En este sentido Raúl ha ganado y ha perdido.
El periodo especial colocó al régimen en una disyuntiva: convertir las FAR en el eje de la economía, pues ninguna otra institución en la deteriorada Cuba podría cumplir ese papel; o mantenerlas al margen para que no se debilitara el papel de defensor de la soberanía y soporte de la revolución. El naufragio del país llegó a ser tan pronunciado que el dictum de Fidel fue inevitable: debe crearse –ordenó- un poderoso sistema de empresas militares, así se redujeran drásticamente las dimensiones y los gastos habituales de las fuerzas armadas. Siempre se había pagado con sacrificios económicos la seguridad proporcionada por un poderoso y avanzado ejército, pero la situación ahora era tan crítica que se impuso la tendencia contraria: sacrificar parcialmente poderío bélico para impedir el hundimiento terminal de la economía.
El general Ulises Rosales del Toro fue puesto al frente de la industria azucarera, sin haber podido evitar su acelerada obsolescencia. Y el general Julio Casas Regueiro, miembro del buró político y hombre de confianza de Raúl, pasó a ejercer la presidencia del todopoderoso complejo económico conocido con el nombre de Grupo de Administración Especial (GAESA). Se trata de empresas organizadas con forma jurídica de sociedad anónima. Han extendido sus tentáculos al extranjero, donde guardan relaciones con muchos empresarios privados sin pasar por la administración de las finanzas públicas de Cuba. Siendo dependiente de las FAR, se supone que GAESA debía ser controlada por el alto mando. Pero aunque formalmente así esté dispuesto, de hecho el complejo ha ganado tanta autonomía como en otro tiempo la tuvieron el Departamento América y Tropas Especiales. Raúl esta al frente, pero no el alto mando y por eso el sistema obedece a los dos hermanos y a nadie más. Obsérvese una vez más la típica deformación impresa por el máximo líder a todas las organizaciones de Cuba, la duplicidad de funciones, la desconexión con órganos que deberían tutelarlas, las realidades paralelas como espejos que se miran.
La independencia de GAESA y otras empresas militares se extiende también al flujo económico. Los recursos logrados por las empresas asociadas a GAESA no necesariamente ingresan a la Tesorería y en cambio pueden fluir al extranjero para ser colocados en cuentas que sólo maneja Fidel. En una de esas deformadas racionalizaciones que son ya marca de fábrica de la revolución cubana, la justificación implícita de este poderoso estado dentro del estado tiene que ver con la supervivencia. Y del mismo modo la apertura de las Cuentas del Comandante. Fidel –se dice- es la revolución. ¿En quién confiar para entregarle la custodia de esa gigantesca fortuna? Castro puede usarla discrecionalmente. Puede con ella apoyar por ejemplo a empresas de biotecnología o guardarla indefinidamente con el pretexto de utilizarla cuando fuere necesario en la defensa del régimen, o para organizar la resistencia armada en el caso de una felonía militar triunfante. Siendo el jefe de la revolución es el único que por antonomasia no podría disponer de esos fondos con el fin de emprender una deserción bien munida. Por semejante vericueto se ha considerado razonable que los fondos se coloquen bajo su personal vigilancia sin ser objeto de controles externos o internos. En un país sin instituciones y plagada de caprichosas organizaciones paralelas, no queda mas remedio que ponerlo todo en manos de Fidel (*)
(*) La contradicción que condena al régimen es esa. Las empresas militares son necesarias para proveer bienes durante la aguda emergencia, al tiempo que minan irremediablemente la revolución.
Así como en su momento Tropas Especiales fue fundada para conseguir
divisas a como diera lugar, las empresas militares están allí para lo mismo y también para producir bienes y servicios que cubran el horrendo hueco negro dejado por la URSS. Tony La Guardia y Barbarroja, con la autorización de Fidel, interpretaron el “a como diera lugar” como una autorización para desplegar actividades de narcotráfico, asaltos a bancos y secuestros remuneradores. Las empresas militares aplicaron la misma lógica. El resultado fue que efectivamente se produjeron bienes para el precario mercado cubano, al tiempo que se amasaron cuentas millonarias en la elite del poder. Y la deformación, en este caso moral, no se detuvo ahí. La madeja de intereses envueltos en GAESA y otras empresas se convirtió en el aparato circulatorio de la corrupta nueva clase, lo que a su vez aparentemente ha comenzado a desmoralizar las Fuerzas Armadas, a desacreditarlas ante el país y a debilitarlas militarmente. Los problemas de disciplina provocados por los groseros privilegios y los enriquecimientos súbitos están descuadernando interiormente el proceso revolucionario. Fidel todavía está en el medio, sosteniendo una unidad cada vez más ficticia. Desvanecida su presencia, será altamente probable que estos problemas contenidos salgan a la luz como lava hirviente acelerando la crisis del sistema. Raúl está al frente de este necesario (*) manadero de corrupción. ¿Le será fácil unificar al país siendo parte interesada? No es una tarea sencilla. Dadas las inesperadas deserciones de gente de muy alto relieve, los hermanos Castro apelan a su propia familia para confiarle las responsabilidades máximas
en un área demasiado tentadora como la de estas empresas, cuya condición monopolista las cubre del riesgo de la quiebra y la ineficiencia y sus procedimientos no sometidos a control permiten la fácil distracción de fondos. Pero con eso se incrementa el rencor de la población. Fidel y Raúl deberían concitarlo alalimon, pero los odios levantados por esta irritante cuestión se concentran más en Raúl por ser el Ministro de las FAR, eje del corrupto sistema empresarial, al paso que Fidel prefiere mantener un inescrutable poder real antes que un visible poder formal susceptible de caer bajo la mirada de cualquier paparazzi. Los odios soterrados provocados por esa mezcla de abuso, latrocinio y abierta ladronería brotan no sólo en la población en general sino en la militancia y dirigencia comunistas, que la repudian. Unos lo hacen por rechazo moral, otros porque no participan del festín, y no faltan los favorecidos insaciables en busca de una tajada mayor.
El nepotismo sirve, como en cualquier parte, para ayudar a la familia. El Presidente de GAESA es el general Julio Casas Regueiro un hombre apto e imaginativo. Por eso mismo aunque se conserve estrechamente asociado a Raúl no está libre de perder la confianza de la revolución. Precisamente debido a esa reserva es que se ha seguido propagando la familiarización de las posiciones fundamentales del poder. La máxima expresión de la índole cada vez más forzadamente nepótica de la revolución cubana, había sido desde los orígenes del proceso Raúl Castro, segundo al mando en todas las instancias del poder. En ese mismo orden de ideas la dirección general de Gaesa se ha encomendado al yerno del Ministro de las FAR, Luís Alberto Rodríguez (*)
La suma de poderes de Raúl Castro arroja resultados anonadantes. Su influencia directa recae sobre las Fuerzas Armadas, la dirección nacional del Partido Comunista y el sistema general de las empresas del estado. El trasfondo de una fuerza tan amplia puede recogerse en el apotegma de que mientras más tiene en la cumbre menos tendrá en los niveles medios y de base. Ya me he referido a la debilidad intrínseca del sistema fidelista, que se acentuará cuando el caudillo se vaya. Pero vistas desde afuera, las posiciones de Raúl parecen abrumadoras y en cierto modo lo son. Es lo que ha llevado a no pocos a pensar que la muerte de Fidel dará lugar a una relativamente tranquila sucesión. Es en mi opinión un espejismo: se trata de fuerzas minadas, escindidas, en un país con divisiones organizativas estructurales. Concebidas para no quitarle el sueño al gran y único arbitro: Fidel Castro, resultan alucinantes para quien se proponga
entenderlas y más todavía, dirigirlas (**) En semejantes condiciones puede decirse que la muerte de Fidel más temprano que tarde será la muerte de su
bárbaro régimen y que, teniendo la primera opción, Raúl no va a poder gobernar
(*) Para un examen más amplio de la anatomía de GAESA y otras empresas militares, véase la declaración del ex agente de inteligencia cubano Delfín Fernández publicada en el periódico español Diario 16, más tarde comentada en una interesante obra por Ricardo A. Puerta. De algunos fragmentos publicados por Puerta hemos extraído parte de lo que arriba se escribe sobre el complejo GAESA (22)
(**) Es la tesis coherentemente sostenida por Jaime Suchlicki “La sucesión de Fidel Castro a su hermano Raúl parece asegurada…El poder político y económico de las FAR lideradas por Raúl y que hoy controlan más del 50% de la economía, la capacidad represiva del régimen y la debilidad de los grupos de oposición indican que la sucesión, una vez que Fidel desaparezca, va a ser rápida y fácil” (23)
con mano de hierro fuerzas que probablemente se le escaparán. Y no es del todo seguro que termine siendo el sucesor o que siéndolo se mantenga en el poder, ni se descarta que dominen la situación otros militares con fuertes vínculos con el partido en varios niveles. Lo que en cambio resulta evidente es que la salida de Fidel será como el inevitable deshielo que sigue, quiérase o no, a la muerte de un rey absolutista. Premisa ésta que podría ocasionar un duro proceso de apertura en lo económico y, con ellos o sin ellos, en lo político. No nos extrañen hipótesis no construidas sobre bases ideológicas. En las combinaciones sugeridas por la imaginación unos personajes podrán estar con el reformismo raulista o con la ortodoxia fidelista. Se salta de una a otra posición según los vientos, porque desaparecieron del partido los parámetros ideológicos, como no sean de pura fachada. ¿Cuándo aconteció esa –llamémosla así- desideologización del Partido Comunista Cubano?
“El asidero ideológico del régimen no existe desde hace muchos años. Al menos desde 1986 con la perestroika en la URSS. Peor aun: después de 1989-90, con el caso Ochoa. Ahí el sustento ideológico del régimen se derrumbó. Toda la gente que está al lado de Fidel lo hace por conservar privilegios o por miedo a que les pase lo que a Ochoa?” (24)
Una gran incógnita sigue en el aire en lo relacionado con el postfidelismo. La clave de una sucesión sin efectos volcánicos recae en la fuerte Institución Militar. Si puede actuar unida en la emergencia tal vez se produciría un cambio normal de poder, cuando menos antes de que la contrahecha administración y la pavorosa emergencia económica de Cuba no determinen cambios profundos y rápidos. Pero así como Fidel no es ya el mismo, tampoco lo son las FAR. En páginas precedentes hemos puesto de relieve la desmoralización acentuada por el papel económico asumido por los militares, fuente de violenta corrupción, de la que se han quejado incluso Fidel y Raúl. Los comandantes de los ejércitos territoriales no parece que se hayan beneficiado de los masivos privilegios de los que disfrutan los generales-empresarios. Sobre su concepto de disciplina debe haber influido la doble relación que han mantenido con Fidel por una parte y Raúl, por la otra. La autonomía de esos ejércitos territoriales -nacida de la estrategia de preparación del país para soportar una invasión de los norteamericanos- conspira contra la creencia de que los deberes de obediencia y subordinación se impondrán a cualquier desconcierto provocado por la ausencia del jefe al que se han sometido desde la adolescencia. Y está ahí, como una sombra, el partido. Sin ideología creíble, sostenidos por canonjías, privilegio y corrupción y con las reservas agitadas de las direcciones provinciales, luce difícil que mantenga su unidad. Y consideremos por ultimo la sensibilidad de la anatomía del estado cubano, organizado alrededor de la idea de que el caudillo debe ser protegido y tener manos libres para operar al margen de las instituciones y leyes. Es una estructura diseñada para que la gobierne Fidel. ¿Será posible que lo haga cualquier otro? Difícil asegurarlo.
¿Sucesión o Transición? Diría que lo primero y también lo segundo. La sucesión puede ser un proceso muy breve, como ocurrió por ejemplo en la Republica Democrática Alemana tras la caída en 1989 del Muro de Berlín. Fue un momentáneo acomodo de fuerzas. La transición se produjo casi inmediatamente y ya no como fugaz esperanza. Alemania reunificada y músculo principal de la Unión Europea es un homenaje a las escondidas potencialidades de la democracia.
La carta china
El partido comunista chino, el partido de Mao Zedong, ha sido ejemplo de muchas cosas, pero si alguna vale destacar ahora es su capacidad de mantener virtuales guerras civiles en el seno de la organización, sin que ésta desaparezca o pierda su rol dirigente. Es francamente fascinante la forma como mediante movimientos palaciegos se inició la transición del comunismo duro encarnado en la Banda de los 4, que actuaba siempre en nombre del gran líder que a la sazón estaba doblegado por un parkinson extremo, a la tendencia capitalista pragmática encabezada por Chou en lai y sobre todo por Den Xiaoping. La victoria de esta tendencia pavimentó el camino de la transición del comunismo al capitalismo sin que se deteriorara la fachada revolucionaria tradicional. Frente a este ejemplo de supervivencia se exhiben las ruinas de los partidos comunistas soviético y de Europa oriental. Precisamente por eso, el modelo de transición chino luce tan tentador para una parte creciente del liderazgo cubano, consciente como está que la muerte del caudillo podría desencadenar revueltas demoledoras contra los comunistas supervivientes. El drama reside en que Fidel, ensoberbecido, considera que la carta china es una traición al socialismo y a la revolución cubana. Y sin duda tiene razón. Por eso fuera y dentro de Cuba, fuera y dentro del gobierno y partido comunista cubano, una oleada de líderes espera la desaparición física de Fidel para mostrar sus cartas. Mao había muerto en 1976. Un mes después una insurrección palaciega se lleva por delante a sus leales radicales y moderados. Los sustituyen aliados del fallecido Chou Enlai y del emergente y diminuto Den Xiaoping. Pero en 1977 Hua Guofen reagrupa a algunos maoístas moderados e intenta un compromiso con los antimaoístas de Den. Pero fracasa y se derrumba. Den inicia una limpieza total de maoístas y rehabilita en el XI Congreso del Partido a todos los que habían sido expulsados bajo la acusación de querer restaurar el camino capitalista. En 1978 viene la ofensiva ideológica contra el pensamiento de Mao Zedong y a favor de la restauración del capitalismo en las zonas costeras, las más importantes de China. Lo sorprendente es que, arrastrado por las profundas reformas emprendidas por Den se levanta un gran movimiento en la calle deseoso de ir más allá, hasta democratizar totalmente la sociedad china. Como tal movilización podría desbordarlo, el nuevo caudillo aplasta por la fuerza las manifestaciones y decide conservar algunos retratos de Mao a fin de consolidar su poder arbitral. De allí el socialismo de mercado, que más propiamente debió llamarse capitalismo en la base con despotismo político en la cumbre, que es lo que tanto seduce a Raúl Castro y sus seguidores (*)
Recordemos palabras de Alcibíades Hidalgo. Siendo hasta no hace mucho tiempo principal asesor de Raúl, miembro del Comité Central y
(*) En su primera visita a China, el presidente Chávez, sin conocer para nada esta historia funambulesca, pero fijándose en los retratos de Mao, pretendió ganar voluntades alegando que
él siempre ha sido y seguía siendo maoísta. Las víctimas del Mao eran ahora los líderes del partido, a los que se dirigió sin percatarse el líder bolivariano.
embajador cubano en las Naciones Unidas, es sin duda un hombre muy calificado para especular en las vecindades del postfidelismo. Dijo Hidalgo:
“A Raúl siempre le entusiasmaron las reformas instrumentadas hace 25 años por Deng Xiaoping, impulso que predomina hoy tanto en China como en Vietnam”
Más adelante, se pregunta:
“¿Qué puede Cuba aprender de sus amigos asiáticos?
1) Una reforma económica va después de privatizar las grandes empresas estatales hasta permitir que la gente tenga talleres e industrias propias
2) El papel del Partido Comunista es iniciar las reformas y asegurar una sucesión ordenada y pacífica. Con eso en mente, varios líderes del gobierno cubano han estado visitando a China y Vietnam. La delegación cubana dedicó tiempo a lo que el diario Granma definió como la labor de las instituciones parlamentarias y el gobierno local.
3) Una cuestión siempre presente es el papel de los cubanos en el extranjero respecto a la estrategia de supervivencia económica, revisando lo sucedido con los chinos y vietnamitas que emigraron”
“No podemos estar seguros del enfoque futuro de la política cubana –insiste Hidalgo-, pero lo esbozado aquí parece ser lo más probable. Con ello mejoraría el nivel de vida de los cubanos de la isla y, lo mismo que en China y Vietnam, conduciría gradualmente a un poco de más libertad” (25)
También Norberto Fuentes piensa en la apertura exterior cubana bajo un gobierno de Raúl Castro, sólo que a diferencia de Hidalgo no la vincula a un mejoramiento de las condiciones de vida de los cubanos y consecuencialmente, una mayor libertad política, sino que por el contrario piensa que Raúl podrá ser más drástico que el mismo Fidel en el ámbito interno, probablemente para soportar las consecuencias políticas de la flexibilidad internacional y un mercado más libre, tal como en China y ahora en Vietnam. Como dato adicional, Fuentes piensa que Raúl está menos pendiente de su lugar en la historia, que parece una obsesión en el Comandante en Jefe. En su criterio, desea más bien asumir el desagradable papel de cancerbero del sistema, para evitar su total caída. En los dos hermanos está presente el recuerdo agobiante del Muro de Berlín, desastre que quisieran alejar de Cuba. Sólo varían en la receta que deba aplicarse: si apertura o perseverancia, vale decir: reforma o dogmatismo. Y ese no es precisamente un asunto menor.
La fórmula se ha mantenido en China con relativo éxito. Primero fue la medida experimental que facilitó la retirada de los ingleses de Hong Kong: un país, dos sistemas. Que en el territorio dominado por el partido comunista pudieran permitirse zonas de libre mercado y organización capitalista, fue una gruesa novedad que bajo la revolución cultural nadie hubiera tenido el atrevimiento de imaginar. Inicialmente, la formula fue concebida y explicada como un proceso digestivo. China absorbería con sano realismo zonas capitalistas muy desarrolladas. Se supone que a la larga se convertirían al socialismo como el resto del país, pero por el momento gozarían de una libertad que ayudaría al crecimiento global del país. El problema es que sucedió exactamente lo contrario: los espacios capitalistas han ido predominando con tal fuerza que muy pronto revolucionarán a toda China, haciéndola entrar de lleno en el sistema capitalista. En esa misma medida, la generación gobernante todavía es de la antigua cepa comunista. Han surgido tecnócratas jóvenes portadores de criterios modernos y atentos a las nuevas realidades del planeta, pero por el momento no parecen demasiado interesados en ocupar personalmente las posiciones de liderazgo político en el partido y el Estado. Es altamente probable que pacientemente esperen que el tiempo y la biología propicien sin trauma los cambios. Posiblemente entonces China dejará de estar bajo el dominio de un solo partido y se habrá liberado de la asfixia del marxismo-leninismo, doctrina que sigue siendo la oficial aunque muy pocos crean en ella y muchos menos todavía la sigan. El caso es que en la actualidad se ofrece a la vista un sistema de intenso desarrollo capitalista gobernado por ancianos cada vez más anacrónicos que, sin embargo, no abren con fuerza los cauces del pluralismo y la democracia. Y es precisamente eso lo que puede estar atrayendo a la primera generación de los aperturistas en Cuba. Con mucho sentido práctico suponen que pueden impulsar la liberación económica mientras mantienen (o fortalecen, según Norberto Fuentes) la dictadura totalitaria. Capitalismo en la base; despotismo en la cúpula, pudiera perfectamente ser su lema. ¿Podrá imponerse una receta de ese tipo en la agobiada y aislada Cuba? Incluso: ¿será posible que pueda funcionar por un tiempo evitando una explosión social y política? Los inclinados a aceptar la teoría de la sucesión tranquila piensan que el gran poder militar, la profunda debilidad de la disidencia y el terror que paraliza a la población serán decisivos para que el relevo opere con relativa normalidad, aunque protegido por un abrigo de acero. La tesis contraria no es menos consistente. Cuba está en el área del dólar, a noventa millas de la costa de Florida, tiene escasa población y su naturaleza insular facilita posibles bloqueos. Carece de la milenaria tradición imperial de las dinastías chinas y su economía es de una fragilidad escandalosa. En la sorda lucha interna que avanza como un cáncer, se han ido formando rescoldos de resentimiento que asumiéndose fidelistas, parecen estar a la espera de la ausencia del líder y único cerrojo que mantiene congelada la pugna interna. Sin la presencia de Fidel, ha de ser harto difícil impedir que se desaten los demonios de la confrontación.
La carta venezolana
El colosal altruismo venezolano ha caído como un torrente sobre el desierto cubano. Eso, sin duda, es verdad. Fidel ha podido cuando menos paliar muy transitoria y tenuemente agudos problemas como el de la vivienda y la fuerza eléctrica. La revolución cubana dispone ahora de una fuente legal para obtener divisas debido a que coloca en el mercado internacional una buena parte de los 93 000 b/d de petróleo que recibe de Venezuela, lo que le ha conferido un cierto margen de maniobra en aspectos sensibles como los monetarios y fiscales. Todo eso puede ser indudable. Incluso, recuerda mucho los 30 años de sostén soviético con base en el cual Fidel pudo mantener alegre e irresponsablemente un amplio diapasón de gasto que incluía desde las aventuras militares en el extranjero hasta el prodigioso desarrollo deportivo de la Isla. Apoyándose ahora en el músculo financiero chavista, el régimen cubano puede reverdecer sus viejas políticas de intervención en procesos electorales y de otro género en América Latina. Sería para Fidel un gran respiro.
Hasta el presente los gigantescos recursos administrados por el régimen bolivariano en más de siete años no reportan desarrollo verdadero ni se reflejan sensiblemente en las condiciones de vida de los venezolanos. Si en algún momento Venezuela perdiera o viera debilitarse el flujo de ingresos petroleros, no tendría maneras de sostener el gasto extravagante en el que se ha sumergido, ni el gasto mínimo para que el país funcione. Las aberraciones que se han producido en el sistema económico pesarán como una lápida sobre la espalda de una futura Venezuela democrática. Se necesitarán años para que el país se reencuentre con el liberador desarrollo. Lo que toma una connotación extremadamente peligrosa es que el país se ha hecho más dependiente que nunca de un solo producto -que, por lo demás, exporta sin mayor valor agregado cuando podría ser la base de una próspera industria petroquímica- y en porcentaje apabullante, de un solo mercado consumidor. La tragicomedia reside en que ese mercado es EEUU, el principal enemigo del régimen venezolano. No es una inofensiva farsa de circo. El núcleo de su estrategia queda afectado por semejante ambivalencia. La operación ALBA se basa no sólo en conjurar el ALCA sino los tratados bilaterales con EEUU, al punto de que el presidente venezolano ha golpeado con furor tanto a la Comunidad Andina de Naciones como al grupo de los 3, mientras hace objeciones gruesas a MERCOSUR. ¿Con qué autoridad moral entonces –le reprochan en varios países de América Latina- el régimen venezolano condena en otros lo que practica incluso más holgadamente que aquellos?
Pues bien, si estos peligros pudieran estallar sería en realidad muy poco lo que a futuro puede esperarse de la ayuda que se está derramando sobre Cuba, que es apenas receptora de fondos. Urgido por la proximidad del relevo en el mando y agobiado por la profunda degradación del nivel de vida del pueblo cubano y por el hundimiento generalizado de la infraestructura, Fidel recae en el increíble error de canalizar los recursos recibidos más o menos en la forma como lo ha hecho durante casi cinco décadas. Vuelve a las promesas que él mismo había olvidado. Habla de fabulosos programas de vivienda y anuncia una revolución energética edificada sobre unidades autosuficientes repartidas por el país, en un patético remedo del Gran Salto Adelante que casi provoca la expulsión de Mao Zedong del Partido Comunista Chino. De lo que no habla es de desarrollo, productividad, producción y generación de empleos estables y dignos.
Suponiendo que la ayuda venezolana se mantenga por un tiempo más, vale la pena preguntarse de qué manera influirá ese hecho en la política de Fidel y en el destino del postfidelismo. El aislamiento y la crisis económica habían alejado en alguna forma a Fidel del activismo internacional, pero la ayuda venezolana lo ha despertado del letargo. Ahora se le ve más activo en escenarios extranjeros aunque su salud y sus aprensiones lo condenen a permanecer encerrado en su isla. Alentado por la proximidad del gran proveedor de fondos que por alguna extraña razón ha decidido admirarlo como si estuviera en la primera hora de la revolución, intenta recuperar su presencia en Centroamérica, el Caribe, Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador. Ya no está solo. Alguien con más fuerza y estridencia está a su lado, robándole escenario. Las fuerzas moderadas que en Cuba quisieran mantener la dictadura pero sobre la base de un sistema económicamente abierto parecían tener el libreto escrito y listo para la representación. Fidel lucía angustiado e impotente para acometer la ímproba tarea de detener la corriente y sólo intentaba contenerla mientras conservara un hálito de vida y concebía alguna fórmula que le permitiera salvar su obra. Parecía al borde de la desesperación, como pudo apreciarse el 17 de diciembre de 2005. Había empujado a su discípulo venezolano a proponer el socialismo del siglo XXI, con el fin de alentar un esfuerzo de creatividad intelectual a partir de la cantera agotada del marxismo. ¿Acaso la irrupción de Chávez cumpliendo el papel que durante décadas ejerció la vieja URSS -esta vez sin condicionamientos ideológicos- le permitiría volver al viejo sueño de la revolución planetaria? ¿Realmente se haría realidad la antigua esperanza de barricada que quería presenciar y provocar en fecha próxima el hundimiento del imperio? Las cosas parecen en este momento volver al lugar del que salieron. En el 2001 se experimenta un nuevo viraje hacia el militarismo y la autocracia que no es en todo y por todo una simple repetición de ese recurrente fenómeno histórico. Con la tutela del anciano caudillo cubano el presidente venezolano Hugo Chávez ha venido ocupando un lugar en la historia, aunque no en el sentido que él imagina. Se trata en efecto de una continuación del militarismo histórico que tantas veces ha hincado sus garras en nuestro hemisferio. Pero proporciona tres novedades dignas de resaltarse. La primera, la reversión del método electoral, diseñado originalmente para refrescar y profundizar la democracia; la segunda, el control absoluto del poder bajo la vestidura de la ley y la tercera disfrazar la desnuda represión político-policial de modo que la violación de los derechos humanos y libertades fundamentales parezca emanar de decisiones autónomas de los tribunales.
Cambiar el contenido de las elecciones con el fin de que sirvan al propósito de fundar autocracias y no democracias, supone dos cosas: control absoluto de los órganos del poder incluido el comicial, y manipulación de los procesos electorales. Sin embargo, nada de eso sería posible si las corrientes antidemocráticas no hubieran accedido al poder por una elección irreprochable. Hugo Chávez ganó limpiamente las elecciones de 1998. Había un Consejo Electoral independiente y las ramas del poder público eran bastante autónomas, cosa que no las protegía de insistentes críticas. A partir de ese momento y con la mira puesta en el poder perpetuo, la democracia venezolana en 2006 no pasa hoy de ser una caricatura, una sombra. El resultado parece el mismo que Castro alcanzó por la fuerza de las armas. En el momento de la victoria electoral de Chávez, el actual vicepresidente José Vicente Rangel declaró, con sinceridad rayana en la candidez, que habían ganado usando las armas del campo enemigo. Se refería –admisión paladina- a las elecciones, el pluralismo, la imparcialidad (hasta cierto punto) del poder. Tales eran “las armas del campo enemigo”, según reconoció entonces José Vicente. ¿Cuáles serían entonces las del campo amigo? Seguramente las que, ya con el poder en la mano, han estallado en Venezuela con la fuerza de una hemorragia. Pero es esa una de las causas determinantes del retorno de Fidel por la autopista del ejemplo venezolano.
Enemigo acérrimo de las elecciones Castro, impactado por Chávez, comprendió finalmente la importancia de lo ocurrido. Y con él buena parte del fundamentalismo mundial. En Perú los hermanos Humala; en Palestina el Hamas, en Bolivia Evo Morales. Enemigos de las elecciones, decidieron en cierto momento valerse de ellas para seguir el ejemplo venezolano, reconocido por todos como un nuevo modelo a seguir mientras fuera posible.
Si estas vaporosas ideas podrán concretarse e influirán en la estrategia que se imponga en el postfidelismo, es cosa de discutirlo. Pero también de dudarlo. Tendencias como las que se han ido conformando en Cuba no pueden ser fácilmente revertidas con gastadas ilusiones. El proceder de Chávez está a la vista. El exaltado presidente venezolano quiere colocar las cosas en términos de Venezuela o Estados Unidos, lo que no pasa de ser una quimera incapaz de erosionar el desesperado pragmatismo que avanza, inexorable, en Cuba. Porque si el delirante líder bolivariano moderara el propósito y dijera, por ejemplo: el asunto es entre Venezuela y Colombia, tampoco tendría la menor probabilidad de éxito, sin hablar de las fuerzas contrachavistas que con estas políticas están hirviendo en el seno de su propio movimiento.
Tal vez por esa razón la alianza cubano-venezolana se edifica sobre una estrategia política y no sobre el sueño de la prosperidad económica. Casi arrastrado por el dinamismo de Chávez, Fidel se ha convertido de nuevo en uno de los ejes de la nueva internacional antiimperialista y por ese camino ha entrado en un frenético proceso desestabilizador en América Latina sumamente peligroso, visto desde la perspectiva del mundo. Fidel llevaba mucho tiempo sin hablar ni promover guerras y en este momento, en la corriente desatada por el afortunado presidente venezolano, vuelve a jugar en el tablero nuclear al respaldar a Irán retando otra vez a la Unión Europea y a EEUU; sigue la estrategia del eje contra todos los pactos subregionales, incluido MERCOSUR; está en la nave que utilizando al presidente Morales crea problemas casi insalvables a Brasil y Argentina. Es cierto que a lo sumo es el capitán “moral” del nuevo Armagedón latinoamericano, pero su influencia sobre el capitán real es de tal magnitud que no podrá ser condenado al limbo. Y en esta fiesta publicitaria vale preguntarse de nuevo: ¿por qué Raúl no figura en parte alguna? Se habla de guerra asimétrica ¿y dónde está el ministro de las fuerzas armadas que debería ser uno de sus conductores principales?
La carta venezolana es más pasajera aunque mucho más ruidosa que la carta china. Pero ésta, con ser complicada y de difícil aplicación en la realidad cubana y hemisférica, es más racional. Probablemente por eso sea la que intenten jugar los sucesores del anciano caudillo. Sin embargo, al iniciarse la puesta en escena de la sucesión (con tendencia a convertirse en transición), no cabe duda que cualquiera que sea la nueva orientación estratégica que pugne por abrirse paso, no parece fácil que comience “rompiendo” la dependencia de Cuba con respecto a Venezuela. En las primeras de cambio, un gobierno distinto al de Fidel e incluso contrario en sus fines no podría sobrevivir si de un tajo cortara o tan solo restringiera la voluminosa e imprescindible asistencia venezolana. Sin energía, sin fuerza eléctrica, sin divisas Cuba se desmoronaría, podrida como está su estructura interior. De allí que la apertura esperada tendría que observar una pauta más bien lenta, a menos que hubiera en otra parte (EEUU, la comunidad cubana en el exilio) recursos y voluntad suficientes como para echarse al hombre un paciente en estado de coma, como lo es la isla después de 50 años de revolución. Cuba es en la actualidad un rehén de Venezuela aunque paradójicamente su líder máximo ejerza una influencia casi mágica sobre el presidente Chávez. Paradoja extraña: Cuba, rehén de Venezuela y Chávez rehén de Fidel. A menos que se escape el genio de la botella al sobrevenir la muerte del Júpiter que ha dominado por tantas décadas todo cuanto se mueve en la isla, el esperado cambio podría tomarse su tiempo. En tal caso quizá tenga lugar una situación inmanejable para el desafortunado sucesor. Puesta la cuestión en el plano de las conjeturas, se pueden considerar como probables tanto que en la sucesión se mantenga por lo menos inicialmente la relación con Venezuela en un plano similar al de hoy, como que en el postfidelismo se pierdan las riendas del país y se desate un proceso de naturaleza iconoclasta que, cueste lo que cueste, convierta la presencia venezolana en el símbolo del nuevo imperialismo contra el cual luche la resistencia. La historia está plagada de ejemplos similares.
El dilema de las “cartas”
En fin, una manera de reducir el asunto a esquemas sería colocando en una mesa de bacará, frente a frente, a Raúl y Fidel. Uno, esgrimiendo la carta china y el otro, la venezolana. La primera sigue la pauta que siempre se avino al carácter de Raúl: la segunda, claramente signada por la pasión de los actos espectaculares y salidas inminentes, al de Fidel. Pero que tales sean las opciones y esos sus líderes aparentes nos sitúa frente a un problema de la mayor importancia. De nuevo Raúl parecería inclinarse a favorecer los caminos más lentos pero probados y seguros. Preferiría no arriesgar en el topo a todo de una confrontación final la fuerza que se haya acumulado. El éxito fulgurante que después de años de paciente tenacidad está obteniendo China, no puede menos que proporcionar nuevos argumentos en su beneficio.
Por otra parte el deslumbrante y huracanado fenómeno chavista, en elevada proporción por influencia del caudillo cubano, atrae sin duda a Fidel cuya vida política se caracterizó siempre por apuestas parecidas. En su hora postrera, Fidel Castro -en compañía de Hugo Chávez- se ha atrevido a proclamar con pífanos que la muerte del imperio podría ser inminente, se estaría insinuando por primera vez en el horizonte y por eso bien vale la pena hacer todos los esfuerzos imaginables con el fin de precipitar semejante desenlace. Tienen pues su lógica la extrema ideologización de la economía, el comercio, la educación y la diplomacia, las alianzas más inusitadas e inconvenientes (por ejemplo: con la teocracia iraní, con al Qaida, el Hamas y demás grupos fundamentalistas en el mundo) y el uso de la plenitud de los recursos en función del glorioso objetivo. Es el apresto para una batalla final y total. Patria o Muerte.
Se va completando de esta manera un círculo vital que comenzó con las bases guerrilleras pacientemente organizadas por Raúl en el frente oriental, en paralelo y secreta disputa con la visión fidelista de una guerra de desenlace rápido. El círculo ha reaparecido y está en trance de cerrarse con base en la disyuntiva aún no resuelta de las “cartas”: la venezolana de Hugo Chávez en ansiosa búsqueda de la salvación del mundo aquí y ahora, y la china postulada por el fallecido gran líder Den Xiaoping con su afortunado proverbio pragmático del color de los gatos. Es un círculo que reproduce la compleja relación entre Raúl y Fidel. Es nuevamente la lealtad devota del hermano menor sin perjuicio de sus discrepancias, pero el problema es que esas discrepancias vernáculas tienden a ser excluyentes en un planeta y una Región fuertemente polarizados. El vicepresidente segundo Carlos Lage ha estado acompañando a Chávez y Morales en la trepidante estrategia que Cuba y Venezuela han diseñado. Quien se haya tomado el trabajo de leer hasta aquí esta obra podrá saber –según espero- por qué ha ocurrido eso y por qué Raúl pese a que todavía se le considera oficialmente el heredero del poder y es el vicepresidente primero no tiene visibilidad en el despliegue de una política internacional que probablemente no comparte o quizá repugne a su modo de ser.
Pero Fidel ya no viaja, ya no se exhibe ni siquiera en actos que podría estar celebrando como victorias. Su hora se aproxima y de allí que tal vez en fecha próxima podamos saber si a la carta china le ha llegado su momento estelar. O, por el contrario, si se romperá el engranaje autocrático de modo que en Cuba pueda reproducirse, si bien con retardo, la hecatombe que cayera sobre la mayoría de los países del este europeo después del colapso del Muro de Berlín.
NOTAS
(1) Brian Latell El ejercito cubano y la dinámica de la transición, CTP Cuban Transición Project, Institute For Cuban & Cuban-American Studies. Universidad de Miami, 2006
(2) El Cronista, Se perfila en Cuba la batalla por la sucesión de Fidel Castro”, Comisión Argentina Pro Derechos Humanos en Cuba”, agosto 2004
(3) Ibíd.
(4) Marc Saint Operi, Patricia Lee, El Poder tras el trono, diario El País. Colombia, mayo 29. 2005
(5) Clark, op cit
(6) Andrés Oppenheimer, ¿Fidel contra Raúl?
(7) Báez, op cit
(8) Ibíd.
(9) Ibíd.
.
(10) Ibíd.
.
(11) Ibíd.
(12) Alina Fernández, Alina. Las Memorias de la Hija Rebelde de Fidel Castro, Plaza-Janés, 1997
(13) Fuentes op.cit
(14) Clark, op cit
(15) Fuentes op cit
(16) Masetti, op cit
(17) Ibíd
(18) Báez op cit
(19) Ibíd.
(20) Masetti, op cit
(21) Benemelis, op cit
(22) Ricardo A. Puerta, Corrupción en Cuba y como combatirla, Fundación CADAL, Argentina, Octubre 2004
(23) Jaime Suchlicki, Cuba sin Castro Real Instituto Elcano, mayo, 31, 05
(24) Marc Saint Operi, Las ultimas cartas de Fidel Castro. Entrevista a Jorge Masetti. La Insignia, junio 2003
(25) Hidalgo, op cit
EPILOGO
Es una amarga quimera querer introducir demasiado pronto el porvenir en el presente
Enrique Heine
Reflexiones
Me gustaría concluir esta obra con once reflexiones:
Primera:
La revolución cubana es un asunto internacional de entidad mayor que la significación de Cuba en el orden económico y conforme a variables como el número de habitantes y la extensión territorial. Un acontecimiento de tanta trascendencia como el destino del postfidelismo no puede dejar indiferente a los organismos internacionales y muy especialmente a Latinoamérica, EEUU y la vasta comunidad cubana en el exilio. Incluso los proponentes de formas graduales de transición con base en el respeto a la Constitución de 1992 y por el camino de un diálogo sincero entre factores del gobierno y de la disidencia, temen la ruptura de los difíciles equilibrios y por ende el estallido de graves manifestaciones de violencia.
Segunda
El presidente Clinton elaboró en enero de 1997 el prefacio de un documento oficial norteamericano destinado a apoyar la transición democrática en Cuba. No menciona la muerte de Fidel pero sin duda la tiene muy presente. El punto de vista de este documento es que difícilmente pueda consolidarse la democracia en la isla sin un serio e inmediato proceso de recuperación económica, lo que a su vez requiere un considerable flujo de recursos tanto de gobiernos, en acuerdos bilaterales o multilaterales, como de procedencia privada. Aunque en tal documento se acepte en nombre de razones obvias que la principal fuente de ayuda sean los EEUU, deberán participar en las operaciones de ayuda la Unión Europea, las agencias de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el BID y el Fondo Monetario Internacional. Dada la postración en que se encuentra el país se considera que al principio se contará con un buen volumen de donaciones, pero instalado un gobierno de transición, Cuba recibiría de $ 4 000 a 8 000 millones en donaciones y préstamos blandos. Estas cifras se consideran apenas un empuje inicial pues se tiene conciencia de que los flujos hacia Cuba deberían ser muy superiores. Se espera además que, eliminadas las restricciones al envío de remesas de dólares a familiares en la isla, se produzca un incremento fundamental de recursos con la ventaja de que estarán destinados a las familias mismas sin la intervención de estructuras estatales o paraestatales intermedias. Esa circunstancia seguramente servirá para incrementar las inversiones en pequeña escala que actualmente están prohibidas o fuertemente restringidas, lo que podría dar lugar a la expansión de un importante sector de pequeños y medianos empresarios vinculados a la economía monetaria.
Tercera
Demostrando en el caso cubano una importante continuidad más allá de diferencias partidistas, el presidente George W Bush, dio algunos pasos adicionales, con base en un largo informe presentado por el ex secretario de estado Colin Powell. Anticipando un postfidelismo en el que EEUU tratará de influir, designó a Caleb Mc Carry, con la misión de impulsar una transición democrática en Cuba. Alto funcionario del Departamento de Estado, miembro del Partido Republicano y con experiencia en asuntos latinoamericanos dada su condición de asistente congresional en ese tema específico, Mc Carry revela paladinamente la complejidad del problema al no haber querido o podido anunciar medidas concretas en el sentido indicado. Sin embargo el hecho de haber sido recomendado y nombrado por la secretaria de estado Condoleeza Rice y de que el acto de presentación de Mc Carry se hiciera ante las cámaras de televisión -cosa por cierto muy poco frecuente- revela la importancia que se atribuye a estos pasos de la administración (*)
Cuarta.
La gran pregunta que inmediatamente debe formularse es si el dispositivo de apoyo recogido en el documento promovido por el presidente
(*) Ya escrito lo anterior, Mc Carry ha presentado un informe donde al ratificar la decisión del gobierno de participar en la transición postfidelista, alude a un aspecto secreto que, según declaró a los periodistas, por obvias razones no se puede comentar. Fue suficiente para que de nuevo el régimen cubano especulara sobre una intervención Norteamérica en suelo cubano. Pero sobre todo ha tomado fuerza la idea de que se estuviera cerca de la desaparición o inhabilitación de Fidel Castro. El gobierno del presidente Bush ha retomado el viejo tema de que el plan de ayuda y el desembargo sólo se producirían si Raúl no es el sucesor. En las conclusiones siguientes expongo un punto de vista distinto.
Clinton y desarrollado por el presidente Bush podría comenzar a ejecutarse en las condiciones de un gobierno presidido por Raúl Castro, así emprenda –como muchos esperan- una liberación de mercados acompañada de la flexibilización de sus políticas monetaria y cambiaria, y le ofrezca garantías al capital extranjero. Si realmente Raúl o cualquier otro sucesor esgrime la carta china podría llegar al extremo de anunciar la creación de zonas geográficas donde se ensayaría un modelo económico capitalista. Pudiera verse en esta cuestión una diferencia entre Clinton y Bush, que también puede obedecer a la cada vez más acelerada y cambiante evolución de la situación cubana. Mientras el primero no se lo plantea, el segundo parece dar por sentado que la masiva ayuda contemplada no se concretaría si a la muerte de Fidel su hermano asume el poder y trata de continuarlo sin importantes variantes, en el marco de una Constitución anacrónicamente totalitaria como la que se dictó en 1976 para luego ser reformada en 1992. Sin embargo, pese a tales diferencias el problema debería verse y en todo caso resolverse en el escenario mismo.
Quinta
La voluntad legislativa es clara y rígida. La ley Helms-Burton descarta la posibilidad de ayudar a un gobierno de Cuba presidido por Raúl Castro. La ley ya tiene sus buenos años de vigencia y las circunstancias podrían imponer una reforma bipartidista si se observa que Raúl no podrá consolidar el poder sobre una base totalitaria o si en Cuba fracasa cualquier intento de imponer el fidelismo sin Fidel. Desde el punto de vista del gobierno cubano de la sucesión o de la transición, la ley podría ser burlada en su actual configuración a partir de alguna figura civil colocada en la presidencia, trátese de Alarcón, Lage o Pérez Roque, si es que no caen en inesperada y prematura desgracia. Pero si no ocurre semejante accidente y las circunstancias aconsejan colocar en el puesto de Fidel a un civil como cualquiera de los nombrados, debería considerarse el precedente dominicano en el caso de lo ocurrido después de la muerte del dictador Trujillo. Un civil importante pero sin poder real y a conciencia de que sólo sería una figura ornamental sustituyendo a un despiadado e inmensamente poderoso dictador es exactamente lo que pasó en República Dominicana, cuando el aparentemente inofensivo Joaquín Balaguer ocupó el mando dejado por Trujillo. Por presión de las circunstancias, incluida dentro de ellas la activa gestión de la embajada estadounidense, y por brotar de la cautela la fuerte personalidad de Joaquín Balaguer, la presidencia de fachada se transformó en una poderosa magistratura sin la cual no hubiera habido democracia en República Dominicana. ¿Estaría planteado lo mismo si el inmediato sucesor de Fidel resulta ser un civil de escondidas habilidades?
Sexta
¿Sería señal suficiente de cambio el retorno de Cuba, ya sin Fidel, al FMI y el BM? Debe recordarse que en la Rumania de Ceausescu la incorporación del régimen comunista a esos órganos multilaterales tuvo como contrapartida un incremento de la represión interna. Quizá sea éste el reto principal que encare la comunidad democrática mundial y muy especialmente el pueblo cubano de la isla y del exilio. Un acomodo como el rumano sería frustrante y seguramente difícil de sostener. Cuba está en el centro del hemisferio americano, su población es pequeña, los centenares de miles de emigrados y la sociedad civil en plan de emerger presionarán inmediatamente la liberalización política como ocurriera en varios de los países del este europeo. No se ve cómo el régimen sucesor pudiera sentirse cómodo sentado sobre bayonetas.
Un arreglo a medias según la pauta rumana resultaría muy difícil de articular, sin hablar de la probable crisis que un régimen ambiguo y sin su jefe absoluto desencadene en la revolución. Tal vez se esté presencia de un doble fenómeno, nada inédito: desmoralización en las filas de los agentes del oficialismo y levantamientos espontáneos de la sociedad civil que irían creando oleadas movilizadoras a favor de nuevos espacios de libertad. La sucesión tranquila no tiene cabida en una transacción parecida a la de Rumania, a menos que sucesión sea el nuevo nombre de transición.
Séptima.
El comunismo es la negación del mercado. Los líderes chinos conocen a la perfección que el supuesto del socialismo de mercado es tan absurdo como lo sería el de un capitalismo sin mercado. Pero obligados a la sindéresis y para no desalojar al Partido Comunista del mando, diseñaron esta teoría que les permitió entrar en el sistema capitalista guardando la fachada socialista y preservando la burocracia. En definitiva Den Xiaoping actuó con la lógica de Napoleón: fomentó la revolución burguesa pero destruyó la propensión de la gente movilizada, en el sentido de llevarla hasta sus últimas consecuencias democráticas. De esa manera se convirtió en el árbitro de los que querían consolidar los avances y al mismo tiempo de los que, en la acera opuesta, deseaban conservar a la manera gatopardiana su presencia en el poder. El híbrido fue de lo más cómodo para el saeteado Partido Comunista: el capitalismo en la base y el despotismo autocrático en la cúpula. El celebrado ejemplo de China, hacia el que se inclina probable y secretamente la mayoría de los dirigentes cubanos de hoy, debe estar previsto por el eventual gobierno sucesor, a fin de hacer aceptable un estatus similar al de Pekín o Hanoi: sistema de mercado en la base con el partido de siempre en el poder. La vía China es casi la única fórmula que le queda a un eventual gobierno de Raúl, para tratar de conciliar 50 años de adhesión al marxismo con un modelo de libre mercado. Pero eso pasa en el corto o el mediano plazo por desvincularse de la Venezuela del presidente Chávez y acercarse a las potencias industriales de occidente. Tal cual China y Vietnam.
Octava
Nadie más cuenta con real influencia en las FAR. Sólo Fidel reina en ellas, pero Raúl puede ufanarse de tener una especial conexión con la oficialidad cubana y un importante ascendiente en la cumbre de los militares y del partido. En este aspecto, en el Consejo de Estado y el Buró Político fuera de los hermanos Castro nadie tiene peso propio, lo que tratándose del espinazo del sistema no deja sino a Raúl en la senda de la sucesión. Pero antes hemos aludido al malestar en la oficialidad media por los privilegios que rodean a los generales empresariales del raulismo, y a las dudas de Fidel respecto a la idoneidad de su hermano para aferrar el timón de un sistema cuyas funciones se han personalizado tan raigalmente en el caudillo. No se ve de qué manera puedan ser endosadas a otro gobernante.
Novena
Pueden provenir de tres fuentes las sospechas del caudillo sobre los devaneos liberales de su hermano: escasa voluntad –para su medida- en la empresa de suplirlo en el cargo; presunto desapego al poder; dudosa idoneidad para desempeñarse con éxito en la cumbre. La primera de esas fuentes es la vieja discrepancia sobre el grado de apertura que debería realizar el régimen para no ser triturado dentro de las fronteras del país, sin desnaturalizar su esencia socialista. La segunda es la enorme diferencia de estilo y carácter que los separa; y la tercera, los celos del máximo líder, incómodo por verse obligado a ceder espacios a otros, así se trate de gente muy leal. Personalista casi hasta el narcisismo, Fidel –y muchos de sus seguidores coinciden o dicen coincidir con él- no concibe un liderazgo no carismático, ajeno a las multitudes y que no se caracterice por sus rápidos golpes de inteligencia. No se imagina un líder de la revolución carente de una explosiva personalidad como la suya. Pero sea lo que fuere, la alianza con Raúl le proporcionó fuerza en momentos difíciles, aunque haya minado un tanto su dominio incompartido. Es una tendencia que podría hacerse ingobernable. Y a su edad, más aún.
Décima
Si el distanciamiento entre los dos hermanos llega en Fidel a convertirse en convicción, podrían tal vez quedar destruidas las posibilidades sucesorales de Raúl. Mas en la historia se han visto casos similares que no se resolvieron a favor del líder fundamental. En este punto y a manera de conclusión vale la pena destacar por pertinentes otros aspectos del ejemplo comentado en el capítulo final. La Unión Soviética vivió situaciones de extrema tensión debido al accidente cardiovascular de Lenin. El histórico líder había roto relaciones personales con Stalin, de cuyas escondidas intenciones había comenzado a sospechar. Stalin prefirió guardar un prudente silencio. Había acumulado ya mucho poder y lo que menos le convenía era provocar la cólera del idolatrado dirigente de los bolcheviques. Un segundo ataque se llevó a Lenin. Stalin debió respirar hondo. Con el poder empuñado, el feroz georgiano no tuvo nada que temer. Circularon, claro está, las críticas que Lenin le había dirigido. El fundador del partido ya había sido exaltado como un ícono, pero la burocracia necesitaba a Stalin. Raúl pudiera ser, al menos por un tiempo, la garantía de continuidad de la clase burocrática. En el firmamento revolotean dirigentes sin cimientos. Sólo Raúl tiene bases propias y de allí que también a él el caucus politico-militar pudiera necesitarlo. ¡Pero qué difícil es repetir experiencias históricas! La sumisión del partido y el ejército a Stalin era muy alta y sin embargo el georgiano tuvo que aplicar purgas de una ferocidad satánica. Pudo incluso ser derrotado si sus rivales se hubieran unido para enfrentarlo. Pero la historia decidió que no dieran ese paso y Stalin los batió al detal, haciendo alianzas siniestras.
¿Podría o tendría la voluntad Raúl, en su aislado país, para afirmar su poder sobre una montaña de cadáveres? Algunos lo creen. Yo lo dudo.
Décima Primera
La influencia de Fidel sobre Chávez está fuera de dudas y puede apreciarse en el lenguaje y las iniciativas de provocación internacional desplegadas por el presidente venezolano, tan del corte del Castro de las dos primeras décadas de revolución. En contraste, la influencia de Chávez sobre Fidel se vislumbra en el nuevo activismo que ha levantado de su lecho de convaleciente al viejo ciclón del Caribe. Antes de morir, Fidel quiere ver materializado el apotegma de los dos, tres, muchos Vietnam, posibilidad que en su ánimo decaído había desterrado. Pero la historia tiene sus astucias. Lo que no pudo conseguirse con las armas de repente parece viable por el camino electoral, con base en la experiencia venezolana. Es la nueva orden del día convertida en postrera pasión de Castro. Como el moribundo que cree haber encontrado la salvación cuando todo parece perdido, Fidel intenta ser el líder de siempre, lo que puede influir en los reacomodos aperturistas que hierven en su entorno. La premisa de este viraje caído del cielo es que Venezuela parece enrumbada a llenar el vacío de la URSS. Un financiamiento amplio que le daría de nuevo al César del Caribe un lugar en el centro de la guerra asimétrica. ¡A las armas, camaradas, a las armas! ¡El día de gloria, ha llegado!
Aunque alimente las nostalgias de Fidel, todo esto no es sino ilusión. Las supuestas victorias electorales esperadas por el caudillo más bien crean nuevos problemas y frustraciones. Así debe percibir lo ocurrido en Brasil, Uruguay y en cierto modo Argentina. Bolivia misma, mientras levanta más su retórica fidelo-chavista, entra en la dinámica de la aborrecida CAN, demostrando que su corazón está en un lado y su estómago en otro. Además, es obvio que la prodigalidad chavista no será eficaz frente a un paciente irrecuperable; ni será eterna, porque debido a su alto costo podría volverse sobre el pródigo benefactor, exactamente como sucedió con la poderosa Unión Soviética que durante años se echó al hombro al astuto régimen castrista. Castro, no es impropio decirlo, entona el canto del cisne.
